Yo tenía la costumbre más rara del mundo y me da un poco de vergüenza admitirlo, pero bueno, ahí va: cuando no sabía qué hacer con algo que me estaba dando vueltas en la cabeza, agarraba un libro, lo abría al azar y leía la primera frase que me saltaba enfrente. No para estudiar. No para distraerme. Para consultar. Así nomás. Como si el libro, cualquier libro, pudiera largarme una señal. Y lo peor no es que yo hiciera eso. Lo peor es que a veces me servía.
No me refiero a que el libro me hablara de verdad, tampoco me fui tanto. No soy de esos que creen que cada coincidencia ya es un mensaje cósmico con sello y firma. Pero había algo en ese gesto que me dejaba pensando. Yo venía todo enredado, con la cabeza hecha una bolsa de nudos, y de repente abría una página cualquiera y leía una línea que, por una razón que no sé explicar del todo, me caía justo donde me tenía que caer. Capaz decía una cosa simple. Capaz no respondía nada. Pero me movía algo. Y con eso, a veces, alcanzaba.
Lo curioso es que nunca sentí que estuviera buscando magia barata. Más bien sentía que estaba armando una trampa contra mi propia cabeza. Porque cuando uno no sabe qué hacer, en realidad muchas veces sí sabe, solo que no quiere decirse la verdad de frente. Entonces busca rodeos. Hay gente que sale a caminar. Hay gente que llama a alguien. Yo, en ciertos días, abría un libro. Y ahí, en ese acto medio absurdo, aparecía una frase que no venía a decirme el futuro ni a salvarme la vida. Venía a desacomodarme un poco. A romperme la repetición.
Lo que más me impresionaba no era acertar. Era sentir que una frase ajena, escrita por alguien que no tenía idea de mi existencia, podía meterse tanto en un problema mío. Ahí yo entendía algo que todavía hoy me sigue pareciendo fuerte: uno nunca está tan solo dentro de sus preguntas como cree. El lenguaje ya pasó por muchos antes que uno. La duda también. El miedo también. La esperanza también. Entonces, cuando una línea cualquiera te pega en el pecho, tal vez no sea porque el universo te contestó. Tal vez sea porque otro ser humano dejó, años atrás, una forma de decir algo que hoy justo necesitabas oír.
Igual, tampoco quiero hacerme el profundo. Había veces en que abría el libro y salía una frase que no tenía nada que ver conmigo y me daba hasta risa. Ahí se acababa el misterio enseguida. Porque también está bueno que se rompa la ilusión, ¿verdad? Está bueno recordar que los libros no son adivinos, que el papel no respira, que las páginas no te andan vigilando la vida. Pero aun así, yo seguía haciéndolo de vez en cuando. No por fe ciega. Más bien por cariño. Porque me gustaba ese pequeño ritual de frenar, abrir, leer y dejar que una voz de afuera me sacara por un rato de la cárcel de mis propias ideas.
Con los años me di cuenta de que, en el fondo, yo no abría libros para que me dijeran qué iba a pasar. Los abría para escucharme distinto. Eso era todo. El libro no era un oráculo. Era una excusa. Una manera de bajar un cambio y mirar mi problema desde otro ángulo. Y, che, eso ya me parece bastante. En un mundo donde casi todo el mundo corre para opinar, resolver y seguir, sentarse un rato frente a una página abierta al azar tiene algo de resistencia suave. Algo de humildad también. Como decir: “A ver, voy a salir un poco de mí”. No sé si eso tiene poder misterioso. Pero alivio, sí. Y a veces el alivio, aunque venga disfrazado de superstición chiquita, ya es una forma de verdad.
Hoy ya no lo hago tanto. O capaz lo hago menos seguido, pero con más respeto. Cuando lo hago, no espero respuestas exactas. Espero roce. Espero que una frase me toque aunque no me explique. Espero sentir, por un momento, que pensar no siempre es empujar ideas contra ideas hasta quedar exhausto. A veces pensar también es dejar que algo te encuentre. Y mirá vos, capaz por eso sigo queriendo a los libros de esa manera rara, medio íntima, medio supersticiosa, medio tonta. Porque entre tantas cosas útiles que sirven para producir, para organizar, para demostrar, un libro abierto al azar todavía puede servir para algo más frágil y más humano: hacerte compañía justo cuando no sabés bien qué te pasa.
