Si alguien excavara mi escritorio como si fuera un sitio arqueológico, no encontraría tesoros. Encontraría migas de mí. Restos chicos, cotidianos, medio ridículos, pero súper honestos. Porque yo puedo mentir con palabras, pero mis objetos no. Ellos se quedan donde los dejo y hablan con esa claridad silenciosa que da vergüenza.
Mi escritorio, por ejemplo, no es “ordenado” ni “desordenado”. Es un ecosistema. Hay zonas. Una república independiente para las cosas urgentes, un cementerio para las cosas pendientes, y un santuario minúsculo donde guardo lo que no sirve… pero no puedo botar.
El primer objeto que siempre aparece es un cuaderno. No el bonito, no el que uno compra con intención de “empezar una nueva vida”. No: el cuaderno castigado, con la tapa doblada, que huele a mochila. Tiene páginas llenas de listas que no se cumplen, frases a medio pensar, fechas con signos de pregunta. Es mi mapa del “algún día”. Me da risa porque lo abro y encuentro la misma meta escrita en tres meses distintos, como si yo fuera una persona diferente cada vez. Y sí, lo soy un poco. Ese cuaderno es la prueba de que mi voluntad no es lineal. Que avanzo en espiral.
Al lado del cuaderno hay un lápiz mordido. Yo ni fumo, pero ese lápiz está roído como si fuera un hábito. Es el objeto más vergonzoso del lugar: evidencia física de mi ansiedad. Cuando me atrapo mordiéndolo, me doy cuenta de que estoy tratando de controlar algo que no se deja controlar. Como si morder pudiera drenar el exceso de pensamiento. Ese lápiz es mi semáforo: cuando lo veo muy masacrado, sé que me he pasado de revoluciones.
Después está la taza. No es una taza linda. Tiene una mancha vieja que no sale y, aun así, es “mi” taza. No por apego estético, sino porque está asociada a un tipo de mañana: esas en que me siento capaz de empezar de nuevo. La taza es una superstición doméstica. Si la uso, me digo: “Ya, hoy sí”. Y la mitad del tiempo no, pero igual lo intento. Es como un amuleto humilde: no promete resultados, promete intención.
Más allá, hay un cable que no sé de qué es. Te juro que no sé. Lo guardo “por si acaso”, que es una frase que en mi escritorio funciona como religión. El cable representa mi incapacidad de cerrar ciclos. No lo tiro porque mi mente inventa escenarios: “y si justo mañana lo necesito”. Mi escritorio tiene varios “por si acaso”. Y si uno mira bien, ahí está mi miedo al futuro, disfrazado de previsión.
También hay una piedra. Sí, una piedra. Lisa, gris, de playa. La traje de un viaje hace años. No tiene valor de museo, pero tiene una cosa rara: cuando la toco, me acuerdo de que existe un mundo afuera de las pantallas. Me devuelve una sensación física de tiempo lento. Es mi recordatorio antídoto contra la urgencia. Una piedra no corre. Una piedra no produce. Una piedra está. Y a mí, que a veces vivo corriendo por dentro, eso me hace bien.
Finalmente, hay un papelito doblado con una frase escrita a mano. No es una gran cita. No es un filósofo. Soy yo, un día cualquiera, escribiéndome algo simple: “No te apures por miedo”. Ese papelito es lo más íntimo del escritorio. Porque lo dejé ahí como quien deja pan en la mesa para no olvidar que tiene hambre.
Cuando miro mi escritorio con ojos de arqueóloga, me pasa algo curioso: no me juzgo tanto. Me observo. Veo mis hábitos, mis trampas, mis consuelos. Y pienso que, al final, uno no se conoce solo por lo que sueña. También por lo que acumula. Mi escritorio, con toda su tontera, es mi biografía en miniatura: capítulos pequeños, objetos modestos, y una verdad clara—yo sigo intentando, incluso cuando no se nota.
