Yo antes pensaba que una certeza era algo “sólido”. Como una mesa: la tocas, no se mueve, listo. Pero con los años me he dado cuenta de que muchas certezas no se encuentran… se fabrican. Y lo más raro es que, mientras las estás fabricando, sientes que solo estás “siendo lógico”.
La receta empieza casi siempre igual: una experiencia que me pega fuerte. Algo me sale mal, alguien me lastima, o me siento fuera de lugar. Mi cabeza no soporta bien la niebla, así que busca un hilo del que jalar. Entonces aparece una frase sencilla, cómoda, con olor a explicación: “La gente es falsa”, “No se puede confiar”, “Si no lo hago perfecto, no cuenta”, “Cambiar es peligroso”. Y esa frase, por fin, le pone nombre al desorden.
Luego viene el segundo ingrediente: la selección de pruebas. Sin darme cuenta, me vuelvo una curadora obsesiva de evidencia. Si mi certeza dice “no valgo tanto”, cualquier error pequeño se vuelve un cartel luminoso. Y cualquier cosa que la contradiga… la minimizo. “Sí, me salió bien, pero fue suerte.” “Sí, me quieren, pero no me conocen de verdad.” Es como si mi mente tuviera un filtro de cámara: sube el contraste de lo que encaja con la historia y baja el brillo de lo demás.
El tercer paso es social: la certeza se fortalece cuando la comparto. No siempre en voz alta, a veces solo cuando consumo contenido que la confirma. Me pasa que veo un video, un comentario, una anécdota, y digo: “¿Ves? Tenía razón.” Y ya no es una idea: es un club. Pertenecer a ese club da alivio, porque si “es así”, entonces ya sé cómo moverme. Ya no tengo que improvisar tanto.
Y el último paso es el más tramposo: la certeza empieza a dirigir mi conducta. Si “cambiar es peligroso”, entonces evito oportunidades. Si “la gente decepciona”, entonces me anticipo y me cierro. Y como me cierro, la relación se enfría… y la certeza se “comprueba”. Es un circuito bien redondo: mi certeza provoca justo lo que dice que iba a pasar.
¿Y cómo se rompe una certeza? No suele romperse con un argumento brillante. Se rompe con una grieta repetida. Una persona que sí se queda. Un día en que hago algo “imperfecto” y aun así funciona. Una conversación incómoda que no termina en desastre. Son pequeños golpes al vidrio.
A mí me ayuda pensar que una certeza es, muchas veces, una herramienta de protección que se quedó trabajando horas extra. No es que sea malvada: es que está vieja. Y cuando lo veo así, puedo hacer algo que antes me parecía imposible: bajarle el volumen sin arrancarla de golpe.
Lo más efectivo, para mí, es cambiar la frase. En vez de “esto es así”, me digo: “ahorita se siente así”. En vez de “siempre”, “muchas veces”. En vez de “ya lo sé”, “tengo la sospecha”. Suena mínimo, pero abre aire.
Porque cuando una certeza se rompe, al principio duele. Te quedas sin barandal. Pero también pasa algo bonito: vuelve la posibilidad. Y a mí, aunque me dé miedo, me hace falta esa posibilidad para no vivir en modo automático.
