No sé a quién le llega esto, pero lo dejo aquí. Hoy ando pensando en viajes en el tiempo, pero no en ovnis ni en gente del futuro mirando el cielo. No. Pienso en el viaje humilde: mandarle un mensaje a tu yo de mañana y confiar en que lo va a leer sin burlarse de vos.
En mi cabeza, viajar en el tiempo no es una máquina con luces. Es una costumbre. Es hablarle a lo que todavía no sos. Me paso el día negociando con mi versión de después, como si adentro hubiera un corredor lleno de puertas, y detrás de cada puerta estuviera yo con otra paciencia, otra forma de respirar.
Mirá, yo vivo en Managua y acá el calor te enseña a moverte despacio. El calor te obliga a escuchar el cuerpo. Y el cuerpo, cuando está cansado, no quiere teorías; quiere señales. Entonces empecé a dejarme señales para mí mismo: cápsulas del tiempo, pero caseras. Una nota en la refri que dice “tomá agua”. Un papelito en la billetera: “no te apurés”. Un recordatorio en el teléfono para dentro de una semana: “andá a ver el cielo, aunque sea cinco minutos”.
No es disciplina, maje. Es cariño. Porque si yo no me dejo pistas, me pierdo en la prisa y en el ruido de creer que todo es urgente. Y cuando me pierdo, me trato feo: “otra vez lo mismo”, como si repetir fuera pecado. Estas cápsulas me funcionan como una mano en el hombro: no arreglan la vida, pero me devuelven a mí.
La primera vez que probé algo más “serio” fue con un correo que me mandé para abrirlo un mes después. Era una sola pregunta: “¿cómo estás de verdad?”. Cuando llegó, se me había olvidado. Lo abrí como si alguien me hubiera escrito. Y sí: alguien me había escrito. Yo, desde el pasado, con una ternura que en el presente casi nunca me doy.
Me dio risa y me dio cosa. Porque uno se acostumbra a que el pasado sea un juez: “debiste”, “por qué no”. Pero ese correo era otra cosa. Era una invitación a parar. A mirarme sin gritarme. Sentí como si el tiempo, por un ratito, se doblara no para mostrarme ciencia ficción, sino para darme descanso.
Desde ahí empecé a preguntarme: ¿y si viajar en el tiempo es construir puentes chiquitos entre mis días? Puentes que no sean exigencia, sino guía. Porque el futuro siempre viene, quiera uno o no. La pregunta es si te agarra con el alma hecha nudo o si te agarra con una linterna en la mano.
Yo no quiero un futuro grandioso. Yo quiero un futuro habitable. Un futuro donde yo mismo no sea mi enemigo. Por eso me inventé un ritual: los domingos en la noche escribo tres líneas para “el yo del lunes”. No es un plan de metas. Es conversación. A veces le digo: “no te olvidés de comer”. A veces: “si te sentís raro, salí a caminar”. A veces: “no te expliqués tanto; descansá”.
Y hay algo casi espiritual en eso, aunque yo no me ponga religioso. Es reconocer que yo existo en varios tiempos a la vez: soy el que fui, soy el que está, y soy el que viene. Si no hago las paces con esos tres, vivo partido, como si cada versión me jalara para su lado.
También noté otra cosa: muchas angustias vienen de creer que tengo que decidir todo hoy, como si el presente fuera un examen con una sola oportunidad. Pero cuando me dejo mensajes, el presente se afloja. Se vuelve un lugar donde puedo decir: “hoy no puedo con todo, pero igual voy dejando migas”.
A veces la cápsula no es un texto, es un objeto. Tengo una piedrita lisa que agarré en Pochomil, y la dejo en el escritorio. Cuando me siento acelerado la agarro. Es fría al inicio y después se calienta. Es una tontera, pero me sirve como reloj sin números: me recuerda que el tiempo también se siente, no solo se mide.
Y sí, hay días en que no funciona. Días en que el yo del futuro lee la nota y sigue en automático. Pero incluso ahí queda algo: la nota existe; alguien —yo— se tomó el trabajo de ponerla. Eso ya es una forma de amor.
Lo escribo al aire porque me gustaría que esto fuera más común: que la gente hablara de sus viajes en el tiempo sin necesidad de películas. Que dijéramos “me dejé una carta para dentro de un año”, como quien dice “me hice un café”. Que normalicemos tratarnos como alguien que va a seguir aquí, no como alguien que tiene que sobrevivir hoy a punta de dureza.
Si te sirve, probá algo simple: dejate una pregunta para mañana. Una sola. “¿Qué necesito hoy?”. Y mañana contestala con respeto, aunque la respuesta sea “nada, solo respirar”. Eso también cuenta. Eso también es un viaje.
Porque al final, el tiempo no es solo lo que pasa: es lo que nos pasa por dentro. Y yo ya me cansé de que mi tiempo interior sea carrera. Quiero que sea camino. Y si para eso tengo que mandarme cartas, poner piedritas y programar recordatorios… pues lo hago. No para controlar el futuro, sino para encontrarme con él. Sin miedo. Con la mano abierta. Aunque sea hoy, aunque sea a medias.
