ACTA NO OFICIAL — edificio X, Lima.
(La escribo así porque si la cuento como “historia bonita”, no me sale. Esto fue más bien una cadena de mini decisiones mal tomadas.)
1. Hecho inicial
Desde hace dos semanas, el vecino de enfrente instaló un reflector LED en su balcón. De esos que parecen estadio. La intención, según él, es “por seguridad”. El resultado, en mi cuarto, es una luz blanca clavada directo a la ventana, como si alguien me estuviera interrogando a las tres de la mañana.
2. Daños colaterales
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Me cuesta dormir. No es solo la luz: es la rabia. Me acuesto pensando “¿por qué tengo que aguantar esto?”.
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La cortina ya no alcanza. Y yo, que soy de dormir oscuro, siento que el cerebro no apaga.
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Mosquitos. No sé si es idea mía, pero con tanta luz se arma reunión de insectos. Y yo ahí, echando manotazos en el aire como loco.
3. Primer intento de solución (malo)
Día 1: me quedo callado. “Ya se le pasará”, me digo.
Día 2: me compro una cinta negra para tapar un pedazo de ventana. Queda horrible. Me siento ridículo.
Día 3: le escribo al grupo del edificio, con esa valentía cobarde del chat: “Vecinos, ojo con luces fuertes que apuntan a otros departamentos”. Nadie responde. Dos emojis y un “ok”. Gracias por tanto.
4. La fantasía de venganza
No voy a mentir: pensé en poner yo otra luz, más fuerte, “para que entienda”. Pucha, hasta busqué precios. Después me imaginé el barrio convertido en discoteca de reflectores, cada quien defendiendo su esquina, y dije ya pe… ¿qué estoy haciendo?
5. Conversación cara a cara (la parte difícil)
Al cuarto día, me armé de paciencia y bajé. Le toqué la puerta al vecino. Me abrió con cara de “¿qué pasó?”. Yo tenía un discurso preparado, pero me salió humano:
“Disculpe, vecino, su reflector me está entrando al cuarto. No estoy durmiendo bien. ¿Se podría inclinar un poco o ponerlo con sensor?”
Él se molestó un toque: “Es por seguridad, hermano. Aquí roban.”
Y ahí casi la embarro, porque me salió responder “ya, pero me estás robando el sueño”. Me mordí la lengua.
Le dije otra cosa: “Lo entiendo, de verdad. Solo que así como está, me pega directo. Si lo orientamos hacia abajo, sigue alumbrando y no me da en la cara.”
Se quedó callado. Eso me dio miedo, porque el silencio a veces es “no”.
6. Resultado
No fue milagro. Lo movió “un poco”. Quedó mejor, pero no perfecto. Yo gané oscuridad… y él se quedó con la sensación de que lo cuestionaron. Se notaba. Nos despedimos raro, con educación tensa.
7. Conclusión provisional
Aprendí dos cosas, a medias:
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La contaminación lumínica no es solo tema de estrellas y cielo. Es convivencia, sueño, salud mental chiquita de diario.
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Si reclamás desde el enojo, la cosa escala. Si hablás desde el “me está afectando”, al menos abrís una puerta.
Igual no voy a hacerme el zen. Todavía me fastidia. Pero hoy dormí un poco mejor. Y para mí, ahorita, eso ya es victoria… aunque sea con acta no oficial.
