Yo era de los que opinaba de todo. De política, de fútbol, de crianza, de economía, de salud, de la vida sentimental de gente que ni conozco. Si había un tema caliente, yo tenía una frase lista. Y si no la tenía, la inventaba. No por maldad, sino por costumbre. En Colombia uno crece entre conversaciones intensas: en la tienda del barrio, en el bus, en la mesa familiar, en el grupo de WhatsApp. Todo el mundo tiene una historia, una postura, un “no, es que le voy a decir una cosa”. Y yo me metía ahí como pez en el agua. Sentía que opinar era participar. Que si no decía nada, era como si no existiera.
El problema fue que, con el tiempo, esa necesidad de opinar se me volvió una forma de ansiedad. Yo no lo llamaba así, claro. Yo decía que era “estar informado”, “tener criterio”, “no tragar entero”. Pero la verdad es que mi cabeza vivía en modo reacción. Todo me disparaba algo. Una noticia me alteraba, un comentario me provocaba, un video me indignaba, una frase me prendía. Y yo respondía como si el mundo me estuviera pidiendo pruebas de que yo era una persona despierta.
Un día me vi a mí mismo escribiendo un mensaje larguísimo, de esos que uno cree que van a cambiar el curso de la historia, para discutir con un desconocido en redes. Larguísimo. Bien armado. Con sarcasmo incluido, porque uno siente que el sarcasmo es inteligencia. Y cuando lo envié, no sentí alivio. Sentí una mezcla rara de vacío y rabia, como si me hubiera gastado algo por dentro. Cerré el celular y me quedé mirando el techo, pensando: “¿qué estoy haciendo?”. Ahí, en ese silencio, me cayó la primera verdad: yo no estaba opinando para aportar, estaba opinando para sentir control.
Porque opinar de todo te da una sensación engañosa de poder. Como si por tener una postura, ya estuvieras actuando. Como si por estar en contra de algo, ya fueras parte de la solución. Y a mí me pasaba eso: me indignaba con facilidad y confundía la indignación con compromiso. Me daba rabia un tema, tiraba un comentario fuerte, recibía dos o tres reacciones, y mi cerebro lo leía como “misión cumplida”. Pero al final del día yo seguía igual, el mundo seguía igual, y lo único que había cambiado era mi nivel de cansancio.
También me di cuenta de otra cosa: yo no opinaba porque tuviera algo valioso que decir, sino porque me daba miedo quedarme por fuera. En un país donde la conversación es intensa y la opinión es casi un deporte, quedarse callado se siente como perder. Como si te fueran a etiquetar de tibio, de indiferente, de ignorante. Y yo le tenía pánico a eso. Entonces hablaba. Me metía. Tomaba postura. Me volvía experto en temas que apenas entendía por encima. Era como tener la obligación de estar en todo, como si mi identidad dependiera de no quedarme sin voz.
Lo que me terminó de quebrar esa dinámica fue algo simple: empecé a notar el tono con el que hablaba. Condescendiente a veces. Sabelotodo a veces. Más interesado en “ganar” que en entender. Y eso me dolió, porque yo no me veía así. Yo me creía una buena persona, una persona razonable. Pero el hábito de opinar de todo me estaba convirtiendo en alguien que no escuchaba. Y escuchar, en el fondo, es la prueba real de humildad.
Así que empecé a hacer un experimento, bien personal, sin anuncio y sin drama. Cada vez que me venía el impulso de opinar, me hacía una pregunta: “¿esto lo digo para ayudar o para lucirme?”. Y la respuesta, muchas veces, me daba pena. Porque era para lucirme. Para mostrar que sabía. Para marcar territorio. Para no quedarme atrás. Para sentir que yo estaba del lado correcto.
Después empecé a sumar otra pregunta: “¿tengo información suficiente o solo tengo emoción?”. Eso fue clave. Porque yo estaba lleno de emoción, de rabia, de miedo, de cansancio acumulado. Y la emoción es válida, claro, pero no siempre es buena consejera para salir a dar sentencias. A veces la emoción solo quiere descargar. Y yo descargaba opinando.
No fue fácil, porque callarse no es solo callarse. Callarse es renunciar a una recompensa inmediata: la de sentirte parte, la de recibir atención, la de pertenecer a una tribu. Y más cuando todo el día te están lanzando temas como pelotas: mira este escándalo, mira este video, mira este comentario, mira esta injusticia. La vida moderna es un gimnasio de reacciones. Y uno cree que si no reacciona, está fallando.
Pero empecé a notar algo bonito: cuando no opinaba, me quedaba un espacio. Un silencio interno. Y ese silencio al principio asusta, porque no estás acostumbrado. Pero después se vuelve descanso. Me empezó a rendir la mente. Me empezó a rendir el ánimo. Empecé a conversar mejor, no más. A veces, en una reunión familiar, yo me quedaba escuchando. Y descubrí que la gente no necesita que uno siempre tenga respuesta. La gente, muchas veces, solo quiere ser escuchada sin que le conviertan su historia en debate.
También cambió algo en mi forma de ver los temas públicos. Dejé de creer que mi opinión era una obligación moral. Entendí que puedo tener postura sin convertirla en pancarta. Que puedo informarme sin convertir mi identidad en noticia. Que puedo sentir indignación sin convertirla en gasolina para pelear con todo el mundo. Y sobre todo, entendí que hay problemas que no se resuelven con opiniones, sino con acciones pequeñas y constantes. Cosas tan simples como cuidar a los míos, trabajar con honestidad, apoyar una causa de forma concreta, o aprender de verdad antes de hablar.
Con el tiempo me fui volviendo más selectivo. Ya no siento la necesidad de comentar cada cosa que veo. Y eso no me hizo menos consciente; me hizo más responsable. Porque cuando hablo, trato de que sea porque vale la pena, no porque me picó el ego. Cuando no sé, digo “no sé”. Y te juro que decir “no sé” es liberador. Es como bajarse de una tarima imaginaria.
Lo más curioso es que, al dejar de opinar de todo, empecé a escuchar mi propia vida. Como si el ruido de estar metido en todo me hubiera tapado lo que realmente estaba pasando en mí. Me di cuenta de que yo usaba la opinión como distracción: si el mundo me mantenía encendido, yo no tenía que mirar mis pendientes emocionales. No tenía que enfrentar mis miedos, mis inseguridades, mis asuntos sin resolver. Opinar era una manera elegante de no estar conmigo.
Hoy no soy un santo del silencio. Hay temas que todavía me prenden. Hay días en los que me dan ganas de responder con la misma velocidad de antes. Pero ya sé identificar ese impulso como lo que es: una tentación de creer que hablar es lo mismo que vivir.
Y entonces respiro. Me tomo un tinto. Dejo el celular a un lado. Y me acuerdo de algo que aprendí a la mala: la paz no llega cuando ganas una discusión; llega cuando no necesitas ganarla.
Así fue como decidí dejar de opinar de todo. No por indiferencia, sino por cuidado. No por falta de ideas, sino por respeto a mi propia energía. Y porque al final entendí que mi voz vale más cuando no la gasto como si fuera ilimitada.
