Aburrirme es mi protesta

4 de marzo de 2026

El aburrimiento se presenta como un acto de rebeldía y autoconocimiento. Permitir momentos de inactividad facilita la reconexión con uno mismo y fomenta una mayor presencia en las relaciones y en la vida cotidiana.

ESCUCHA ESTA PUBLICACIÓN

Antes me daba pena decirlo, pero aquí va, sin filtro: a veces lo que más necesito es aburrirme. No “descansar”, no “recargar batería”, no “hacer autocuidado” con velita aromática y playlist zen. Aburrirme. Así, a lo seco. Ver el techo. Darle vueltas a una idea que no sirve para nada. Quedarme un rato con la mente en blanco y sin sentir que le debo explicaciones a nadie.

Y sí, me costó un buen. Porque en mi cabeza traigo un contador invisible que mide si estoy siendo “aprovechada”. Si no estoy haciendo algo útil, productivo, mejorable, vendible… se prende la alarma. Como si mi valor se fuera por el drenaje cada vez que me siento en el sillón y no pasa nada. En México eso se cuela fácil: la chamba es orgullo, el “échale ganas” es religión y el “no te me vayas a hacer flojo” suena casi como bendición familiar.

El problema es que esa alarma no distingue. Le da igual si llevo semanas cargando con pendientes, noticias, mensajes, presión, planes, comparaciones, prisa. Para la alarma, el descanso sólo es válido si viene con un propósito: “para rendir mejor mañana”. Y ahí es donde me di cuenta de algo medio incómodo: yo no me estaba permitiendo vivir, me estaba administrando. Como si mi existencia fuera una empresa chiquita que tiene que dar resultados todos los días.

Entonces empecé a practicar algo que suena ridículo pero me cambió el ánimo: el arte de aburrirme sin culpa.

No lo digo como quien presume un hobby elegante. Lo digo como quien aprende a respirar otra vez.

Al principio, aburrirme me daba ansiedad. Me sentaba y, en vez de paz, me llegaban ganas de agarrar el celular, limpiar algo, abrir una pestaña, contestar un correo, “aprovechar el tiempo”. Era como si el aburrimiento abriera una puerta a un cuarto donde estaban guardadas todas mis incomodidades: pensamientos raros, tristezas viejas, decisiones pendientes, preguntas que no tienen respuesta. Y claro: yo prefería no entrar a ese cuarto. Mejor distraerme.

Pero ahí viene lo divergente, lo que no siempre cae bien cuando lo digo: la distracción constante no es neutral. Tiene un costo. Y no sólo para mí. Si estoy siempre ocupada, siempre entretenida, siempre llena de ruido… soy más fácil de manejar. Más fácil de vender. Más fácil de apurar. Más fácil de convencer de que “así es la vida” y que no hay de otra.

El aburrimiento, en cambio, es un espacio que no se deja comprar tan fácil.

Y no me refiero a que sea “espiritual” o “puro”. El aburrimiento también puede ser incómodo, incluso feo. Pero precisamente por eso es poderoso: porque no está diseñado para gustarte. No está diseñado para que lo subas a historias. No da likes. No da resultados inmediatos. Es un huequito donde no hay nada que presumir… y en ese huequito, de repente, aparece algo muy mío.

Me pasó la primera vez que me aburrí en serio. No era cansancio: era un domingo en la tarde, de esos que se sienten como pasillo de hospital, largos y sin chiste. Me quedé viendo la luz entrar por la ventana y me dio por escuchar el ruido de la calle: un vendedor gritando, un perro, un camión pasando. Y sin darme cuenta, mi cabeza dejó de correr detrás de pendientes y empezó a recordar cosas: un sueño que traía olvidado, una idea que me daba risa, una conversación que tenía ganas de tener con alguien. No fue una revelación mística, fue más sencillo: volví a mí.

Ahí entendí que el aburrimiento no es vacío. Es silencio. Y el silencio es donde te alcanzas.

Ahora, ojo: sé que no todo mundo puede “aburrirse” así nomás. Hay gente que trae dos trabajos, niños, cuidados, estrés económico, broncas fuertes. No vengo a romantizar la vida. A veces el problema no es que no te permitas aburrirte; es que no te dejan. Y justo por eso, cuando sí se puede, aunque sea cinco minutos, me parece casi un acto de dignidad: darte un ratito donde no seas herramienta.

Lo que hago hoy es simple y medio terco:

Me doy permiso sin justificarlo. No me digo “me lo gané”. No lo pongo como premio. Me digo “soy humano y ya”.

Aburrimiento sin pantalla. Si agarro el celular, mi mente no se aburre: se anestesia. Entonces lo dejo lejos, aunque me dé comezón.

