Tengo una teoría medio impopular: eso de “ciudades caminables” suena bonito, sí… pero a veces lo usamos como un perfume. Un concepto para echarnos encima y sentirnos modernos, mientras seguimos viviendo en una ciudad diseñada para pasarla de largo, no para habitarla.
A mí me pasó. Durante años yo decía que me encantaba caminar, pero era mentira a medias: me gustaba caminar cuando no se sentía como una apuesta. Cuando la acera no era un rompecabezas, cuando el cruce no parecía una negociación con carros, motos, buses, pitazos y el miedo ese chiquito —no siempre racional, pero real— de “¿será buena idea pasar por aquí?”.
Entonces, cuando escucho “ciudad caminable”, yo no me imagino primero bancas bonitas o ciclorutas bien pintadas. Me imagino una cosa más íntima: la posibilidad de ir a comprar pan sin activar el modo supervivencia. Poder salir sin plan, sin Waze, sin calcular rutas como si uno fuera un estratega militar. Eso, para mí, ya sería una utopía… pero una utopía razonable.
Lo raro es que la caminabilidad no se decide solo con obras. Se decide con cultura, con reglas que sí se cumplen, con un acuerdo invisible entre desconocidos. Y ese acuerdo es frágil. En muchas ciudades nuestras, el espacio público se parece más a un “sálvese quien pueda” educado: cada quien hace lo que puede porque siente que nadie lo está cuidando.
Y aquí viene mi punto divergente: a veces la caminabilidad se vende como si fuera “más libertad”, pero también puede ser más control. Más cámaras, más vigilancia, más “orden” con excusa bonita. Yo no quiero una ciudad caminable que se sienta como un centro comercial: limpia, segura, pero fría, diseñada para circular y consumir, no para vivir.
Yo quiero otra cosa. Quiero una ciudad donde caminar sea normal, no heroico; pero también donde caminar sea interesante. Donde uno pueda demorarse sin que lo miren como sospechoso. Donde el barrio no sea solo un lugar para dormir, sino un lugar para encontrarse.
Porque caminar tiene un efecto raro: te devuelve el tamaño real de las cosas. En carro, la ciudad se vuelve un mapa. A pie, la ciudad se vuelve una conversación. Te enterás de que el señor de la esquina tiene un perro nuevo, de que el negocio cambió de dueño, de que ese árbol floreció por primera vez en meses. Y eso, aunque suene cursi, es información política en el sentido más simple: te hace pertenecer.
Pero, claro, caminar también te enfrenta con lo que preferimos no ver. La desigualdad no se nota igual desde la ventana cerrada. A pie, el contraste te salta encima. Y ahí la “ciudad caminable” deja de ser un eslogan urbano y se vuelve una pregunta incómoda: ¿caminable para quién? ¿para el turista? ¿para el que vive en el barrio “bonito”? ¿para el que tiene tiempo? Porque caminar requiere tiempo. Y el tiempo, en esta región, es un lujo mal distribuido.
Yo no creo que la solución sea obligar a nadie a caminar, ni romantizarlo como si fuera moralmente superior. A mí me encanta el transporte público, pero también entiendo a quien sueña con una moto porque está cansado de perder vida en trayectos eternos. Entonces, para mí, la caminabilidad no debería ser una guerra contra el carro; debería ser una paz con alternativas.
Una ciudad caminable, razonable, sería la que te da opciones sin humillarte: caminar porque querés, no porque te tocó. Que el andén sea decente, sí, pero también que el bus pase, que el semáforo respete al peatón, que el cruce no sea una ruleta. Que haya sombra, que haya baños, que haya luz. Que haya silencio de vez en cuando. Y, sobre todo, que haya confianza.
Suena grande, pero en realidad empieza chiquito. Con algo tan poco épico como un paso peatonal que se respeta. Con una esquina que no está rota. Con un barrio donde uno pueda decir “vuelvo caminando” y no sea una frase valiente, sino normal.
Eso es lo que yo llamo utopía razonable: no la ciudad perfecta, sino la ciudad que te permite existir a escala humana sin pedirte permiso. Una ciudad donde caminar no sea un acto de fe, sino una costumbre.
