Antes me daba pena decirlo, pero aquí va, sin filtro: a veces lo que más necesito es aburrirme. No “descansar”, no “recargar batería”, no “hacer autocuidado” con velita aromática y playlist zen. Aburrirme. Así, a lo seco. Ver el techo. Darle vueltas a una idea que no sirve para nada. Quedarme un rato con la mente en blanco y sin sentir que le debo explicaciones a nadie.
Y sí, me costó un buen. Porque en mi cabeza traigo un contador invisible que mide si estoy siendo “aprovechada”. Si no estoy haciendo algo útil, productivo, mejorable, vendible… se prende la alarma. Como si mi valor se fuera por el drenaje cada vez que me siento en el sillón y no pasa nada. En México eso se cuela fácil: la chamba es orgullo, el “échale ganas” es religión y el “no te me vayas a hacer flojo” suena casi como bendición familiar.
El problema es que esa alarma no distingue. Le da igual si llevo semanas cargando con pendientes, noticias, mensajes, presión, planes, comparaciones, prisa. Para la alarma, el descanso sólo es válido si viene con un propósito: “para rendir mejor mañana”. Y ahí es donde me di cuenta de algo medio incómodo: yo no me estaba permitiendo vivir, me estaba administrando. Como si mi existencia fuera una empresa chiquita que tiene que dar resultados todos los días.
Entonces empecé a practicar algo que suena ridículo pero me cambió el ánimo: el arte de aburrirme sin culpa.
No lo digo como quien presume un hobby elegante. Lo digo como quien aprende a respirar otra vez.
Al principio, aburrirme me daba ansiedad. Me sentaba y, en vez de paz, me llegaban ganas de agarrar el celular, limpiar algo, abrir una pestaña, contestar un correo, “aprovechar el tiempo”. Era como si el aburrimiento abriera una puerta a un cuarto donde estaban guardadas todas mis incomodidades: pensamientos raros, tristezas viejas, decisiones pendientes, preguntas que no tienen respuesta. Y claro: yo prefería no entrar a ese cuarto. Mejor distraerme.
Pero ahí viene lo divergente, lo que no siempre cae bien cuando lo digo: la distracción constante no es neutral. Tiene un costo. Y no sólo para mí. Si estoy siempre ocupada, siempre entretenida, siempre llena de ruido… soy más fácil de manejar. Más fácil de vender. Más fácil de apurar. Más fácil de convencer de que “así es la vida” y que no hay de otra.
El aburrimiento, en cambio, es un espacio que no se deja comprar tan fácil.
Y no me refiero a que sea “espiritual” o “puro”. El aburrimiento también puede ser incómodo, incluso feo. Pero precisamente por eso es poderoso: porque no está diseñado para gustarte. No está diseñado para que lo subas a historias. No da likes. No da resultados inmediatos. Es un huequito donde no hay nada que presumir… y en ese huequito, de repente, aparece algo muy mío.
Me pasó la primera vez que me aburrí en serio. No era cansancio: era un domingo en la tarde, de esos que se sienten como pasillo de hospital, largos y sin chiste. Me quedé viendo la luz entrar por la ventana y me dio por escuchar el ruido de la calle: un vendedor gritando, un perro, un camión pasando. Y sin darme cuenta, mi cabeza dejó de correr detrás de pendientes y empezó a recordar cosas: un sueño que traía olvidado, una idea que me daba risa, una conversación que tenía ganas de tener con alguien. No fue una revelación mística, fue más sencillo: volví a mí.
Ahí entendí que el aburrimiento no es vacío. Es silencio. Y el silencio es donde te alcanzas.
Ahora, ojo: sé que no todo mundo puede “aburrirse” así nomás. Hay gente que trae dos trabajos, niños, cuidados, estrés económico, broncas fuertes. No vengo a romantizar la vida. A veces el problema no es que no te permitas aburrirte; es que no te dejan. Y justo por eso, cuando sí se puede, aunque sea cinco minutos, me parece casi un acto de dignidad: darte un ratito donde no seas herramienta.
Lo que hago hoy es simple y medio terco:
Me doy permiso sin justificarlo. No me digo “me lo gané”. No lo pongo como premio. Me digo “soy humano y ya”.
Aburrimiento sin pantalla. Si agarro el celular, mi mente no se aburre: se anestesia. Entonces lo dejo lejos, aunque me dé comezón.
Me quedo hasta que pase el berrinche interno. Los primeros minutos son pura inquietud. Luego, algo se acomoda. Como agua revuelta que se asienta.
No busco que sea bonito. Si me aburro y me siento raro, lo dejo ser. No lo convierto en tarea.
Y con el tiempo me di cuenta de otra cosa: la culpa no se va porque te convenzas con argumentos. Se va porque practicas una nueva normalidad. Como cuando al principio te da pena decir “no” y luego un día lo dices sin drama.
Aburrirme sin culpa me ha hecho menos reactiva. Más creativa, sí, pero sobre todo menos manipulable por la prisa. Me ha bajado esa urgencia de estar “al día” con todo, como si el mundo me fuera a regañar si me atraso. Y, curiosamente, me ha vuelto más presente con la gente. Porque cuando no me estoy corriendo a mí mismo, puedo mirar a los demás sin estar pensando en lo que sigue.
Así que ahora lo digo con cariño y con una pizca de rebeldía: me aburro porque me pertenece. Porque mi mente no es una máquina de producir y mi tiempo no es un enemigo que hay que vencer. Me aburro porque en esa pausa, sin aplausos y sin propósito, se me aparece una versión de mí que no está actuando.
Y esa versión… me cae bien.
