Yo no soy de esos que hablan lindo del ejercicio. No te voy a vender la postal de “me levanté a las cinco, tomé un licuado verde y abracé el amanecer”. A mí me cuesta. Me da fiaca. Me invento excusas. Y, sin embargo, hay algo raro: cuando por fin me pongo las zapatillas y salgo, siento que no voy a entrenar el cuerpo… siento que voy a hablar conmigo.
Porque el ejercicio, por más simple que sea —caminar fuerte, trotar un poco, hacer flexiones mal hechas—, me deja sin maquillaje. En la cabeza puedo mentirme. Puedo decir “estoy bien”, “no pasa nada”, “mañana lo arreglo”. Pero en el cuerpo no. El cuerpo es como ese amigo que te mira y te dice: “Dale, no me chamuyes”. Si estoy tenso, lo siento en los hombros. Si estoy triste, me pesa el pecho. Si estoy pasado de rosca, me falta aire antes de tiempo.
A veces arranco suave, como si le estuviera tocando el timbre a mi propio ánimo: “¿Estás ahí?”. Y mi ánimo contesta con el primer dolorcito, con la respiración cortita, con esa voz interna que quiere volver a la cama. Ahí empieza la conversación.
—No tengo ganas —me digo.
—Ya sé —me contesto—, pero vení igual.
Y no es un diálogo motivacional, no es una frase de taza. Es más parecido a cuando estás enojado con alguien y, aun así, te sentás a la mesa porque hay cosas que se tienen que hablar. El cuerpo me obliga a quedarme en la mesa.
Hay días en los que el ejercicio me saca la bronca por la boca, pero sin gritar. Me la saca por el sudor. Me la saca por el ritmo de los pasos, por el golpe del pie contra el suelo, por la repetición. Es como si cada movimiento dijera: “Bueno, esto está pasando… y yo sigo”. Y eso me calma de una manera que no consigo con palabras.
Otras veces, el ejercicio me muestra lo que vengo esquivando. Me pasa mucho cuando estoy medio perdido. Salgo a caminar y, al rato, me doy cuenta de que no estaba cansado del cuerpo: estaba cansado de la cabeza. Y ahí aparece una pregunta simple, de esas que dan miedo porque son claras: “¿Qué estás evitando?”. No tengo respuesta inmediata, pero el cuerpo se queda ahí, insistiendo, como un perro que te trae la pelota hasta que le prestes atención.
Me doy cuenta también de que hay algo de orgullo. No el orgullo fanfarrón, sino ese orgullo chiquito que te sostiene. Termino una vuelta más y me digo: “Bueno, no sos tan de cartón”. Y eso, para alguien como yo que a veces se siente medio flojo, vale oro. No porque me vuelva fuerte, sino porque me vuelvo confiable para mí mismo. Como si me firmara un papel: “Cumplí”.
Y cuando no cumplo, también se habla. Si dejo pasar una semana, yo lo sé. Puedo hacerme el distraído, pero mi ánimo cambia. Me vuelvo más irritable, más pesado. Y ahí la conversación se pone incómoda:
—¿Qué te pasó?
—Nada…
—Dale, algo te pasó.
Entonces entiendo que el ejercicio no es castigo ni premio. Es un espacio. Una forma de ordenar el ruido. Como barrer el piso de adentro. No me arregla la vida, no me soluciona los problemas, pero me deja verlos mejor. Me baja el volumen de la película para poder escuchar mi propia voz.
Lo más loco es que, mientras entreno, me hablo distinto. No me exijo como un jefe. Me trato más como un compañero. Me digo: “Tranqui, hacé lo que puedas hoy”. Y ese “hoy” es importante. Porque el cuerpo vive en hoy. No en la culpa de ayer ni en el miedo de mañana. Hoy. Un paso. Una respiración. Otra más.
Por eso vuelvo. Porque cada vez que me muevo, me encuentro. Y no siempre me gusta lo que encuentro, ojo. A veces soy un lío. A veces soy puro cansancio. Pero al menos, por un rato, dejo de escapar. Y me siento conmigo, sin tanto verso, a tener esa charla que vengo postergando.
