Hay días en que la palabra democracia me suena como una cosa lejana, como un edificio grande con banderas y micrófonos que no me pertenecen. Y sin embargo, yo la siento más real cuando estoy en el pasillo del condo, con una bolsa de basura en la mano, oyendo a alguien discutir por el portón que no cierra bien. Ahí, en esa cosa chiquitita, me cae el veinte: democracia participativa también puede ser esto, una forma de cuidarnos sin tanto teatro.
A mí me pasa que el ruido me pesa. No solo el de la calle, sino el ruido invisible: el de las broncas que se van apilando porque nadie las dice bien. Entonces un día me dio por hacer algo que me daba vergüenza: pegar un papelito en el tablero de anuncios. No era un sermón. Era una pregunta sencilla, casi tímida: “¿Nos juntamos quince minutos el sábado para ver tres cosillas del edificio?” Y ya. Nada más.
Llegó gente. No toda, pero llegó. Doña Marta con su andar despacito, el mae del 3B que casi nunca saluda, una muchacha nueva que solo miraba el piso. Y ahí, sin querer, armamos una mini asamblea. No para “cambiar el mundo”, sino para acordar lo mínimo que nos hace vivir mejor: el horario de la lavadora, el tema de la basura, y algo que nadie decía en voz alta… el cansancio.
Porque eso también es participación ciudadana, ¿verdad? Admitir que la vida se nos viene encima y que a veces ocupamos que el edificio sea una red y no una jungla. Alguien propuso un chat, pero con una regla: nada de mensajes en la madrugada y nada de indirectas. Otro dijo que mejor un cuaderno en la entrada para apuntar problemas sin andar señalando a nadie. Yo, que por dentro siempre estoy haciendo listas, propuse algo rarísimo para mí: un “turno de favores” voluntario. No obligación, no culpa. Solo un espacio para decir: “Esta semana puedo regar las plantas del pasillo”, o “si alguien ocupa que le reciban un paquete, me avisa”.
Y diay, no fue perfecto. Hubo miradas raras. Hubo silencios que parecían piedras. Pero también hubo un momento tuanis: cuando nos dimos cuenta de que el portón no era el problema, era la sensación de que cada quien jalaba para su lado. Como si vivir cerca fuera lo mismo que vivir juntos.
Desde ese día, cuando leo “democracia participativa”, yo ya no pienso solo en votar o en sistemas grandes. Pienso en el arte humilde de ponernos de acuerdo sin aplastarnos. Pienso en la convivencia como una práctica espiritual, así, sin pompa: respirar antes de responder, escuchar sin preparar el ataque, buscar soluciones que no dejen a nadie atrás.
Tal vez mi forma de hacer política es esta: bajar el volumen del miedo y subirle un poquito a la ternura. En el pasillo. En lo cotidiano. En lo que sí puedo tocar. Pura vida.
