Durante mucho tiempo pensé que vivir bien era, en el fondo, aprender a destacar. No digo brillar de una forma extraordinaria, tipo famoso o genio. Digo destacar un poquito. Lo suficiente como para que te vean. Lo suficiente como para que no te olviden. Lo suficiente como para sentir que existís en serio.
Sin darme cuenta, empecé a ordenar mi vida alrededor de esa idea.
No solo en redes. También en conversaciones, en el trabajo, en cómo contaba mis logros, en cómo elegía mis fotos, en cómo opinaba. Hasta mi manera de estar triste tenía algo de actuación. No porque quisiera engañar a nadie, sino porque me había acostumbrado a pensar que todo tenía que dejar una impresión. Como si vivir no alcanzara: además había que ser recordable.
Y un día me cansé.
No fue una crisis espectacular. No hubo música dramática ni una gran pelea ni una revelación mística. Fue algo más simple. Me escuché hablando con una amiga y noté que ya no sabía cuándo estaba contando algo porque de verdad lo sentía y cuándo lo estaba contando para sonar interesante. Esa confusión me dio vergüenza. Pero también me dio alivio, porque por fin vi el problema.
Yo no quería ser una persona. Estaba queriendo ser una versión presentable de una persona.
Ahí empecé a fantasear con una idea rarísima, casi prohibida: ¿y si no necesito destacar? ¿Y si puedo volverme, a propósito, un poco irrelevante?
Al principio la palabra me chocó. Irrelevante suena feo. Suena a fracaso, a desaparecer, a resignarse. Pero después la miré de otro modo. Tal vez la irrelevancia voluntaria no sea borrarse. Tal vez sea dejar de actuar para una audiencia invisible. Tal vez sea vivir sin convertir cada gesto en una candidatura.
Porque agotaba muchísimo.
Agotaba pensar qué decir para caer bien.
Agotaba medir cuánto mostrar.
Agotaba convertir mis gustos, mis ideas y hasta mis dudas en una especie de marca personal casera.
Agotaba sentir que incluso el descanso tenía que ser productivo, inspirador o, mínimo, compartible.
Entonces empecé a hacer cosas chiquitas. Cosas que, desde afuera, parecen tontas.
Dejé de fotografiar algunos momentos lindos.
Dejé de opinar de todo.
Dejé de explicar tanto quién era.
Dejé de corregir la imagen que otros tenían de mí, salvo cuando de verdad importaba.
Dejé de sentir que cada silencio era una oportunidad perdida.
Y pasó algo raro: empecé a respirar mejor.
No porque el mundo se volviera más fácil, sino porque yo dejé de cargarlo sobre mis hombros. Cuando ya no necesitás ser memorable todo el tiempo, aparece una libertad medio nueva. Podés probar, equivocarte, cambiar, aburrirte, desaparecer un poco, volver. Podés ser contradictoria sin vivirlo como una tragedia. Podés hacer algo mal sin pensar que arruinaste tu personaje.
Creo que una parte enorme de nuestro cansancio viene de ahí: de estar sosteniendo una versión editada de nosotras mismas. Una versión nítida, coherente, simpática, inteligente, interesante, más o menos deseable, más o menos admirable. Una versión que no descansa nunca porque siempre está en campaña.
Yo no quiero vivir en campaña.
No quiero que mi vida sea un casting permanente.
No quiero sentir que si no impacto, no valgo.
No quiero negociar mi paz para parecer más visible.
Y no, no estoy diciendo que haya que esconderse del mundo ni renunciar a expresarse. No va por ahí. Hablo de otra cosa. Hablo de recuperar el derecho a no impresionar. A no optimizarlo todo. A no convertir la identidad en una vidriera.
Hay algo profundamente tierno en dejar de pelear por ser vista a toda costa.
Porque cuando aflojé esa obsesión, empecé a encontrar otra clase de belleza. La de lo que no se exhibe. La de una charla que no se publica. La de una idea que no necesita aplausos. La de una tarde sin pruebas. La de ser alguien común sin sentirlo como una derrota.
Capaz el verdadero lujo, hoy, no sea destacar.
Capaz el verdadero lujo sea poder decir: no necesito estar en el centro de nada para sentir que mi vida tiene sentido.
A mí, por lo menos, esa idea me cambió bastante.
Me volvió menos brillante, quizá.
Pero también me volvió más mía.
