Yo sé que hay gente a la que el silencio le abre una puerta, como que se le ordenan las ideas y ¡pum!, aparece la respuesta. A mí no siempre. A mí a veces el silencio no me abraza: me muerde.
Y lo digo sin drama, pues… solo como es. Mi cabeza es de esas que no apagan fácil. Si se queda sola, sin ruido, se inventa ruido. Se me empiezan a prender luces internas: pendientes, conversaciones viejas, frases que dije raro, lo que no entendí, lo que me dio pena, lo que me dio rabia, lo que ni siquiera sé nombrar. Y ahí me dan ganas de salir corriendo, pero por dentro. Como si mi propio pensamiento me persiguiera.
Entonces yo hago algo que no suena muy “profundo”, pero para mí es una especie de oración: pongo las manos a trabajar.
No siempre es lo mismo. A veces doblo papel en cuadritos perfectos. A veces enrollo un hilo y lo desenrollo y lo vuelvo a enrollar. A veces amaso cualquier cosa: masa de pan, plastilina, una bolita de arroz si me tocó. A veces solo lavo una taza despacio, sintiendo la espuma, como si estuviera leyendo un idioma con los dedos. Y ahí pasa algo raro, parce: mi mente empieza a bajar la guardia.
Es como si el cuerpo dijera: “tranquila, yo me encargo un ratico”. Y el corazón, que venía acelerado, se acuerda de que puede ir a otro ritmo. Porque el movimiento repetido es una baranda. Una baranda sencilla, pero firme. Y yo me agarro.
La creatividad, en mi caso, no llega cuando todo está silencioso y limpio. Llega cuando hay un ruido suave de fondo, como lluvia en el techo, como un ventilador, como un bus pasando lejos. Un ruido que no me exige. Y mientras tanto, mis manos hacen lo suyo: repiten, alinean, enrollan, aprietan, sueltan. Ahí, sin avisar, aparece una idea, pero no como una frase brillante, sino como una sensación: “por aquí es”. Como un olor. Como una certeza chiquita.
Y a mí eso me conecta con algo que yo llamo espiritual, aunque no sé si a otros les sonará igual. No es que vea luces ni nada. Es más bien sentir que no tengo que pelear conmigo para existir. Que puedo estar en paz un momentico, sin ser “más productiva”, sin explicarle a nadie por qué me cuesta lo normal.
A veces me da tristeza pensar que el mundo valora mucho la mente y muy poquito las manos, como si las manos fueran solo para producir, para rendir, para apurar. Pero mis manos son mi refugio. Son mi “aquí estoy”. Son el lugar donde mi ruido se vuelve ritmo.
Yo escribo esto como quien deja una nota en una ventana: si a vos también te pasa que el silencio te pone pesado el aire, probá no forzarte. De pronto no es silencio lo que necesitás. De pronto lo que necesitás es una repetición amable. Un hilo. Un doblez. Una masa. Algo que te devuelva al cuerpo.
Porque, al menos para mí, la calma no es ausencia de sonido. La calma es sentir que puedo sostenerme. Y yo, cuando todo se me desordena, me sostengo así: con las manos.
