A mí me pasa que, cuando la tristeza llega, lo primero que quiero hacer es echarla. Como si fuera una visita incómoda que se sentó en el living y me dejó el mate frío. Y sí, hay tristezas que duelen de verdad. Pero con el tiempo me di cuenta de algo medio raro: hay una tristeza que no viene a romperme, viene a ordenar.
No es la tristeza dramática de película. Es otra. Más silenciosa. Te baja el volumen de todo. De repente, lo que ayer parecía urgente hoy no lo es tanto. Y eso, aunque incomode, tiene una utilidad enorme. Porque yo, cuando estoy “bien”, a veces me vuelvo una máquina de seguir. Sigo por inercia. Sigo por costumbre. Sigo por quedar bien. Y ahí es donde la tristeza hace de freno de mano.
La siento como una especie de auditora interna. Una que no se deja comprar con excusas. Te mira las cuentas emocionales y te dice: “Che, acá estás gastando energía en cosas que no te devuelven nada”. Y duele, obvio. Duele porque te muestra el desorden. Pero también es un alivio. Porque si algo se desordena tanto, es porque venías corriendo sin mirar.
Lo más divergente que aprendí es esto: no siempre hay que “superarla” rápido. Esa idea de que estar triste es un error me parece una trampa. Como si la vida fuera una app que tenés que optimizar. “¿Cómo te sentís? ¿Ya lo resolviste? Dale, activá.” Y yo me cansé de ese mandato. A veces la tristeza es una respuesta sana a un contexto insano. A veces es tu cuerpo diciendo “hasta acá”.
Cuando la dejo estar un rato (sin romantizarla, sin hacerme la heroína), aparecen cosas bien concretas. Me doy cuenta de a quién estoy extrañando de verdad. Qué parte de mí vengo postergando. Qué límites no estoy poniendo. La tristeza, cuando es útil, ilumina lo que estaba tapado por ruido.
Y también ordena el vínculo con el tiempo. Porque me obliga a ir más lento. A caminar sin auriculares. A mirar una ventana como si fuera algo nuevo. A dejar de actuar para los demás y preguntarme: “¿Esto lo quiero o lo hago para no sentir culpa?”. La tristeza, posta, me devuelve a lo esencial.
No me convierte en mejor persona. No me vuelve más “profunda” automáticamente. Pero sí me pone frente a una verdad simple: hay cosas que ya no me cierran. Y cuando algo no te cierra, por más que sonrías, el cuerpo lo sabe.
Así que cuando llega, si puedo, le hago lugar. No para quedarme a vivir ahí. Sino para escuchar qué está tratando de acomodar. Porque a veces la tristeza no es el fin del mundo. Es el inicio de un orden nuevo.
