Durante años pensé que “crecimiento personal” era una escalera. Un “más”: más hábitos, más disciplina, más metas, más control. Lo veía en todas partes: en videos cortos con música épica, en listas de mañana perfecta, en frases tipo “si quieres, puedes” que a mí me sonaban como una palmada fuerte en la espalda cuando ya me faltaba aire.
Hay cosas que se me dan genial y cosas que me cuestan lo que a otras personas les parece fácil: contestar mensajes a tiempo, estar en una conversación sin perderme, tolerar un bar ruidoso sin que me arda la piel. Entonces yo intentaba “crecer” como me decían que había que crecer: empujándome. Forzándome. Como si el progreso fuera demostrar que puedo aguantar lo mismo que el resto.
Pero mi cuerpo no es un proyecto de reforma. Mi sistema nervioso no es una hoja de cálculo. Y el día que lo entendí no fue con una revelación bonita, sino con una tarde cualquiera en la que me quedé sentada en el suelo de la cocina, con la luz apagada, respirando despacio, porque ya no podía con nada. No estaba triste exactamente. Estaba saturada. Como un vaso que ya no admite ni una gota más.
Ahí, en ese momento nada heroico, empecé a sospechar que crecer, para mí, era otra cosa.
Crecimiento personal, para mí, ha sido aprender a leerme sin insultarme. Detectar el punto exacto en el que “estoy cansada” empieza a convertirse en “me estoy desbordando”. Porque yo antes no distinguía: solo seguía. Y luego explotaba o me apagaba. Ahora intento escuchar antes, aunque sea un poquito. A veces lo único que puedo hacer es ponerme auriculares sin música, solo para bajar el mundo. Y eso también cuenta. No es rendirse. Es cuidarme.
Otra parte rara del crecimiento ha sido aceptar que mi ritmo tiene forma. Que no es lineal. Que hay días de energía brillante y días de niebla. Y que el día de niebla no es un fracaso moral. No significa que “no lo intenté suficiente”. Significa que soy un ser humano con un cerebro que procesa distinto. Y, sinceramente, me costó muchísimo dejar de medir mi valor en función de mi productividad.
He aprendido, también, a poner límites sin hacer un discurso. Antes creía que un límite tenía que justificarse, explicarse, defenderse como en un juicio. Ahora intento decir frases pequeñas y claras, aunque me tiemble la voz: “Hoy no puedo”, “Necesito irme”, “No me da la cabeza”. Y cada vez que lo digo y el mundo no se cae, se me reordena algo por dentro. Como si una parte mía se relajara y dijera: “ah, vale… podemos estar a salvo sin complacer”.
Y luego está lo espiritual, que para mí no es incienso ni frases bonitas. Es algo más sencillo: sentir que sigo siendo yo cuando todo se acelera. A veces es tocar una taza caliente con las dos manos y quedarme ahí, presente. A veces es caminar mirando las sombras de los árboles, como si fueran mensajes lentos. A veces es escribir una línea en una libreta: “Hoy llegué hasta aquí”. Y ya.
No sé si esto encaja con la idea de “crecimiento” que vende internet. Pero a mí me sirve. Porque crecer, para mí, no es convertirme en otra persona más “ideal”. Es dejar de tratarme como un problema a corregir.
Si estás leyendo esto y te sientes atrasada, atrasado, o “mal” por no cumplir con la versión perfecta de ti, te lo digo como quien deja una carta en el aire: quizá estás creciendo, pero hacia dentro. Quizá tu victoria de hoy es más silenciosa. Y aun así es real.
