No sé si esto le habla a alguien, pero igual lo suelto aquí, como quien deja una botellita en el mar y no exige respuesta. Últimamente me ronda una idea: yo no aprendo en horas, aprendo en ráfagas. No en bloques ordenados con inicio y cierre, sino en chispazos que aparecen cuando se les da la gana. Y me he pasado media vida peleando con eso, como si mi manera de aprender fuera una falta de disciplina, una grosería contra el reloj.
En la escuela el tiempo era campana: sonaba y se acababa. Sonaba y empezaba. La curiosidad tenía que recoger sus cosas y salir del aula aunque estuviera en medio de algo vivo. Y yo creo que todavía cargo esa campana por dentro, porque a veces estoy leyendo algo y, sin aviso, mi cabeza se levanta: “ya, suficiente, toca lo siguiente”, como si pensar fuera un trámite.
Pero a mí el aprendizaje me pasa más en la noche, cuando ya nadie me pide nada. Me pasa con la lluvia golpeando el zinc, aquí en San José, y el mundo se vuelve más pequeño, más soportable. Me hago un cafecito, abro el cuaderno aunque no tenga “nada que escribir”, y de pronto aparece esa paz rara de estar exactamente donde tenía que estar.
Claro, no siempre es romántico. Hay días en que me quedo pegado a un detalle mínimo —una palabra, una idea— y después no me queda batería para lo básico. Y ahí me entra la culpa, mae: esa voz que pregunta por qué no lo hago como “todo el mundo”. Antes yo respondía apretando más, forzándome, tratando de convertirme en alguien lineal. Pero a fuerza de cansarme entendí algo simple: cuando me obligo, no aprendo, solo sobrevivo.
Entonces empecé a medir el aprendizaje con cuerpo, no con reloj. Si estoy tenso, con la mandíbula apretada y la respiración cortita, es señal de que me estoy empujando. En cambio, cuando se me aflojan los hombros y el pecho se me abre, aunque sea un poquito, ahí sí: ahí la idea entra como aire. Y eso no siempre pasa a las diez de la mañana. A veces pasa a las dos de la madrugada. A veces pasa en quince minutos.
Me inventé un ritual medio raro, pero tuanis: en lugar de decir “voy a estudiar dos horas”, me digo “voy a abrir una puerta”. Una puerta chiquita. Puede ser leer una página. Puede ser escuchar cinco minutos. Puede ser escribir tres líneas. Si se abre la puerta y entra luz, sigo. Si no entra, cierro suave y no me castigo. Porque ya aprendí —a golpes— que la mente también agarra rechazo, como cuando te obligan a comer algo y después no lo soportás.
Y aprendí a cuidar el silencio. No el silencio como regla, sino como espacio. Hay ruidos que me desordenan por dentro: un televisor prendido de fondo, notificaciones, conversaciones encima de conversaciones. Me vuelvo torpe, se me va la idea, y luego siento que “no sirvo”. Pero no es que no sirva: es que mi cabeza necesita clima para florecer. Y está bien, diay. No es un capricho. Es cuidado.
Escribo esto al aire porque me da rabia que el mundo trate el aprendizaje como producción, como si fuera llenar un tanque y ya. Para mí es más como sembrar: ponés una semilla hoy y tal vez brota el mes que viene. A veces una frase se me queda pegada y, semanas después, en medio de un día cualquiera, hace clic y cambia la forma en que miro algo. A veces el clic viene lavando platos, caminando o esperando el bus, sin buscarlo siquiera. Eso también es aprender, aunque no haya examen y nadie te ponga nota.
Si yo pudiera hablarle a esa versión mía que se desesperaba por “hacerlo bien”, le diría: pura vida, mae, bajale dos rayitas. Tu ritmo no es un error. Es tu ritmo. Y cuando lo respetás, el tiempo deja de ser jaula y se vuelve camino. No siempre recto, no siempre rápido, pero camino al fin.
Y bueno… lo dejo aquí. Como una campana apagada. Como una invitación suave a aprender sin miedo: a aprender cuando llegue, y a dejar que llegue.
