¿Hasta dónde sigue siendo la calle el escenario?
Desde hace un tiempo me ronda una duda que no logro soltar. Cada vez que veo una marcha multitudinaria o una protesta que termina en desorden, me pregunto si en pleno siglo veintiuno la calle sigue siendo el lugar natural para expresar un reclamo. Me crie viendo que esa era la forma habitual de hacerse escuchar, pero hoy, con internet en el bolsillo, no puedo evitar sentir que algo no ha evolucionado con la misma velocidad que el resto del mundo.
No lo digo desde la superioridad moral ni desde una postura rígida. Lo pienso como quien observa un hábito que seguimos repitiendo sin darnos cuenta de que las herramientas cambiaron. Porque mientras el mundo se digitalizó, muchas expresiones de descontento parecen ancladas en dinámicas que ya no necesariamente representan a todos.
El ruido y el alcance
Lo que más me impresiona es la diferencia entre impacto y alcance. Una protesta física puede generar un ruido tremendo en un barrio, tal vez en una ciudad. Puede bloquear calles, interrumpir actividades y llamar la atención de los noticieros. Pero al final, su eco suele quedarse en un territorio limitado.
En cambio, una idea bien explicada en redes, un video que condense el malestar de miles, o un movimiento organizado desde la comunicación digital puede llegar a cualquier país, a cualquier persona, sin la necesidad de poner a nadie en riesgo. Me pregunto cuántas causas legítimas se quedan cortas por aferrarse a la dinámica tradicional y no aprovechar la potencia de lo digital.
No es lo mismo desahogarse en un cartel que construir un mensaje capaz de viajar, multiplicarse y provocar reflexión sin depender de la fricción del cuerpo a cuerpo.
Cuando el reclamo se confunde con el desorden
Hay algo que siempre me incomoda, y lo digo sin ánimo de señalar a nadie: cada vez que una protesta deriva en destrucción de comercios o quema de contenedores, el reclamo pierde claridad. ¿Cómo saber qué se está pidiendo cuando lo que queda en la memoria colectiva es el destrozo?
Esa mezcla de frustración y enojo es entendible; somos humanos. Pero me pregunto si, como sociedad, no deberíamos revisar cuándo una manifestación deja de ser un mensaje y se convierte en ruido que perjudica a personas que no tienen nada que ver.
Y aquí es donde mi duda toma fuerza: si contamos con herramientas modernas, pacíficas, accesibles y globales para amplificar un mensaje, ¿por qué seguimos aceptando como inevitables escenarios que dañan a terceros?
Lo que podría venir
No creo que las protestas deban desaparecer. Sería ingenuo pensarlo. La presencia física tiene un simbolismo potente, una energía que internet no puede replicar. Pero sí creo que estamos en un punto en el que necesitamos repensar la forma. No para silenciar a nadie, sino para que el mensaje llegue más lejos y con menos ruido.
Imagino movimientos que mezclen presencia simbólica en la calle con estrategias digitales bien pensadas. Imagino reclamos que no dependan de la confrontación sino de la creatividad. Incluso imagino espacios virtuales —transparentes, públicos, verificables— donde las personas puedan expresar acuerdos, rechazos y propuestas sin que nadie tenga que arriesgar su seguridad ni afectar la de otros.
Tal vez no estamos lejos de eso. Tal vez lo único que falta es la costumbre.
Mi sensación final
A veces pienso que seguimos protestando como en el siglo pasado porque nadie se ha detenido a preguntarse si todavía es la única vía. Me gustaría creer que la modernización también puede llegar a la forma en que mostramos nuestro descontento. No para apagar las voces, sino para que se escuchen con más claridad.
En el fondo, lo que busco entender es sencillo: ¿Cómo podríamos construir un espacio donde el reclamo sea fuerza y no daño, palabra y no destrucción? Si ya tenemos las herramientas para llegar al mundo entero, quizá sea momento de aprovecharlas con más intención y menos inercia.
Y mientras sigo observando todo esto desde mi esquina en Panamá, la pregunta vuelve a aparecer: ¿evoluciona la sociedad, o solo evolucionan sus herramientas? Tal vez la respuesta esté en encontrar un punto intermedio donde la calle y la pantalla no compitan, sino se complementen.
