Últimamente me pasa una cosa: todo lo quiero para ya. Y cuando digo “todo”, es todo. La respuesta al mensaje, la solución a un problema, la confirmación de que he hecho bien algo, incluso el alivio de una emoción. Me noto con el dedo pegado a un botón imaginario, como si la vida tuviera la opción de “saltar intro” y yo la estuviera pulsando cada dos minutos.
Lo veo en cosas pequeñas, casi ridículas. Abro el móvil “un segundo” y, cuando levanto la cabeza, se me ha ido un cuarto de hora. Pongo un vídeo y a los diez segundos ya estoy pensando si merece la pena o si mejor busco otro. Si una app tarda en cargar, me entra un enfado que no se corresponde con la situación, como si me estuvieran robando algo. Y lo peor: esa impaciencia no va solo hacia fuera. También me la trago yo.
Porque cuando las cosas no salen rápido, me rayo. Si empiezo un hábito nuevo, quiero notar el cambio en tres días. Si intento descansar, quiero sentirme bien al instante. Si me propongo leer más, me frustra no devorar páginas como si mi cabeza fuera una aspiradora. Me exijo resultados sin darme el tiempo del proceso. Y claro, el proceso es donde ocurre casi todo.
No es casualidad. El mundo está montado para que no haya huecos. Notificaciones, vídeos cortos, mensajes que entran a cualquier hora, recomendaciones infinitas. Todo te susurra “solo un poco más”, “solo uno más”, “mira esto”. Y yo, que ya voy por la vida con el radar hiperactivo, caigo con facilidad. No porque sea débil, sino porque está diseñado para enganchar. Es como vivir rodeada de máquinas tragaperras, pero con forma de icono bonito.
Lo que más me alucina es cómo la inmediatez se ha convertido en un hábito emocional. Antes esperaba sin pensarlo. Ahora, cuando tengo que esperar, lo noto en el cuerpo: una especie de picor, una urgencia rara, como si me faltara algo. La típica cola del súper, el ascensor, un semáforo, un correo que aún no contestan… cosas normales. Pero mi cabeza las vive como una interrupción intolerable. Y enseguida aparece el remedio rápido: sacar el móvil, mirar algo, llenar el hueco.
Hace poco me dio por probar una idea que suena simple, pero a mí me cuesta: entrenar la espera. No como castigo, sino como práctica. Por ejemplo, cuando mando un mensaje, intento no quedarme mirando la pantalla esperando la respuesta. Dejo el móvil boca abajo y sigo con lo mío. Y sí, al principio me entra la tentación de comprobar “por si acaso”. Pero si aguanto un poco, pasa algo curioso: la ansiedad baja sola. No se muere nadie. El mundo no se cae. Solo era mi cerebro pidiendo su dosis de “ya”.
También he empezado a meter “huecos” a propósito, como quien mete verduras en un plato que antes era todo pasta. Esperar el ascensor sin tocar el móvil. Caminar una manzana sin auriculares. Hacer un café y no aprovechar esos dos minutos para mirar nada. Al principio me da una sensación rara, como de estar perdiendo el tiempo. Luego, si no me pongo a pelearme conmigo, aparece otra cosa: espacio. Silencio. Una especie de descanso mental que no sabía que echaba de menos.
Con el tema del entretenimiento me pasa igual. Me he pillado adelantando series como si estuviera estudiando para un examen. Y me parece fuerte, porque se supone que estaba “relajándome”. Así que, de vez en cuando, me obligo a ver un capítulo sin tocar nada, o a escuchar una canción entera sin saltarla. Es una tontería, pero me devuelve la capacidad de estar en algo sin exigirle que me recompense cada veinte segundos.
Y ojo, no estoy diciendo que la inmediatez sea mala. Me encanta que un trámite sea rápido, que una llamada solucione algo, que una búsqueda me saque de dudas. Lo cómodo es cómodo. El problema es cuando esa lógica se me mete en la piel y entonces todo lo lento me parece un error. Porque hay cosas que no van a la velocidad del wifi: aprender, sanar, construir una relación, cambiar una costumbre, entenderte. Eso requiere tiempo. Y el tiempo, por definición, no se puede acelerar sin romper algo.
Lo que estoy intentando, más que “dejar el móvil” o “ser más zen”, es recuperar el ritmo humano. Aceptar que hay procesos que son a fuego lento. Que no todo tiene que darme una recompensa inmediata para ser valioso. Y que aburrirse un poco no es un fallo: a veces es la puerta de entrada a pensar, a sentir, a ordenar.
Hay días que lo llevo bien y otros que vuelvo a caer en el scroll como si no hubiera mañana. Pero ahora, al menos, lo veo. Y cuando lo veo, tengo una opción: seguir en automático o parar un segundo. A veces paro. A veces no. Y ya está.
Quizá lo más revolucionario que hago últimamente es esto: dejar un hueco sin rellenarlo. Estar dos minutos sin estímulos, sin respuestas, sin “ya”. Y escuchar cómo mi cuerpo, poco a poco, vuelve a recordar algo básico: que esperar también es vivir.