Me quedo hasta que pase el berrinche interno. Los primeros minutos son pura inquietud. Luego, algo se acomoda. Como agua revuelta que se asienta.

No busco que sea bonito. Si me aburro y me siento raro, lo dejo ser. No lo convierto en tarea.

Y con el tiempo me di cuenta de otra cosa: la culpa no se va porque te convenzas con argumentos. Se va porque practicas una nueva normalidad. Como cuando al principio te da pena decir “no” y luego un día lo dices sin drama.

Aburrirme sin culpa me ha hecho menos reactiva. Más creativa, sí, pero sobre todo menos manipulable por la prisa. Me ha bajado esa urgencia de estar “al día” con todo, como si el mundo me fuera a regañar si me atraso. Y, curiosamente, me ha vuelto más presente con la gente. Porque cuando no me estoy corriendo a mí mismo, puedo mirar a los demás sin estar pensando en lo que sigue.

Así que ahora lo digo con cariño y con una pizca de rebeldía: me aburro porque me pertenece. Porque mi mente no es una máquina de producir y mi tiempo no es un enemigo que hay que vencer. Me aburro porque en esa pausa, sin aplausos y sin propósito, se me aparece una versión de mí que no está actuando.

Y esa versión… me cae bien.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento crítico · 20%
El texto combina una protesta contra la productividad constante con una confesión íntima sobre la culpa, la ansiedad y la recuperación personal del aburrimiento.
  • Cuestiona de forma sostenida la cultura de la utilidad, el rendimiento, el 'échale ganas', la distracción constante y la idea de vivir administrándose como empresa.
  • La voz se apoya mucho en la experiencia personal: vergüenza inicial, incomodidades internas, necesidad de volver a sí misma y permiso para no actuar.
  • Propone una práctica alternativa: aburrirse sin culpa, sin pantalla, sin convertirlo en tarea, como nueva normalidad personal y forma de resistencia.
  • Piensa desde escenas reconocibles: el sillón, el celular, el domingo por la tarde, la luz por la ventana, los ruidos de la calle y pequeñas rutinas de pausa.
  • Aparecen culpa, ansiedad, alivio, cansancio, ternura y una rebeldía afectiva vinculada a permitirse aburrirse sin justificarse.
  • Sitúa el problema en hábitos colectivos: la chamba como orgullo, la presión familiar, el trabajo, los cuidados, la precariedad y la convivencia acelerada.
  • El texto usa voz narrativa, imágenes y metáforas claras: la alarma interna, la existencia como empresa, el domingo como pasillo de hospital o el agua que se asienta.
  • Hay reflexión sobre el valor personal, la existencia no reducida a resultados, el tiempo propio y la posibilidad de encontrarse en el silencio.
  • Toca preguntas abstractas sobre el tiempo, el yo y la vida no instrumentalizada, aunque desde una voz práctica más que filosófica sistemática.
  • Hay argumentación conceptual sobre productividad, distracción y manipulación, pero está subordinada a la experiencia personal y crítica cotidiana.
  • Aparecen nociones de dignidad, límites y derecho a no ser herramienta, aunque no se desarrolla como dilema moral central.
  • La creatividad aparece de manera menor en la mirada inusual sobre el aburrimiento como espacio no comprable, pero no domina como imaginación especulativa.

Información sobre esta publicación

Algunos textos de Mentes Propias se publican de forma anónima. Estos textos pueden proceder de envíos de los usuarios o de contenidos editoriales propios de Mentes Propias.

Mentes Propias puede utilizar IA y otros sistemas automatizados para moderar, organizar, resumir, generar metadatos, analizar la composición del texto, crear imágenes, producir audio y preparar elementos de presentación o difusión. Estos procesos pueden cometer errores.

Algunos contenidos editoriales propios de Mentes Propias pueden ser creados o asistidos mediante herramientas de inteligencia artificial. Estos contenidos se publican con finalidad editorial o de dinamización y como cualquier otro contenido de la web, deben leerse como piezas de reflexión, no como testimonios reales garantizados ni como información verificada.

El contenido de Mentes Propias no constituye información verificada ni consejo médico, psicológico, legal, financiero, técnico o profesional. Mentes Propias no confirma necesariamente los hechos, no garantiza la exactitud del contenido y no tiene por qué compartir las opiniones publicadas.

Si preparas o compartes un fragmento de esta publicación, revisa antes el contenido, el contexto y las posibles citas, atribuciones o referencias a terceros. Mentes Propias facilita técnicamente la creación de fragmentos, pero cada persona es responsable del uso que haga del material fuera de la web.

Si detectas un problema legal, una atribución incorrecta, plagio, datos personales indebidos, contenido peligroso o cualquier infracción de las condiciones de uso, puedes utilizar el enlace de denuncia de la publicación o contactar con Mentes Propias.