La primera vez que me pasó yo no grité, y eso fue lo más raro. Uno siempre cree que, si en algún momento siente algo extraño en la casa, va a brincar, va a prender todas las luces, va a salir corriendo o por lo menos va a hacer bulla. Pero no. Yo me quedé completamente quieta, con los ojos abiertos, mirando el techo, mientras sentía con una claridad casi ofensiva que no estaba sola en el cuarto. No oí pasos, no vi sombras, no se movió una puerta ni se cayó nada. Era peor. Era una certeza. Como si el aire mismo hubiera cambiado de dueño. Como si alguien se hubiera parado al lado de la cama y yo, sin mirar, lo supiera. Me acuerdo de esa madrugada mejor que de muchísimas cosas importantes. No por lo que vi, porque no vi nada, sino por lo que sentí. Y hasta hoy me impresiona más una presencia que no tiene cara que cualquier susto de película.
Después de eso me pasé un tiempo cuidándome de mí misma, que a veces es más difícil que cuidarse de cualquier fantasma. Porque una cosa es contar que oí un ruido y otra muy distinta es admitir que sentiste a alguien donde no había nadie. Ahí una misma se pone en duda. “Tú estabas medio dormida.” “Eso fue un sueño mal pegado.” “Eso fue nervio.” “Eso fue cansancio.” Y sí, puede ser. Yo no me cierro a explicaciones. Nunca he sido de andar diciendo que todo es del más allá solo porque sí. Pero tampoco me gusta esa costumbre de barrer ciertas experiencias debajo de la alfombra de lo racional apenas incomodan. Porque hay momentos que no son alucinación, ni invento, ni teatro. Son vivencias enteras. Le ocurren a una en el cuerpo completo. En la respiración, en la nuca, en la piel de los brazos. Y aunque después les pongas nombre elegante, aunque les busques lógica, lo vivido no se desvive. Se queda ahí, calladito, mirándote desde adentro.
Con los años empecé a notar algo que me dio todavía más curiosidad: casi todo el mundo tiene una historia parecida, pero la cuenta bajito. Una tía que sintió que alguien se sentó en el borde de la cama cuando murió su mamá. Un vecino que juraba que en cierta esquina el ambiente se ponía pesado sin razón. Una amiga que, después de separarse, decía que a veces entraba a la sala y sentía que había alguien esperando, aunque supiera perfectamente que vivía sola. Eso me movió bastante. No porque me confirmara fantasmas, sino porque me enseñó que la sensación de presencia tiene algo profundamente humano. Aparece en el duelo, en la fiebre, en el insomnio, en la soledad, en el miedo, en los lugares demasiado silenciosos. Como si la mente, o el alma, o lo que sea que nos sostiene por dentro, no soportara del todo ciertos vacíos y les pusiera compañía. Y mira, yo no sé si eso lo hace menos misterioso o más. A veces creo que más.
Hay noches en que pienso que el verdadero misterio no es si había alguien o no. El verdadero misterio es por qué esa sensación viene con tanta autoridad. ¿De dónde sale esa seguridad? ¿Por qué una no siente “quizás hay algo”, sino “hay algo”? Eso es lo que a mí me desarma. La firmeza. Porque la duda, bueno, la duda la conozco. Yo vivo dudando de mil cosas. Pero aquella vez no dudé. Aquella vez supe. Y sin embargo no tenía pruebas de nada. Esa contradicción me dejó pensando años. Me hizo desconfiar un poco de la idea de que solo es real lo que se puede mostrar con el dedo. También me hizo desconfiar de la otra punta, de la gente que quiere convertir cualquier escalofrío en mensaje cósmico. Yo me quedé en el medio, que es un lugar incómodo, pero honesto. En el medio entre “todo tiene explicación” y “todo es una señal”. En ese sitio donde una acepta que hay experiencias que la atraviesan antes de que pueda entenderlas.
A veces sospecho que esa sensación no habla tanto de casas encantadas como de habitaciones internas. De cuartos que una no barre hace tiempo. De ausencias que no terminan de irse. De duelos que aprendieron a ponerse de pie sin pedir permiso. Yo he sentido presencias en etapas muy distintas de mi vida, y casi siempre, si soy sincera, había algo mío moviéndose por debajo. Una preocupación vieja, una pena no conversada, un cansancio bruto, un miedo que de día parecía pequeño y de noche se agrandaba como una vaina con dientes. Entonces me pregunto si no será que a veces sentimos “alguien” cuando en realidad estamos sintiendo una parte nuestra que no hemos querido mirar de frente. Pero incluso si fuera así, eso no me parece poca cosa. Al contrario. Me parece tremendo. Imagínate tú: llevar tanto mundo adentro que a ratos se te vuelva presencia. A mí eso me parece más inquietante que cualquier cuento de aparecidos.
Lo curioso es que esa experiencia, en vez de volverme más temerosa, me volvió más humilde. Ya no me burlo tan fácil de lo que la gente cuenta en voz baja. Ya no necesito decidir de una vez si algo fue sobrenatural, psicológico o las dos cosas amarradas por lo oscuro. Hay noches que siguen teniendo un peso raro, lugares que se sienten distintos, silencios que no son iguales a otros silencios. Y tal vez no haga falta resolverlo del todo. Tal vez hay misterios que no vinieron a darnos respuestas, sino a recordarnos que no somos tan transparentes para nosotros mismos como creemos. Yo no sé qué estuvo aquella madrugada al lado de mi cama. No sé si fue una visita, un cruce extraño entre sueño y vigilia, un recuerdo con cuerpo, o una forma muy antigua del miedo. Lo único que sé es que desde entonces no entro igual en ciertos cuartos ni en ciertas noches. Y, para qué te digo que no, hay veces en que todavía apago la luz y siento, por un segundo, que la casa me devuelve la mirada.
