A veces siento que mis amistades viven en un pasillo con muchas puertas. Abro una y están todos: el grupo del laburo, el de la secundaria, el de la facu, el de “nos juntamos un día”, el de “che, ¿seguís vivo?”. Y cada puerta tiene su propio ruido: memes, audios de dos minutos, stickers que reemplazan abrazos, y un “jajaja” que puede significar risa o cansancio.
Lo raro es que, en el fondo, yo estoy más conectada que nunca… y a la vez me agarra una soledad moderna, bien silenciosa. No esa soledad dramática de película. Otra: la de tener el celu lleno de nombres y no saber a quién llamaría si me quedo sin batería.
Porque la amistad digital tiene esta magia: te permite estar. Aunque sea en modo fantasma. Un corazoncito en una historia es como decir “te vi”. Un “¿todo bien?” a las 2 AM es un salvavidas chiquito. Y hay gente que, posta, me sostuvo así: con mensajes cortos, pero constantes. La pantalla no anula el cariño; a veces lo traduce.
Pero también tiene su lado tramposo, ¿viste? La conexión se volvió una estética. Como si la amistad fuera un feed: si no la documentás, parece que no existe. Hay vínculos que se alimentan de verse, y otros que se alimentan de mostrarse. Y eso cambia todo.
Me pasó con una amiga: hablábamos todos los días por chat. Todos. Me sabía sus horarios, sus gustos nuevos, sus indignaciones del momento. Y un día nos vimos en persona… y fue incómodo. Como si el cuerpo no encontrara el ritmo que el teclado había inventado. No era falta de cariño, era otra cosa: faltaba “tiempo compartido sin testigos”. Ese tiempo donde no estás redactando tu mejor versión.
Ahí empecé a sospechar que la amistad digital puede ser como comer snacks: te calma un rato, pero no siempre te nutre. Te deja la sensación de que “hiciste social”, pero por dentro seguís con hambre.
Igual, no compro la idea de que lo real es solo lo presencial. Hay amistades que nacieron online y son más honestas que muchas “de toda la vida”. En internet a veces te animás a decir cosas que cara a cara te trabás. Y también hay algo lindo en poder estar cerca sin invadir: un audio mientras lavás los platos, una foto tonta para decir “me acordé de vos”.
Mi problema no es lo digital. Mi problema es cuando lo digital se vuelve reemplazo automático. Cuando, en vez de hablar, reaccionamos. Cuando, en vez de preguntar, stalkeamos. Cuando creemos que “seguir” es lo mismo que “acompañar”.
Entonces me puse una regla rara, medio casera: si una amistad solo vive de pantallazos, la invito a respirar. Un café, una caminata, una llamada sin multitarea. Y si no se puede, al menos un mensaje que no sea “jajaja”: algo que tenga peso, aunque sea chiquito.
Porque al final, para mí, la amistad no es cuánta conexión hay. Es cuánta presencia. Y la presencia… a veces entra por una pantalla, sí. Pero no debería quedarse ahí para siempre.
