El otro día pasé por el Centro y me topé con una proyección gigante en la fachada de un edificio viejo. No iba a eso, la neta. Yo iba con prisa, con cara de “no me hablen”, pensando en pendientes y en que ya se me hizo tarde otra vez. Y de pronto: luz, sonido, sombras que se movían como si el edificio estuviera respirando. Me frené en seco, como menso, y me quedé ahí parado con la boca medio abierta.
Lo raro es que no era “bonito” nada más. No es como ver un cuadro colgado, que tú decides si lo miras o no. Aquí la calle entera cambia de humor. La banqueta, la gente, el policía que estaba en la esquina, el señor de los elotes… todos se vuelven parte del show aunque no quieran. Y eso me pegó: cómo una imagen, así, puesta encima de una pared, puede torcerte el día.
Me puse a ver a los demás (sí, ya sé, chismoso). Había niños gritando “¡mira, mira!”, una señora grabando con el celular con esa emoción de turista, y un chavo que decía “esto está bien chido” mientras su novia nomás asentía. Yo, en cambio, sentí algo mezclado. Por un lado me dio gusto, como cuando te encuentras una canción que no esperabas. Por otro, me entró una incomodidad chiquita, como cuando te arreglan la sala pero ya no se siente tu casa.
Porque el edificio era de esos que siempre veo medio triste, con manchas, con cables, con historia. Y con la proyección se veía elegante, limpio, casi “nuevo”. Y yo pensé: ¿esto es arte o es maquillaje? ¿O las dos cosas? (capaz que ni importa, pero bueno). Me acordé de un amigo que dice que la ciudad “te educa la mirada” aunque tú no te des cuenta. Yo le decía que exageraba… pero ahí, viendo el muro moverse, sí entendí tantito.
También pasa algo con el cuerpo. Cuando las luces se apagan, vuelves a sentir la calle como normalmente: más dura, más apurada, más de “camina y cuida tu bolsa”. Con la proyección, en cambio, hasta el miedo se distrae un rato. No desaparece, obvio, pero se hace a un lado. Es como si la luz te diera permiso de quedarte. Y eso está bonito… y al mismo tiempo medio triste, porque ¿por qué necesitamos un espectáculo para sentirnos tranquilos diez minutos?
No quiero ponerme intenso, pero me fui caminando pensando que la percepción no es “lo que ves”, sino lo que te deja hacer. Esa noche, la calle me dejó quedarme, me dejó mirar a la gente sin tanta defensa, me dejó escuchar sin estar buscando peligro en cada ruido. Al día siguiente seguro volví a lo mismo, a mis prisas y mis mañas, pero me quedó ese detalle: a veces no es que la ciudad cambie… es que te cambian la luz y tú cambias con ella.
Y ya, eso. Me hubiera gustado que durara más, aunque sea un ratito.
