Yo antes pensaba que barrer era una bobada. Una cosa de todos los días, de puro oficio, de mover el mugre de un lado pa otro y ya. Ni le paraba bolas. Si el piso estaba sucio, pues se barría. Si no, no. Así de simple.
Pero con el tiempo me fui dando cuenta de algo raro. Hay días en que yo amanezco como atravesada. Cualquier cosa me pone de mal genio. Que el café quedó feo, que afuera hay ruido, que alguien me habló duro, que no alcanza la plata, que me duele aquí y allá. Uno va guardando cositas en el pecho y después anda como una olla a presión. Y a mí, sin yo buscarlo mucho, me empezó a servir barrer.
Suena tonto, yo sé. No es que yo me crea importante por coger una escoba. Pero cuando barro, como que la cabeza se me acomoda un poquito. Empiezo por una esquina, sigo por la otra, junto el polvo, los pelitos, las migas, y siento como si también fuera sacando algo de adentro. No todo, claro. Ojalá. Pero sí bastante.
A veces me pasa que estoy peleando sola en mi cabeza. Acordándome de algo que me hicieron, de una palabra fea, de una deuda, de una preocupación. Entonces agarro la escoba, sin tanta pensadera, y me pongo en eso. El ruido de las cerdas en el piso, el mover los pies, el ir viendo cómo va quedando limpio… eso me baja.
No me arregla la vida. Tampoco me vuelve otra persona. Yo sigo siendo la misma, con mis fallas, con mis rabias, con mis cansancios. Pero ya entendí que una cosa pequeña también puede ayudar.
Antes yo creía que pa sentirse mejor había que hacer algo grande. Irse lejos, tener plata, cambiar toda la vida de una. Ahora no. Ahora pienso que a veces una empieza por donde puede. Y si lo que hoy puedo hacer es barrer la casa y sentir que respiro más suave, pues eso ya vale.
No sé decirlo bonito. Solo sé que cuando el piso queda limpio, yo también me siento un poco menos revuelta por dentro. Y en días pesados, eso ya es bastante.
