A mí la música me hace una cosa que no sé explicar sin que suene medio exagerado: me reescribe. No solo me recuerda, sino que me cambia el recuerdo. Como si una canción agarrara una escena vieja y le subiera el brillo, o le bajara el volumen, o le pusiera un subtítulo que antes no estaba. Y listo: yo salgo de ahí pensando “ah, entonces era eso lo que me pasaba”.
Me di cuenta hace años, cuando una canción que yo asociaba con un amor bobo —de esos que uno idealiza porque era joven o porque tenía ganas de que algo funcionara— volvió a sonar en un taxi. Yo iba mirando por la ventana, cansada, con la cabeza llena de pendientes. Y de repente el coro me pegó como olor a casa: pum, directo. Pero lo raro no fue recordar a la persona. Lo raro fue recordar a la versión de mí que existía en ese momento. La que se conformaba con migajas bonitas. La que confundía intensidad con cariño. Esa canción no me trajo al ex; me trajo a mí. Y eso fue más fuerte.
Con otras canciones me pasa al revés: antes me dolían y ahora me dan risa. Y ahí es donde siento la reescritura. Porque el pasado no se movió… pero mi interpretación sí. La canción se convierte en una prueba de que yo cambié. Hay temas que, cuando los escucho, pienso: “¡Dios mío, yo lloraba por esto!”. No por burlarme de mi yo de antes, sino por verla con ternura. Como cuando encontrás una foto antigua y te da pena y cariño al mismo tiempo.
También hay canciones que funcionan como llaves. No me llevan a una persona ni a un lugar: me llevan a un estado mental. Una canción puede abrir la puerta de la ansiedad como si supiera el código. Otra puede apagarla. A mí me pasa con ciertos ritmos repetitivos, o con ciertos sintetizadores, que me dejan como hipnotizada; mi cabeza se ordena. Es como si la música me diera una estructura externa, un carril. Y yo, que vivo pensando demasiado, agradezco ese carril como se agradece un mapa.
Lo heavy es que la memoria musical no es educada. No pregunta si querés recordar. Te lanza el archivo completo. A veces estás tranquila y suena una canción en un supermercado, y de repente te cae encima un año entero: un olor, una conversación, la ropa que usabas, el miedo que no sabías nombrar. Y ahí entendés por qué dicen que el cuerpo recuerda. Porque la música se mete por el oído, sí, pero responde el pecho. Te cambia la postura, el ritmo del corazón, hasta la forma de mirar.
Por eso digo que hay canciones que me reescriben. Porque yo no tengo un pasado fijo: tengo un pasado narrado. Y la música se mete en esa narración y la edita. A veces me muestra que fui más valiente de lo que creía. A veces me muestra que me mentí mucho. A veces me regala un perdón que no sabía darme.
Y últimamente me pasa algo nuevo: estoy haciendo memoria a propósito. Estoy armando playlists como si fueran capítulos. “Para cuando necesito salir del hoy”. “Para cuando quiero llorar sin drama”. “Para cuando me tengo que recordar quién soy”. No es nostalgia por nostalgia. Es una forma de cuidarme. De tener herramientas.
Porque, al final, las canciones no solo me recuerdan cosas. Me enseñan algo más íntimo: que yo soy muchas versiones, y todas siguen viviendo en mí. La música las llama por su nombre. Y cuando las escucho, en vez de pelearme con ellas, trato de decirles: “tranquila, ya estamos acá. Yo me encargo”.
