La primera vez que me di cuenta de que era “autodidacta” no fue con un diploma ni con una charla motivacional. Fue un martes cualquiera, en Buenos Aires, con el mate lavado y la compu tildada, cuando me di cuenta de que nadie iba a venir a explicarme eso que necesitaba entender. No era épico: era más bien un poco triste, un poco liberador, y bastante cotidiano.
Yo siempre tuve esa fantasía de que aprender “en serio” pasaba en un aula. Como si el conocimiento viniera con fluorescentes, pizarrón y un horario que te ordena la vida. Pero la vida real suele ser un quilombo: laburo, familia, cansancio, ansiedad, y esa sensación de que si no te movés vos, no se mueve nada. Ahí aparece el autodidactismo, no como una virtud, sino como una respuesta: “bueno, dale, lo aprendo yo”.
El problema es que aprender solo tiene una trampa silenciosa: nadie te aplaude. Nadie te dice “vas bien”. Nadie te corrige con cariño (o con mala onda, que igual sirve). Vos estás con tu pantalla, tu cuaderno, tus pestañas abiertas, y un ruido de fondo que a veces es la ciudad y a veces es tu propia cabeza diciendo: no sos de esto. Y ahí, para mí, está el verdadero examen. No es el contenido. Es la persistencia emocional.
Aprendí a hacer cosas mirando tutoriales, leyendo foros, equivocándome mil veces. A veces me salía, a veces no. Y cuando no, me agarraba una bronca infantil, como si el mundo me debiera una explicación por haber “puesto ganas”. Con el tiempo me di cuenta de algo medio obvio pero que cuesta aceptar: aprender no te premia por esforzarte. Te deja pasar cuando entendés. Y entender es una mezcla rara de paciencia, repetición y humildad.
Yo no creo que el autodidacta sea un héroe. De hecho, muchas veces es alguien que está tapando un agujero. Alguien que no pudo pagar un curso, o no tuvo tiempo de ir, o se cansó de un sistema que enseña como si todos tuviéramos la misma cabeza y la misma vida. Entonces inventa su propio camino. A veces ese camino es hermoso. A veces es una colección de parches.
En mi caso, el aprendizaje autodidacta mejoró cuando dejé de tratarlo como una carrera y lo empecé a tratar como un pacto. Un pacto con tres cosas:
- Con el tiempo.
No con “el tiempo libre” (eso es una leyenda urbana), sino con el tiempo real: veinte minutos antes de dormir, media hora un domingo, diez minutos en el bondi. Yo subestimaba esos pedacitos. Después vi que son los que te cambian el cuerpo. Porque aprender no es una iluminación: es acumulación. - Con la vergüenza.
La vergüenza de no saber, de preguntar algo básico, de sentirte un impostor. A mí me frenaba más eso que cualquier dificultad técnica. Y es absurdo, porque nadie nace sabiendo. Pero la vergüenza te hace actuar como si te estuvieran mirando. Cuando pude decirme “no sé, listo”, se abrió espacio. - Con la curiosidad.
No la curiosidad grandilocuente (“quiero dominar esta disciplina”), sino la chiquita: “¿y esto por qué funciona así?”. Cuando la curiosidad aparece, el esfuerzo pesa menos. Cuando no aparece, todo se vuelve una obligación y te quema.
Ahora, tampoco voy a romantizar: hay días en que no tengo ganas. Hay semanas en que abandono. Y en esos baches me doy cuenta de que mi peor enemigo no es la dificultad, sino el ideal de perfección. Esa idea de que si no lo hago “bien”, no vale. Si algo aprendí de aprender solo es que avanzar mal también es avanzar. Que leer a medias también deja algo. Que practicar torpe es mejor que no practicar.
¿Y qué queda, al final, de tanto aprender por tu cuenta? Queda una cosa rara: confianza. No una confianza soberbia, sino una confianza práctica. La de saber que si mañana aparece un problema nuevo, no me muero. Me siento, lo miro, lo parto en pedacitos, me frustro un poco, y sigo. Esa confianza no te la da ningún título. Te la da haber atravesado el proceso muchas veces.
Capaz esto suena a consejo, y no quiero. Es más bien una confesión: yo aprendí a aprender cuando dejé de esperar que aprender fuera cómodo. Y cuando acepté que, aunque estudie solo, no estoy realmente solo: estoy acompañado por todas esas mentes anónimas que escriben guías, comparten errores, arman explicaciones, y dejan migas de pan en internet para que otros no se pierdan tanto.
A veces me gustaría que alguien me hubiera enseñado esto antes. Pero, bueno… si me lo hubieran enseñado, quizá no lo habría aprendido.
