En Bolivia, a veces siento que el cariño no se dice: se hace. Se lleva en la espalda, en las manos, en la forma de levantarse antes que el sol y seguir nomás aunque el cuerpo pida cama. Aquí, el trabajo duro no es una frase bonita para poner en una taza. Es la costumbre de sobrevivir con dignidad, de no soltar la cuerda cuando todo jala para abajo.
Yo crecí viendo esa dureza como si fuera uniforme. Mi mamá salía temprano con su bolso, apretando los labios como quien se amarra el coraje. Mi papá llegaba tarde, con el olor de la calle pegado a la ropa, y hablaba poco. De chica, yo pensaba que eran fríos. Pensaba que la ternura era otra cosa, algo suave, algo que se decía con palabras dulces y abrazos largos. Y claro, uno mira series, escucha canciones, y se arma un idea de amor con moñito.
Pero luego entendí que la ternura, en mi casa, se escondía por miedo a la fragilidad. Porque si uno vive apurado, contando monedas, con la cabeza llena de pendientes, mostrar ternura parece un lujo, como decir “me duele” en voz alta. Y aquí, muchas veces, lo que duele se guarda. No por falta de corazón, sino por exceso de responsabilidad.
Me acuerdo de una mañana helada en La Paz, esas que muerden la nariz. Yo me quejaba porque no quería ir al colegio. Mi mamá no respondió con consuelo de novela. Solo me puso otra chompa, me ajustó la bufanda con fuerza y me dijo: “Ya, hijita, hay que aguantar”. En el momento me sonó seco, casi duro. Años después lo veo distinto: esa bufanda bien amarrada era su abrazo. Su manera de decir “no te voy a dejar resfriarte, aunque no sepa decirte otras cosas”.
El trabajo duro puede volverse una máscara. Uno aprende a hablar fuerte para que no lo pasen por encima, a no llorar para no atrasarse, a no pedir ayuda para no molestar. Y sin querer, esa máscara se pega a la piel. Hay gente que parece áspera, pero es como la lija: raspa por fuera y, aun así, está intentando arreglar algo.
Yo lo vi también en el mercado. Las caseras regatean, se defienden, se paran firmes. A veces sueltan un “¿qué te crees?” que asusta. Pero de pronto, si te ven con cara cansada, te ponen un poquito más de fruta “para tu casita”. Si te falta una moneda, te dicen “ya, luego me traes”. Esa ternura no viene con poesía. Viene con una yapa. Y la yapa, para mí, es una forma muy boliviana de amor.
Mi tesis, si tengo que ponerla clarita, es esta: la ternura no se opone al trabajo duro, pero sí se esconde detrás de él cuando la vida nos acostumbra a la intemperie. A veces somos duros porque el mundo nos enseñó que lo blando se rompe. Y, sin embargo, seguimos buscando maneras pequeñas de cuidar.
La pregunta que me hago últimamente es: ¿qué pasaría si nos permitiéramos mostrar la ternura sin sentir vergüenza? No hablo de volvernos melosos ni de vivir en nube. Hablo de gestos simples, que no quitan fuerza, pero sí quitan soledad. Decir “gracias” mirando a los ojos. Preguntar “¿has comido?” y esperar la respuesta. Mandar un mensaje sin motivo, solo para decir “me acordé de vos”. Abrazar sin apuro, aunque sea dos segundos más.
Porque al final, el trabajo duro sostiene la casa, sí. Pero la ternura escondida es la que hace que esa casa sea hogar. Y yo quiero creer que podemos seguir luchando, seguir chambeando, seguir haciendo lo necesario, sin convertirnos en piedra.
Tal vez la verdadera valentía no sea aguantarlo todo en silencio, sino dejar que, en medio del esfuerzo, se nos escape una caricia. Aunque sea chiquita. Aunque sea disimulada. Aunque sea, como tantas cosas aquí, una ternura que se entrega sin anuncio, pero con todo el corazón.
