Yo antes no miraba el dinero de verdad. Quiero decir, sí, lo miraba cuando no me llegaba, claro, pero no lo entendía. Era como una cosa que entraba y salía sola. Si cobraba un poco, me relajaba. Si veía algo que me gustaba, lo compraba. Y luego, a mitad de mes, ya estaba otra vez con la cara torcida, pensando a quién le podía pedir veinte euros o qué iba a dejar sin pagar unos días.
He vivido así mucho tiempo. Sin cuentas, sin orden y sin ganas de pensar. Porque pensar en el dinero también cansa. Más cuando nunca sobra. Más cuando una se pasa el día trabajando, o buscando trabajo, o haciendo mil cosas en casa y fuera. Yo me decía: “Bastante tengo ya encima como para ponerme ahora a hacer números”. Y así me iba. Tirando. O eso creía.
Un día me dio por apuntar lo que gastaba. No por ser lista ni nada de eso. Fue más bien por agobio. Porque me vi un domingo por la tarde con cuatro monedas, la nevera medio vacía y una rabia por dentro que no me entraba en el pecho. Cogí una libreta vieja de mi hijo y empecé a escribir. Pan. Leche. Tabaco. Refresco. Una tontería en el bazar. Otra tontería en la gasolinera. Y cuando lo vi todo junto, me dio hasta vergüenza.
No porque me gastara el dinero en lujos. Ojalá. Era peor. Se me iba en porquerías pequeñas. Cosas que parecen nada, pero que juntas son un agujero. Un euro aquí, tres allá, cinco en una cosa que ni necesitaba. Y al final el dinero se iba sin darme ni cuenta.
Desde entonces no me he vuelto una experta, ni falta que hace. Pero sí he cambiado algunas cosas. Miro más. Comparo precios. Si puedo esperar, espero. Si no lo necesito, no lo compro. Y una cosa que me ha servido mucho es llevar efectivo cuando salgo. Porque la tarjeta engaña. Pasas, pagas y parece que no duele. Pero luego duele, vaya si duele.
También he entendido otra cosa. Cuidar el dinero no es ser agarrada. No es vivir triste ni decir que no a todo. Es tener un poco de mando sobre tu vida. Es no llegar siempre con el agua al cuello. Es poder comprar fruta sin mirar con miedo el monedero. Es dormir un poco más tranquila.
Yo no tengo grandes estudios ni hablo fino. Pero una cosa sí sé: cuando una aprende a mirar el dinero, empieza también a mirarse mejor a sí misma.
