Nunca pensé que extrañaría tanto el sonido de una licuadora a las 6 de la mañana. Pero aquí estoy, en mi cocina de Caracas, con la taza de café recién colado entre las manos, oyendo a mi mamá preparar jugo de guayaba para mi papá. Esos ruidos son mi despertador favorito, mucho mejor que cualquier alarma del celular.
Soy Mariana, tengo 29 años, y como muchos venezolanos, aprendí que la palabra “reinventarse” no es un hashtag motivacional. Es el pan nuestro de cada día.
Hace tres años me gradué de diseñadora gráfica. Soñaba con tener mi estudio, clientes grandes, y quizás diseñar la portada de una revista. La realidad me dio un golpe de esos que te dejan viendo estrellitas: entre la inflación, los apagones y que conseguir papel decente era una odisea, mi “estudio” terminó siendo mi laptop viejita en la mesa del comedor.
Al principio me frustré. Lloré un par de veces viendo tutoriales de gente en otros países hablando de “freelance lifestyle” desde una playa en Bali. Yo apenas podía mantener el internet estable para enviar un archivo. Pero después entendí algo: si la playa no viene a mí, yo me invento mi propia orilla.
Empecé a ofrecer diseños para emprendedores de aquí. La señora que vende tortas por Instagram, el chamo que montó una barbería en Petare, la tía de mi amiga que hace bolsos tejidos. Cobraba poco, a veces me pagaban con un kilo de queso o una docena de empanadas. Y saben qué? Esas empanadas me supieron a victoria.
Con el tiempo, el boca a boca hizo lo suyo. Hoy tengo clientes en Colombia, México y hasta uno en España que me encontró por Behance a las 2 am mientras yo estaba sin luz, trabajando con la batería de la laptop en 10%. La creatividad venezolana tiene eso: florece aunque le corten el agua.
No les voy a pintar que todo es bonito. Hay días que me levanto y el dólar amaneció en otro planeta, que el agua llega a las 3 am y hay que correr a llenar los tobos, que extraño a mi hermano que se fue a Chile y solo hablamos por videollamada entrecortada. Venezuela te enseña a querer con el pecho apretado, porque aquí todo el mundo tiene a alguien lejos.
Pero también te enseña a celebrar lo chiquito. El café que rinde para tres, el vecino que te grita “vecina, llegó la luz” como si fuera el gol de la Vinotinto, el atardecer en el Ávila que te recuerda que este país es demasiado bello para rendirse.
Si algo he aprendido es que ser venezolano es cargar con una mezcla rara de nostalgia y orgullo. Nos duele el país, pero también nos impulsa. Nos quejamos del tráfico en la autopista, pero a los cinco minutos estamos ayudando al pana que se le accidentó el carro.
A veces me preguntan si me quiero ir. Y no tengo una respuesta lista. Hay días que sí, que me imagino tomando un vuelo y empezando de cero en otro lado. Otros días miro a mis papás, mi perrito, el olor a lluvia en Caracas, y pienso: “todavía no”.
Mientras tanto, sigo aquí. Con mi laptop, mi cafecito, y mis clientes que me pagan en dólares, en pesos, o en empanadas. Sigo creyendo que el futuro no es un lugar al que se llega, sino uno que se construye. Aunque sea con bajones de luz y subidas de ánimo.
Si eres de aquí, sabes de qué hablo. Si no lo eres, te lo resumo así: Venezuela es ese amigo intenso que te hace pasar rabia, pero que no cambiarías por nada. Porque al final del día, cuando la cosa se pone difícil, siempre hay alguien que te dice “tranquilo, que resolvemos”.
Y resolvemos. Siempre resolvemos.
