La creatividad con IA me genera una incomodidad silenciosa. Es como si de pronto alguien me dijera que ya no necesito caminar porque existe una cinta que lo hace por mí. Es tentador, sí, pero también me pregunto: ¿quién decide el rumbo? Me he dado cuenta de que muchas veces dejo que la máquina proponga, que sus patrones me sugieran palabras, imágenes o incluso ideas, y acabo aceptando. Pero hay algo que me quema por dentro: el deseo de sentir que yo marco el paso, no un algoritmo.
¿Dónde empieza mi criterio?
Me gusta pensar que mi criterio es esa frontera invisible que nadie más puede tocar. Sin embargo, cuando trabajo con herramientas que completan mis frases o recomiendan colores “óptimos” para un diseño, siento que esa frontera se difumina. ¿Qué parte de lo que creo es mío y qué parte es el eco de una red neuronal? A veces me obsesiono con esa pregunta y termino borrando lo que la IA ha sugerido solo para recuperar mi voz.
Curiosamente, ese gesto me hace más consciente de lo que quiero. No se trata de rechazar la IA, sino de recordarme que mis elecciones valen algo. Si la IA propone cinco caminos posibles, yo elijo el que me incomoda un poco, el que no suena a fórmula. Ahí siento que el criterio vuelve a mis manos. ¿Tú también lo sientes?
La comodidad que anestesia
Lo más peligroso de la creatividad con IA no es la tecnología en sí, sino lo fácil que es dejarse llevar por ella. Es como un asistente incansable que nunca se cansa de proponer. Pero si acepto todas sus ideas sin cuestionarlas, acabo repitiendo un molde invisible. Y lo peor es que ese molde funciona, atrae clics, genera likes… pero yo no me reconozco en él.
He descubierto que debo poner pequeñas trabas. Cierro la herramienta unos minutos, me obligo a escribir algo a mano, incluso aunque suene torpe. Esa pausa me recuerda por qué empecé a crear: para dar forma a lo que no existía, no para replicar lo que un algoritmo predice. Quizá la clave está en atreverse a ser ineficiente.
¿Puede la IA enseñarme algo nuevo?
Me gusta darle la vuelta a la pregunta. En lugar de temer que la IA me suplante, la uso para desafiarme. Le pido ideas que jamás usaría y las miro con ojos de detective. ¿Qué hay ahí que no hubiera pensado? A veces es solo ruido, pero otras encuentro un destello que despierta mi imaginación. Entonces mi criterio se convierte en un filtro: no para cerrar puertas, sino para decidir cuáles abrir.
Este ejercicio me ha enseñado que la IA no es un enemigo. Puede ser un espejo incómodo que me obliga a confrontar mis hábitos creativos. La diferencia está en que ahora decido cuándo apartar la mirada y cuándo profundizar. Y esa decisión es mía, aunque el algoritmo haya sido el detonante.
Crear sin garantías
Algo que la creatividad con IA no puede darme es el vértigo de lo imprevisible. La máquina calcula, predice, ajusta. Yo necesito, de vez en cuando, no tener ni idea de si lo que hago tiene sentido. Ese riesgo, esa incertidumbre, es lo que me mantiene vivo. Cuando lo olvido, mis creaciones se vuelven cómodas, correctas y, a la larga, irrelevantes.
Por eso, aunque la IA me ofrezca un camino asfaltado, elijo desviarme por senderos que no prometen nada. Y si me pierdo, mejor. Porque solo así puedo descubrir algo que no estaba en el mapa. Quizá ese sea el único lugar donde realmente puedo poner mi criterio.
Un pacto conmigo mismo
He llegado a la conclusión de que necesito un pacto: usar la IA como una herramienta, pero no como brújula. Mi brújula soy yo. Cada vez que siento que la máquina dicta el tono o la dirección de lo que hago, cierro la pestaña y me pregunto: ¿esto refleja lo que pienso o solo lo que “funciona”? Esa pregunta, aunque incómoda, me salva.
La próxima vez que uses una IA, prueba a cuestionar su primera propuesta. No la aceptes de inmediato. Deja que el silencio incomode y escucha lo que tú quieres decir. Ese instante, aunque parezca insignificante, es el lugar exacto donde se sostiene tu criterio.
