Hay un cansancio que no se cura durmiendo. Uno se acuesta, se levanta, se lava la cara, hace café, y todavía lo siente ahí, como un bulto invisible en la espalda. No es tristeza exactamente. Tampoco es pereza. Es como si mi cabeza tuviera demasiadas pestañas abiertas y ninguna quisiera cerrarse. Y lo peor es que casi nadie lo ve, porque por fuera yo estoy “bien”. Estoy funcional. Estoy en lo mío. Pero por dentro ando como con la batería en rojo, y aun así me toca seguir decidiendo.
Decidir qué comer, qué comprar, qué contestar, qué ignorar, qué ponerme, qué ruta coger, qué decir para no sonar mal, qué tono usar para que no me malinterpreten. Decidir si me conviene hablar o quedarme callado. Si lo que siento es exagerado o si es válido. Decidir si este cansancio se lo cuento a alguien o si me lo trago para no preocupar. Y mira, yo sé que la vida siempre ha sido de decisiones, pero siento que ahora es como una avalancha. Como si el mundo no me dejara respirar sin preguntarme algo.
A veces lo más chulo sería que alguien me dijera: “Hoy tú no eliges nada, yo te cubro”. No por control, sino por descanso. Porque la fatiga de decidir, esa vaina, te drena. Te roba lo suave. Te convierte en una persona que responde rápido, que se irrita por tonterías, que se desconecta sin querer. Y después viene la culpa, porque uno se da cuenta de que está más cortante, más seco, más “déjalo así”, y tú no quieres ser así. Tú lo que estás es cansado de estar al mando de cada micro-cosa.
Y la gente te dice: “Organízate”. “Haz una lista”. “Maneja tu tiempo”. Y sí, eso ayuda un poco, pero no es solo logística. Es que a mí me pesa elegir porque cada elección trae una ramificación. Si escojo A, pierdo B. Si digo que sí, me quedo sin energía. Si digo que no, me siento mala gente. Si salgo, me agoto. Si me quedo, me siento aislado. Es como vivir en un tablero donde todo tiene consecuencia, aunque sea mínima, y yo lo siento todo como si estuviera amplificado. Como si cada decisión me pasara por el cuerpo antes de pasar por la mente.
Yo he notado que esta fatiga se pone peor cuando tengo demasiada información encima. Cuando me paso el día brincando de app en app, de noticia en noticia, de video en video. Eso no es entretenimiento, eso es ruido. Y el ruido me obliga a elegir constantemente: ¿me importa esto? ¿me afecta? ¿respondo? ¿comparto? ¿me indigno? ¿me río? Y uno cree que está descansando porque está tirado en el sofá, pero por dentro el cerebro está corriendo una maratón.
Hay días en que me da por simplificarlo todo, como un acto de cariño. Me pongo reglas chiquitas: dos comidas base que no tengo que pensar mucho. Dos mudas de ropa que combinan fácil. Dos horas sin pantalla aunque me pique la mano. No lo hago para ser “productivo”, lo hago para tener paz. Porque la paz, en estos tiempos, es un lujo raro, y yo la necesito como quien necesita agua.
Y también he aprendido algo: que a veces no decidir es una decisión válida. No contestar ahora. No resolver hoy. No tener opinión inmediata. Dejar que el cuerpo se asiente. Porque el mundo te empuja a reaccionar rápido, pero yo no soy una máquina. Yo soy una persona. Y si me escucho, si me trato con suavidad, la vida se siente menos como una prueba y más como un camino.
Ahora mismo, mientras escribo esto, siento como si estuviera soltando un peso. Como si nombrar este cansancio lo hiciera más manejable. No para desaparecerlo de golpe, sino para mirarlo sin vergüenza. Porque no es flojera. Es fatiga de decidir. Y yo, de verdad, quiero volver a vivir con más calma, con menos ruido, con menos obligación de elegir hasta el aire. Aunque sea poquito a poquito. Aunque sea hoy, nada más.
