Durante años pensé que yo gastaba mal porque era impulsiva. Me decía eso con una seriedad medio ridícula, como si mi problema fuera técnico. Como si me faltara una planilla mejor, una app más prolija o una fuerza de voluntad más musculosa. Pero no. Con el tiempo empecé a sospechar otra cosa, bastante más incómoda: yo no compraba objetos, compraba personajes.
No era una campera. Era la mujer ordenada que sale temprano, camina firme y tiene la vida medio resuelta. No era una libreta cara. Era la versión mía que por fin se sienta, anota ideas brillantes y deja de vivir con la sensación de llegar tarde a sí misma. No era una licuadora. Era la fantasía de convertirme, de un martes para otro, en alguien que desayuna con semillas, sonríe apenas y no se desarma por dentro cada vez que abre el banco online.
Eso fue lo primero que me pegó: casi nunca me enamoraba de lo que compraba. Me enamoraba de la persona que prometía ser gracias a eso.
Y ahí entendí algo medio triste, pero también liberador. Muchas veces no gastamos para tener. Gastamos para no tolerar quiénes somos hoy.
A mí me pasaba seguido. Había días en que me sentía desordenada, lenta, poco interesante. Entonces aparecía una compra como una salida elegante. No resolvía el problema, claro. Pero me daba una sensación momentánea de movimiento. Comprar me hacía sentir que estaba haciendo algo con mi vida, aunque en realidad solo estaba cambiando plata por una pequeña anestesia con packaging lindo.
Lo raro es que el placer no duraba casi nada. A veces llegaba la compra, abría la caja, tocaba el objeto, y ya sentía una decepción finita, como una llovizna adentro. No porque fuera malo. Sino porque el objeto había cumplido con su parte: había llegado. La que no llegaba era yo.
Nadie te dice esto de una manera brutal, pero habría que decirlo más seguido: hay compras que fracasan no porque salgan mal, sino porque les pedimos un trabajo que no pueden hacer. Ningún perfume te fabrica autoestima. Ninguna agenda te regala disciplina. Ningún sillón te convierte en una persona que sabe descansar. Y, sin embargo, les exigimos milagros domésticos todo el tiempo.
A veces miro mi casa y la siento como un museo de intentos. Cosas muy lindas, incluso útiles, que fueron compradas con una esperanza exagerada. No son basura. Son monumentos a versiones de mí que hice debutar en mi cabeza y después abandoné en la segunda semana. La esterilla de yoga de cuando juré que mi paz interior estaba a veinte minutos diarios de distancia. La taza sobria de cuando pensé que la madurez se podía ensayar con cerámica beige. La ropa “para cuando baje un poco” o “para cuando salga más”. Todo eso no ocupaba solo espacio: ocupaba relato.
Y capaz lo más caro nunca fue el precio. Fue la expectativa.
Porque cada compra de ese tipo trae una promesa silenciosa. Esta vez sí. Esta vez te vas a ordenar. Esta vez vas a leer. Esta vez vas a cocinar. Esta vez te vas a parecer a esa persona que admirás. Y cuando no pasa, no solo perdés plata. También perdés un poquito de fe en vos. Esa parte no aparece en el ticket, pero se paga igual.
Por eso dejé de preguntarme “¿lo necesito?” y empecé a preguntarme algo más incómodo: “¿qué identidad estoy queriendo alquilar con esta compra?”. Esa pregunta me arruinó varias compras, por suerte.
Porque una cosa es necesitar zapatos. Otra muy distinta es querer comprar una vida entera dentro de unos zapatos. Una cosa es querer una lámpara para leer mejor. Otra es creer que con esa lámpara vas a convertirte en alguien sereno, culto y estable, como si la luz correcta pudiera acomodarte la biografía.
No digo esto desde una superioridad ascética. Ojalá. Me siguen tentando cosas. Me sigue seduciendo la idea de recomenzar en cuotas. Pero ahora por lo menos lo veo. Veo el truco. Y cuando lo veo, a veces se cae solo.
Empecé a hacer algo raro, bastante sencillo. Cuando me obsesiono con comprar algo, no me imagino usándolo. Me imagino decepcionándome. Suena pesimista, pero en realidad me devuelve a tierra. Pienso: bueno, te llega esto a casa, lo abrís, lo apoyás arriba de la mesa… y seguís siendo vos. Con tus líos, tus talentos, tus miedos, tus demoras. Y eso, lejos de amargarme, me ordena.
Porque entonces la compra deja de ser una operación espiritual disfrazada de consumo. Vuelve a su tamaño real. O me sirve, o no me sirve. O me gusta, o no me gusta. Pero ya no le entrego la tarea absurda de salvarme del desencanto.
Hay algo muy tranquilo en aceptar que ninguna compra te inaugura. Que la transformación casi nunca entra por la tarjeta. Que muchas veces crecer no consiste en elegir mejor productos, sino en dejar de usar los productos para escapar de una conversación pendiente con uno mismo.
Yo antes pensaba que madurar con la plata era gastar menos. Ahora no estoy tan segura. Capaz madurar con la plata es gastar sin delirios. Comprar una mesa sin creer que te compra una nueva vida. Elegir un cuaderno sin pensar que te resuelve el caos. Pagar algo rico sin narrarte que te lo “merecés” o que “sos un desastre”, como si todo tuviera que transformarse en juicio moral.
A veces me sale. A veces no. Pero cuando no me sale, al menos ya sé qué está pasando. No estoy eligiendo un objeto. Estoy negociando conmigo. Y, sinceramente, desde que entendí eso, gasto un poco mejor. No porque me haya vuelto más racional. Sino porque dejé de pedirle al dinero que me fabrique un alma nueva.
