En Cuba uno aprende temprano una frase que sirve para casi todo: “yo no creo en nada… pero por si acaso”. Y en los amuletos eso se nota más que en ninguna parte. Tú le preguntas a cualquiera y te dice que eso son cuentos, que la suerte no existe, que la vida es lo que es. Pero después miras la muñeca, el cuello, el llavero, y ahí está: una manilla, una semillita, un azabache, una cosita pequeña haciendo de guardaespaldas invisible.
A mí me pasó con el azabache, el clásico. Mi abuela me lo puso de niño como si fuera parte del uniforme: “para el mal de ojo”, me decía, y yo ni sabía qué era eso, pero me gustaba porque parecía una joyita seria. Con los años lo dejé, como se dejan las cosas de la infancia. Y un día, ya grande, me lo volví a poner sin mucha historia… justo cuando estaba pasando una racha medio mala. No porque yo creyera de verdad, sino porque hay gestos que te calman aunque no los entiendas. Como cuando te haces un café “para arrancar” aunque el café no arregle la vida.
Lo que me llama la atención de los amuletos cubanos es que rara vez son un objeto elegante de vitrina. Casi siempre son cosas “de andar”: discretas, rozadas, con ese look de haber pasado por mil manos. Una manilla de cobre, un colgante chiquito, una cintica roja en la muñeca, una medallita que alguien te regaló con cara de “cuídate”. Hasta una llave vieja en el bolsillo, como si abrir puertas fuera también un modo de espantar cerraduras.
Y ojo: no es solo religión, ni solo superstición. A veces es puro cariño. Mi mamá, por ejemplo, no es de rituales, pero si salgo tarde me suelta: “llévate esto”, y me pone algo en la mano, lo que sea. Ahí el amuleto funciona más como mensaje que como magia: me importas. Y esa parte sí es real, aunque el resto sea discutible.
También está el lado social, el que uno no dice pero siente. En ciertos barrios, en ciertas familias, llevar o no llevar algo marca pertenencia. No es “creer” o “no creer”, es una manera de decir de dónde vienes, con qué te criaste, qué te enseñaron a respetar. A veces el amuleto es como una firma sin tinta.
Pero igual hay una contradicción que me da risa: muchos amuletos terminan siendo más ansiedad que protección. Porque si tú dependes del objeto, entonces el día que lo pierdes, te sientes desnudo. Y eso no es suerte, eso es cabeza. He visto gente asustada porque se le rompió una manilla, como si se le hubiera roto la seguridad del mundo. Y ahí yo digo: suave, compay, que también hay que vivir.
Otra cosa que me choca un poco es cuando el amuleto se vuelve mercancía de “souvenir”. En La Habana Vieja, por ejemplo, hay puestos donde te venden “protecciones” como si fueran imanes de nevera: rápido, bonito, sin historia. Y eso puede ser normal (todo se vende), pero también le quita la parte íntima. Porque el amuleto, cuando tiene sentido, suele venir con relato: “esto era de tu abuelo”, “esto te lo dio fulana cuando te fuiste”, “esto te lo pones cuando te sientas vulnerable”. Sin relato, es accesorio.
Yo no tengo una conclusión profunda, la verdad. Solo sé que, aunque yo sea escéptico, hay días en que me descubro tocando el colgante como quien toca madera. Y me doy cuenta de que el amuleto no está peleado con la razón: está peleado con la necesidad humana de sentir que no estás solo frente al azar.
Así que sí: yo no creo… pero cuando salgo apurado y me acuerdo del azabache, me lo pongo. No porque me vaya a salvar de nada sobrenatural, sino porque me devuelve una sensación simple: que alguien, en algún momento, quiso cuidarme. Y eso, asere, a veces alcanza.
