El ventilador se quedó mudo de golpe, como si alguien hubiera apagado el mundo con un solo botón. En el edificio se escuchó ese coro de “¡se fue la luz!” que siempre suena medio resignado y medio molesto. Yo estaba en la cocina, con el arroz a medio hacer, y lo primero que pensé no fue “qué fastidio”, sino “otra vez el calor sin aire”. Después me cayó un pensamiento más hondo: si esto ya se siente pesado, ¿cómo será cuando sea lo normal?
Esa pregunta me sale por cosas chiquitas, no por titulares. Por el agua que llega con menos presión. Por el cielo que se ve opaco. Por la manera en que uno planifica la noche: “ojalá vuelva la luz antes de que la nevera se rinda”. Ahí me doy cuenta de que no es solo incomodidad; es una alerta viviendo en el fondo.
A eso le dicen ecoansiedad. Yo antes creía que era cosa de gente pegada a redes, sufriendo por el planeta en abstracto. Pero mira: a veces no es el planeta, es tu casa. Es abrir la ventana y que el aire no refresque. Es pensar en prender el aire acondicionado (si hay) y, al mismo tiempo, sentir culpa porque “eso gasta”. Una vaina rara: necesidad peleándose con conciencia.
La luz volvió como a las dos horas, gracias a Dios, pero yo ya estaba con el pecho apretado. Y ahí entendí algo: mi ansiedad no estaba diciendo “te vas a morir mañana”. Estaba diciendo “dependes de demasiadas cosas para estar bien”. Electricidad para el ventilador, agua para bañarte, y ya. Cuando una de esas piezas falla, el cuerpo solo entiende: amenaza.
Lo peor es que uno se acostumbra a vivir anticipando. “¿Y si hoy no llega el agua?” “¿Y si se va la luz de noche?” Es como caminar con la quijada apretada sin darte cuenta. Y cuando alguien te pregunta “¿todo bien?”, tú dices “sí, normal”, porque tampoco vas a soltarle un discurso a cualquiera en la cola.
Un sábado, en el mercado, vi a una señora reclamando porque “ya nada sabe igual”. El vendedor le respondió, muerto de risa, que “con este sol, ¿qué va a salir bueno?”. Se rieron para quitarle peso, pero la frase se me quedó pegada. Ahí está el cambio metido en una conversación cualquiera, entre tomates, sin grandes palabras.
Desde ese día empecé a hacer algo simple que, aunque suene bobo, me ayuda: separar lo que me asusta de lo que puedo tocar. Porque si me quedo solo en lo grande, me paralizo. Pero si lo bajo a lo cercano, se vuelve manejable, aunque sea un poquito. Me propuse dos cosas concretas, nada heroico: cuidar el agua en casa (arreglar un goteo, no dejar la llave abierta por costumbre) y bajar el consumo donde de verdad puedo (apagar lo que está de adorno, no tener todo enchufado “por si acaso”).
También noté que la ecoansiedad se pone burda cuando uno la carga solo. En mi edificio hay una vecina que vive sembrando matas en el pasillo. Yo antes pensaba “qué intensa”. Un día me ofreció una matica de albahaca en un vasito. La acepté por cortesía, y después me vi cuidándola como si fuera un plan. No porque la albahaca vaya a arreglar el clima, sino porque me da una sensación mínima de participación.
Un pana me dijo una vez: “uno no puede vivir todos los días pensando en el fin del mundo”. Y tiene razón. Pero también es verdad lo otro: uno tampoco puede vivir fingiendo que no pasa nada. Entre el drama y la negación hay una tercera cosa, y para mí es la única que sirve: hacerse cargo de lo que sí está en tus manos y aceptar que lo demás duele. Sin pose de héroe. Sin esa presión de ser perfecto para merecer tranquilidad.
Yo todavía compro cosas con empaque cuando me gana el apuro. Todavía me molesto cuando se va la luz y lo único que quiero es que vuelva, no pensar en “responsabilidades”. Pero ahora, cuando me da ese nudo en el pecho, trato de no taparlo con chistes ni con scroll. Lo nombro. Me digo: “esto es miedo mezclado con cuidado”. Y hago un gesto chiquito: lleno una jarra para no desperdiciar agua, apago dos cosas innecesarias, o le escribo a un pana para compartir la inquietud sin echarle la culpa a nadie.
Capaz sigue siendo pequeño, sí. Pero por lo menos convierte la ansiedad en algo con forma. Y cuando algo tiene forma, ya no te manda igual. La ecoansiedad, para mí, no es moda ni debilidad: es una alarma. La cosa es aprender a escucharla sin que te grite todo el día, y usarla como recordatorio de que todavía nos importa. Porque si nos importa, todavía podemos elegir: no cambiar el mundo de una, pero sí salir del modo automático, un poquito, aquí donde vivimos.
