La otra tarde me quedé parado frente a una vidriera más tiempo del razonable. No era algo urgente ni especialmente caro, pero me agarró esa sensación de “si lo tuviera, estaría un poco mejor”. Un poco más ordenado, más actualizado, más yo. Después seguí caminando hasta la parada y me dio vergüenza la facilidad con la que una cosa cualquiera podía prometerme una versión más completa de mí mismo.
No quiero hacerme el superior, porque me pasa seguido. Con objetos, con planes, con reconocimientos, con la idea de vivir en otro barrio o tener una rutina más prolija. El deseo aparece como una ventanita abierta: mirá, por acá hay aire. Y tal vez lo hay. El problema es que no siempre sé distinguir entre un deseo que me ensancha y uno que me empieza a manejar desde adentro. Ahí está mi duda: querer algo ¿me vuelve más libre o me ata a una falta nueva?
Durante mucho tiempo pensé que libertad era poder elegir. Tener opciones, no depender tanto, no pedir permiso para cada paso. Todavía me parece cierto en parte. Sería injusto negar que muchas personas viven con límites concretos que no eligieron, y que tener margen cambia todo. Pero también noto otra cosa: a veces, cuantas más opciones tengo, más se me llena la cabeza de obligación. Si puedo elegir entre diez caminos, aparece una voz diciendo que tengo que elegir bien, que no desperdicie, que no me equivoque, que aproveche. Entonces la libertad se parece menos a una puerta abierta y más a un examen sin consigna clara.
Lo raro es que casi nadie nos enseña a sospechar del deseo propio sin odiarlo. O lo seguimos como si fuera una verdad íntima, o lo reprimimos como si fuera una debilidad. A mí me cuesta encontrar un punto intermedio. Porque algunos deseos sí dicen algo importante: ganas de descansar, de cambiar una situación, de acercarse a alguien, de salir de un lugar donde uno se achica. Pero otros parecen venir ya escritos por afuera, con nuestra letra apenas imitada. Uno cree que quiere, y quizá solo aprendió a reconocer como valioso lo que otros aplauden. La pregunta incómoda sería: ¿cuánto de mi voluntad es mía y cuánto es costumbre con buena publicidad?
También me pasa con la palabra resignación. Le tengo miedo. Suena a bajar los brazos, a conformarse con migajas, a decir “es lo que hay” antes de tiempo. Pero últimamente pienso que no todo límite aceptado es derrota. Hay límites que ordenan. Hay renuncias que no empobrecen, sino que devuelven atención. No comprar algo, no entrar en cierta competencia, no explicar de más, no perseguir una imagen, puede ser una forma de recuperar espacio. Decir que no no siempre es cerrarse; a veces es dejar de vivir arrodillado frente a posibilidades que ni siquiera nos hacen bien.
Igual no lo tengo resuelto. Me daría desconfianza escribir como si hubiera encontrado una fórmula. Hay días en que querer menos me parece sabiduría y otros en que me parece miedo disfrazado. ¿Estoy eligiendo una vida más simple o estoy evitando el riesgo de pedir más? ¿Estoy en paz o me acostumbré a no molestar? Esa diferencia es finita, pero cambia todo. Porque una cosa es soltar lo que nos domina y otra muy distinta es convencerse de que no deseamos lo que no nos animamos a buscar.
Tal vez la libertad no sea hacerle caso a cada deseo ni apagarlos a todos. Tal vez tenga más que ver con poder sentarse un rato al lado de lo que uno quiere y preguntarle de dónde viene, qué promete, qué cobra a cambio. Suena medio raro, ya sé, pero me sirve pensarlo así. No tratar al deseo como patrón ni como enemigo. Mirarlo con respeto y con sospecha. Si después de eso sigue ahí, más limpio, menos desesperado, quizá valga la pena escucharlo. Y si se cae, si era solo ruido, también hay una libertad en no correr detrás. Una libertad chiquita, poco vistosa, pero bastante real: no necesitar tanto para seguir siendo uno.
