Te escribo esto como quien deja una nota en la mesa, sin mucha ceremonia. Porque a veces uno anda con cosas atravesadas y no sabe bien a quién contárselas.
Yo no soy actor ni nada por el estilo. Soy de los que “resuelven” cuando hace falta, y ya. Pero en mi cuadra hay varios muchachitos que se pasan el día pegados al teléfono cuando hay datos, y cuando no hay… se quedan con una cara que da pena. Entonces, el domingo pasado, después de almorzar, me dio por inventar algo: un teatrito de títeres en el pasillo del edificio.
No te vayas a imaginar un escenario con luces, no. Agarré una sábana vieja, la amarré con dos sogas, puse dos sillas, y detrás me metí yo, sudando como si estuviera escondido de alguien. Los títeres salieron de dos medias que ya nadie quería, un botón que encontré en una gaveta, y una tapa de refresco para hacerle una nariz. Te lo digo y me da risa, pero en el momento me lo tomé en serio. Hasta practiqué dos voces: una finita para “la muñeca” y otra grave para “el tipo serio”. Me sentí medio ridículo, la verdad.
Lo más difícil no fue hacerlos. Lo más difícil fue salir. Porque yo soy tímido, y cuando uno es tímido se inventa excusas rápidas: “no va a venir nadie”, “se van a burlar”, “esto es una bobería”. Pero igual lo hice. Me puse detrás de la sábana y dije, con la voz finita: “Buenas tardes, ¿hay alguien ahí?”. Y de pronto escuché pasos, risitas, y una niña gritando: “¡Mami, ven que hay muñecos!”.
Ahí se me fue el miedo a medias. Digo “a medias” porque siempre queda un chin. Empecé con una historia sencilla: un títere que quería ser cantante, pero le daba pena. Y el otro títere lo molestaba, como hacen a veces los muchachos. Yo quería que el cuento terminara con una moraleja bonita, de esas que dicen “sé tú mismo”, pero se me fue la mano con el chiste, y los niños lo que querían era que el títere gruñón se cayera. Y yo, para complacerlos, lo hice rodar por detrás de la sábana y di un golpe con la silla que sonó como si se hubiera partido el mundo. Se rieron tanto que hasta una vecina del cuarto piso bajó a mirar.
Después del show, uno de los niños me dijo: “Oye, ¿y esos muñecos comen?”. Y yo, sin pensarlo, le dije: “Claro, comen croquetas imaginarias”. Y el niño se quedó serio, como si eso fuera una información importante. Ahí me dio una ternura rara, mezclada con vergüenza. Porque yo sé que era una tontería, pero para ellos era real.
No sé si esto cuenta como “arte”. Capaz que no. Capaz que es solo entretenimiento de pasillo. Pero esa tarde, por un rato, el edificio se sintió distinto: menos apagado, menos cada cual en su mundo. Y también me pasó algo a mí: me di cuenta de que no hace falta un escenario grande para que te tiemblen las piernas. Te tiemblan igual cuando te expones, aunque sea con dos medias viejas y una sábana.
La semana que viene me pidieron otra función. Yo dije que sí, pero por dentro pensé: “Candela… ahora tengo que inventar otra historia”. Y ahí estoy, tratando de no echarme para atrás.
