Yo antes creía que la amistad era como una plaza: uno llegaba y siempre había alguien. Bastaba con aparecer. La vida era más simple, o al menos tenía más “espacios vacíos” donde cabían las personas. Pero en la adultez la plaza se llena de cosas: pega, cuentas, familia, cansancio, ansiedad disfrazada de “estoy ocupado”. Y de a poco pasa algo silencioso: la amistad no se rompe por pelea, se va adelgazando por falta de aire.
Lo primero que se vuelve difícil es lo obvio: el tiempo. No es solo que no haya horas; es que las horas que hay vienen con una etiqueta: “para descansar”. Entonces cualquier plan social compite con el sofá, y el sofá suele ganar. Y no porque uno no quiera a sus amigos, sino porque uno anda gastado. La adultez te deja funcional, pero a veces no te deja disponible.
Después está la logística emocional, que es más pesada que la agenda. Porque a esta edad ya no eres “un amigo” suelto: eres un amigo con historia, con heridas, con límites, con una manera de querer. Y también con miedo. Sí, miedo. En la adultez uno aprende que la gente se va. Que las etapas cambian. Que no todos se quedan. Y ese aprendizaje, aunque sea realista, te pone más cuidadoso: te cuesta invertir, te cuesta abrirte, te cuesta decir “te extraño” sin sentirte un poco ridículo.
A mí me pasa que, mientras más grande, más me cuesta hacer amistades nuevas. No porque no haya gente bacán, sino porque ya no tengo la energía para empezar de cero. En la infancia te haces amigo porque sí: compartes un recreo y listo. En la adultez hay filtros: afinidad, valores, tiempo, confianza, compatibilidad. Y encima, la vida te vuelve más selectivo, pero también más desconfiado.
Y hay otra cosa que casi nadie dice: la amistad adulta se vuelve difícil porque ya no es automática, es intencional. Hay que cuidarla como se cuida una planta. Hay que regarla. Hay que escribir aunque dé paja. Hay que insistir un poquito. Y no todos aprendimos a hacer eso. A muchos nos enseñaron a “no molestar”, a no pedir, a aguantar solos. Entonces la amistad se vuelve un deseo, pero no una práctica.
Lo triste es que, cuando la amistad se enfría, uno se culpa en silencio: “debí haber llamado”. Y el otro probablemente piensa lo mismo. Dos culpas que no se juntan, dos cariños que no se coordinan.
Últimamente intento algo sencillo: trato la amistad como un hogar chiquitito que se visita. A veces no puedo quedarme mucho, pero voy. Un audio corto. Un “¿cómo vas?”. Un café de media hora. Porque la adultez no mata la amistad: lo que la mata es creer que el cariño se mantiene solo.
Y yo ya no quiero eso. Quiero amigos que sigan existiendo, aunque estemos cansados. Aunque tengamos agenda. Aunque se nos olvide. Quiero que el cariño tenga forma. Aunque sea chiquita. Aunque sea imperfecta. Pero que esté.
