Yo antes escuchaba “cambio climático” y se me armaba un combo automático en la cabeza: osos polares, incendios, gente señalándose con el dedo, y la sensación de que si no reciclaba perfecto era básicamente un villano. Y, al mismo tiempo, también veía al otro bando diciendo “es puro cuento”, como si el planeta fuera un influencer buscando likes.
Con los años me quedó una incomodidad más interesante: ¿y si es urgente y también es un relato exagerado? No en el sentido de “es mentira”, sino en el sentido de que, cuando un tema se vuelve bandera, se lo empieza a usar para cosas que no tienen tanto que ver con el problema y mucho con quién manda, quién gana, y quién se siente del lado correcto de la historia.
Para mí, el cambio climático es real de una manera bastante simple: el clima cambia, la energía calienta, y el sistema que armamos para vivir —transporte, industria, comida, ciudades— mete ruido pesado. Lo noto sin ser científico: veranos más bravos, lluvias raras, meses que se corren, gente del campo hablando de patrones que ya no sirven. Eso no prueba nada por sí solo, pero sí te saca la fantasía de que “da igual”.
Ahora, donde me pongo medio denso (y sí, medio argentino con el “che, pará”) es con la forma en que lo contamos. A veces siento que el discurso se convirtió en una religión laica: hay pecadores (vos, yo, el vecino con auto), hay rituales (separar residuos como si fuera un sacramento), hay herejes (el que pregunta “¿y los datos?”), y hay un fin del mundo siempre a la vuelta de la esquina. Ese clima moral te ordena la ansiedad, pero también te vuelve manipulable.
Porque el miedo es un combustible buenísimo. Sirve para vender, para captar atención, para justificar medidas a los apurones, para tapar otras discusiones incómodas. Y eso no lo digo como teoría conspirativa; lo digo como alguien que ya vio mil veces cómo funciona el poder: si hay una emergencia permanente, siempre hay alguien que se queda con el micrófono.
Entonces, ¿es urgente? Para mí sí. Pero no por la apocalipsis cinematográfica, sino por algo más aburrido y más real: porque los cambios lentos te rompen la vida sin espectáculo. Te suben los seguros, te cambian los cultivos, te complican el agua, te vuelven más caras ciertas cosas, te desplazan gente, te meten conflicto social. Eso es urgente en el sentido de “hay que adaptarse y bajar riesgos”, no en el sentido de “mañana se termina todo”.
¿Y es un relato exagerado? También sí, cuando lo usan para simplificar el mundo en un cuento de buenos y malos. Cuando te dicen que la solución es que vos apagues la luz cinco minutos, mientras el sistema productivo sigue igual. O cuando te venden que todo se arregla con una compra “verde” que te deja tranquilo, pero no cambia la estructura. A veces el relato te propone una salida que es más estética que efectiva: una especie de “limpieza de culpa” para seguir consumiendo con mejor conciencia.
Y ahí viene mi postura rara: yo desconfío del mensaje que te deja dos opciones emocionales —pánico o negación— porque las dos te sacan del centro. El pánico te quema la cabeza, la negación te anestesia. Las dos cosas te vuelven cómodo para alguien: o te controla el miedo o te controla la indiferencia.
A mí me sirve pensarlo como un problema de ingeniería social, no de pureza personal. ¿Qué cambios bajan emisiones sin que la vida se vuelva invivible? ¿Qué adaptación protege a los más expuestos? ¿Qué hacemos con la energía, con el transporte, con la comida, con las ciudades? Y, sobre todo: ¿quién paga la transición y quién se beneficia?
Capaz el aporte más honesto que puedo hacer no es gritar “urgente” ni decir “exageran”, sino sostener una incomodidad: tomar el problema en serio sin tragarme el sermón. Porque cuando el debate se vuelve tribal, el planeta queda de excusa y nosotros quedamos de hinchada. Y, che, para arreglar algo de verdad, hace falta menos épica y más responsabilidad práctica.
