Hay noches en que mi cabeza no quiere conversar con nadie, pero igual anda buscando compañía. No la típica, no la de un chat ni la de una serie de fondo. Busca algo que no me pida explicaciones. Y ahí aparece el cielo, como si fuera una pieza enorme y silenciosa donde por fin se puede respirar sin quedar debiendo nada.
Empecé con la astronomía amateur de la manera más poco épica posible: por inquietud. Una inquietud pegajosa, de esas que se te meten en el cuerpo. Yo veía tres estrellas y mi mente insistía: “eso no es ‘tres estrellas’, eso debe ser un patrón”. Me daba risa, pero también me daba un tipo de calma que no sabía dónde encontrar.
No tengo formación, ni observatorio, ni un telescopio caro. Tengo un balcón, o a veces una plaza cuando me da el cuero para salir, y un par de binoculares que compré con culpa y después con cariño. Lo primero que aprendí autodidacta fue algo bien básico: la contaminación lumínica te cambia el mapa. En la ciudad, el cielo se pone tímido, como si apagara partes de sí mismo. Entonces me fui haciendo mañoso: buscar una esquina más oscura, esperar que la Luna no esté tan encendida, aprender a mirar con paciencia.
Me ayudó una aplicación de mapa estelar (de esas que apuntas con el celular y te nombra constelaciones), pero igual me pasó algo raro: al principio la app era como un traductor demasiado rápido. Me decía “Orión” y yo quería sentir Orión, no solo saberlo. Así que empecé a repetir. Noche tras noche. El mismo trozo de cielo, el mismo recorrido, como quien aprende una canción de oído. Me sorprendió darme cuenta de que mi mente, cuando se obsesiona con algo bueno, también puede cuidarme.
A ratos me dan ganas de llorar, pero no por pena. Es como una descarga. Ver Júpiter (o lo que creo que es Júpiter) y pensar que esa luz viene de tan lejos que casi no tiene relación con mi drama de hoy. Y sin embargo me afecta. Me ordena por dentro. Me baja el volumen del ruido. No me arregla la vida, pero me afloja el nudo.
A veces, cuando alguien me pregunta qué estoy aprendiendo, me da vergüenza decir “astronomía”, porque suena grandilocuente. Pero la verdad es más simple: estoy aprendiendo a mirar. A sostener la atención sin castigarme. A equivocarme con el nombre de una estrella y volver al día siguiente, igual. Aprender por mi cuenta, sin campanas, sin notas, sin nadie esperando un resultado.
Y lo más raro: cuando el cielo me acepta así, como soy, yo también me acepto un poquito más. Como si cada constelación fuera una forma antigua de decirme: ya, tranqui… aquí todavía hay espacio.
