Buena mamá, persona a ratos

16 de mayo de 2026

Exploración de la complejidad de ser madre y la necesidad de espacio personal. Se aborda la dualidad de amar a los hijos y el deseo de ser uno mismo, resaltando la importancia del autocuidado para el bienestar emocional.

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Anoche, cuando los niños por fin se durmieron, me senté en el sillón y no hice nada. Ni el teléfono, ni la tele, ni un libro. Nada. Solo estar sentada en el silencio y respirar sin que nadie me necesitara.

Fue lo mejor del día.

Y después me sentí terrible por haberlo pensado.

Eso es lo que nadie te explica antes de ser mamá: que vas a querer a tus hijos con una intensidad que te asusta, y al mismo tiempo vas a necesitar escapar de ellos. Que esas dos cosas van a existir juntas, revueltas, y que no vas a saber muy bien qué hacer con esa mezcla.

Yo quiero a mis hijos. Eso no está en discusión. Pero también hay días en que quiero ser solo yo. No «la mamá de». Solo yo, con mi nombre, con mis pensamientos, con el derecho a aburrirme sin que nadie me pregunte qué hay pa comer.

Se supone que no se dice esto.

Se supone que la maternidad es lo más bonito del mundo y que si no la vives así, algo anda mal contigo. Las redes están llenas de mamás que publican fotos preciosas con sus hijos y escriben «mi mayor logro» y «mi todo». Y yo las veo y pienso: ¿de verdad? ¿Todo el tiempo? ¿No tienen un rinconcito adentro que a veces quiere ser otra cosa?

Quizás sí lo tienen y tampoco lo dicen. Por las mismas razones que yo tardé tanto en decirlo.

Porque decirlo da miedo. Da miedo que te miren raro, que piensen que eres mala madre, que alguien llame a tu mamá y le cuente. Da miedo, sobre todo, que sea verdad que algo anda mal contigo.

Pero yo creo que no anda mal nada.

Creo que soy una persona que también es mamá, y que esas dos cosas a veces se llevan bien y a veces se pelean. Creo que necesito tiempo mío no porque no ame a mis hijos, sino precisamente para poder amarlos bien. Que la versión de mí que lleva tres días sin dormir, sin hablar con una amiga, sin leer una página de un libro, no es la mejor versión para nadie.

El otro día mi hijo mayor me preguntó por qué estaba de mal humor.

Le dije: «porque mamá también se cansa.»

Me miró un momento y me dijo: «ah, ya. ¿Quieres que te haga un abrazo?»

Y sí. Quería.

Pero también quería que después se fuera a jugar solito un buen rato.

Las dos cosas. Siempre las dos cosas.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento íntimo · 28%
Predomina una confesión íntima sobre la ambivalencia de la maternidad, atravesada por culpa, cansancio y cuestionamiento del ideal de buena madre.
  • El centro es una confesión vulnerable: querer a los hijos y a la vez necesitar escapar, desear tiempo propio y temer que eso signifique ser mala madre.
  • El texto está cargado de amor, culpa, miedo, cansancio, ternura y contradicción afectiva hacia los hijos.
  • Cuestiona el mandato de que la maternidad debe vivirse siempre como “lo más bonito del mundo” y contrasta esa imagen con las redes sociales y el miedo a ser juzgada.
  • Observa expectativas sociales sobre la maternidad, el juicio ajeno, la familia y la convivencia cotidiana entre madre e hijos.
  • Parte de escenas reconocibles: los niños dormidos, sentarse en el sillón, no mirar el teléfono, preguntas sobre la comida, el hijo ofreciendo un abrazo.
  • Hay una preocupación clara por la culpa, la idea de ser buena o mala madre y el derecho a necesitar espacio sin que eso implique falta de amor.
  • Usa una voz narrativa cuidada, repeticiones como “las dos cosas” y escenas breves con sensibilidad literaria.
  • Aparece de forma secundaria en la pregunta por la identidad: ser “persona” además de madre, conservar el nombre propio y un espacio interior.
  • Propone apenas una alternativa práctica y vital: necesitar tiempo propio para poder amar y cuidar mejor.
  • No desarrolla escenarios imaginativos, mundos alternativos ni hipótesis especulativas.
  • No trabaja grandes preguntas abstractas de forma conceptual; la reflexión permanece en lo personal y concreto.
  • No predomina el análisis teórico ni conceptual; la argumentación nace de la experiencia vivida.

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