A veces me da por mirar el cielo como quien se queda mirando una pared, pero por dentro está escuchando otra cosa. No es “astronomía”, ni “ciencia”, ni nada de eso que suena a explicación. Es más bien una sensación: que el cielo está lleno de mensajes que vienen con retraso, como cuando te llega un audio viejo y de pronto te remueve el día entero.
Me contaron una vez —y se me quedó pegado— que la luz tarda. Que lo que veo arriba no está pasando “ahora”, sino hace muchísimo, dependiendo de lo lejos que esté. Y desde entonces no puedo mirar las estrellas sin pensar que estoy leyendo cartas que alguien escribió cuando yo ni existía. Cartas sin destinatario. Cartas que llegan cuando quieren. Y yo aquí, haciendo de buzón, con el pecho abierto, recibiendo cosas que no sé ni cómo guardar.
En Malabo, cuando la noche se pone clara y el aire está tranquilo, me pasa algo raro: siento que todo lo que me inquieta durante el día se ordena un poco, no porque se resuelva, sino porque se coloca en otra escala. Como si el cielo me dijera: “Mira, tu prisa también es un tipo de niebla”. Y yo, que soy de agarrarme a los detalles como quien se agarra a una mesa para no marearse, de pronto aflojo. Un poquito. Solo un poquito.
Lo fuerte es que, si lo pienso bien, vivimos rodeados de “luz retrasada” sin darnos cuenta. La gente nos ve por fuera, pero por dentro uno va con años de cosas encima: frases que se te quedaron clavadas, miradas que te enseñaron a esconderte, alegrías pequeñas que nadie notó pero que fueron salvavidas. A veces reacciono tarde, como si mi corazón tuviera mala cobertura. No es que no sienta: es que siento en diferido. Y cuando por fin llega, llega con todo.
Por eso el cielo me resulta casi… terapéutico, pero no de la forma típica. Me sirve porque me da permiso para no estar al día con todo. Para no entenderlo todo hoy. Para aceptar que hay cosas que se están formando lejos y que todavía no me alcanzan, y que no pasa nada. Que mi vida también tiene esa parte de luz viajando: cosas que aún vienen en camino.
Así que escribo esto al aire, como quien deja una botella en el mar. Si alguien lo lee, bien. Si no, también. Lo importante es decirlo: que a mí el universo no me habla con respuestas, me habla con distancia. Y en esa distancia, curiosamente, encuentro una especie de abrazo. Como si el cielo me recordara, sin palabras, que no estoy fallando por ir a mi ritmo… que quizá solo estoy viajando, como la luz: despacio, pero llegando.
