No sé quién lea esto, pero ahí les va algo que me pasó hace poquito y que todavía me trae medio sacado de onda.
Yo soy de esas personas que van a un museo y, la neta, se la pasan viendo todo rápido. Como que uno cree que “ya lo vio” nomás porque lo enfocó dos segundos. Y luego sales y ni te acuerdas bien qué era qué. Pues un sábado, por acompañar a una amiga (de esas que sí se clavan), terminé en una actividad donde había piezas que sí se podían tocar. No era “barra libre” de manosear, eh. Más bien era guiado: te decían “con una mano”, “suave”, “fíjate en el borde”, así.
Al principio me dio pena. Me sentía como niño chiquito queriendo tocar todo. Y también, no voy a mentir, me dio miedo que alguien me regañara. Traigo bien metido eso de “no tocar, por favor” como si fuera ley divina.
Pero ya cuando me animé… se me cambió el chip.
Había una pieza que parecía una piedra, pero no. Estaba fría por un lado y tibia por el otro, como si guardara calor. Tenía unas líneas que, con los ojos, se veían equis; con la mano, eran como caminos. Me quedé un buen rato siguiendo esas líneas, despacito. Y en ese ratito me di cuenta de algo medio obvio pero que yo no había sentido así: con la vista uno manda, con el tacto uno pide permiso.
Porque cuando tocas, no puedes ir tan rápido. Tu mano no “escanea” en dos segundos. Te obliga a ir por partes. Y ahí fue cuando pensé en mi papá, que es de los que arreglan cosas en la casa. Él agarra una silla floja y no la mira mucho: la mueve, la aprieta, escucha el rechinido, siente si tiembla. O sea, entiende con el cuerpo. Yo, en cambio, todo lo quiero entender con la cabeza y con la vista, como si fuera video.
Luego nos pidieron cerrar los ojos. Y ahí sí me puse nervioso, porque uno se siente medio indefenso. Pero también fue raro: sin ojos, la pieza se volvió otra cosa. Ya no era “una escultura bonita” o “una forma abstracta”, era como un objeto con carácter. Hasta me dio risa pensar eso, pero sí: había partes que se sentían “serias” y otras “juguetonas”, como si cambiara el ánimo según el pedazo.
Ahora, tampoco voy a decir que descubrí la verdad del universo. Capaz que estoy exagerando. Pero me quedé con una pregunta bien simple: ¿por qué cuidamos el arte como si fuera intocable, si la vida está hecha de cosas que se tocan todo el tiempo? El celular, la llave, el volante, el vaso… Todo lo importante pasa por las manos. Y aun así, al arte lo tratamos como si nomás entrara por los ojos.
Desde ese día, cuando veo una pintura o una foto, me dan ganas de preguntarme “¿a qué se sentiría?” No por morbo, sino porque siento que me estaba perdiendo la mitad de la experiencia. Y quizá esa sea mi conclusión (si es que tengo una): a veces mirar tanto nos vuelve flojos, y tocar —aunque sea con cuidado— nos regresa a un tipo de atención más humilde.
