Anoche, cuando los niños por fin se durmieron, me senté en el sillón y no hice nada. Ni el teléfono, ni la tele, ni un libro. Nada. Solo estar sentada en el silencio y respirar sin que nadie me necesitara.
Fue lo mejor del día.
Y después me sentí terrible por haberlo pensado.
Eso es lo que nadie te explica antes de ser mamá: que vas a querer a tus hijos con una intensidad que te asusta, y al mismo tiempo vas a necesitar escapar de ellos. Que esas dos cosas van a existir juntas, revueltas, y que no vas a saber muy bien qué hacer con esa mezcla.
Yo quiero a mis hijos. Eso no está en discusión. Pero también hay días en que quiero ser solo yo. No «la mamá de». Solo yo, con mi nombre, con mis pensamientos, con el derecho a aburrirme sin que nadie me pregunte qué hay pa comer.
Se supone que no se dice esto.
Se supone que la maternidad es lo más bonito del mundo y que si no la vives así, algo anda mal contigo. Las redes están llenas de mamás que publican fotos preciosas con sus hijos y escriben «mi mayor logro» y «mi todo». Y yo las veo y pienso: ¿de verdad? ¿Todo el tiempo? ¿No tienen un rinconcito adentro que a veces quiere ser otra cosa?
Quizás sí lo tienen y tampoco lo dicen. Por las mismas razones que yo tardé tanto en decirlo.
Porque decirlo da miedo. Da miedo que te miren raro, que piensen que eres mala madre, que alguien llame a tu mamá y le cuente. Da miedo, sobre todo, que sea verdad que algo anda mal contigo.
Pero yo creo que no anda mal nada.
Creo que soy una persona que también es mamá, y que esas dos cosas a veces se llevan bien y a veces se pelean. Creo que necesito tiempo mío no porque no ame a mis hijos, sino precisamente para poder amarlos bien. Que la versión de mí que lleva tres días sin dormir, sin hablar con una amiga, sin leer una página de un libro, no es la mejor versión para nadie.
El otro día mi hijo mayor me preguntó por qué estaba de mal humor.
Le dije: «porque mamá también se cansa.»
Me miró un momento y me dijo: «ah, ya. ¿Quieres que te haga un abrazo?»
Y sí. Quería.
Pero también quería que después se fuera a jugar solito un buen rato.
Las dos cosas. Siempre las dos cosas.
