Hace un tiempo me pasó algo raro. No fue una tragedia ni una revelación mística. Fue algo más chiquito, más bobo en apariencia, pero desde entonces no me lo saco de la cabeza. Estaba mirando una serie, de esas que una pone “para descansar”, y en una escena graciosa sonó la risa grabada. Yo no me reí. La tele sí. Y no sé por qué, pero me quedó picando eso: que a veces hay cosas riéndose, emocionándose, recordando y hasta viviendo por mí.
Suena exagerado, ya sé. Pero cuanto más lo miro, más lo veo en todos lados.
Tengo listas de películas que no vi, libros que no leí, artículos que guardé “para después”, canciones que marqué con un corazón y jamás escuché de verdad. Y, sin embargo, hay una parte de mí que se comporta como si ya hubiera hecho algo con todo eso. Como si el simple hecho de guardarlo me dejara tranquilo. Como si organizar la experiencia fuera casi lo mismo que vivirla.
Y no, no es lo mismo. Pero a veces mi cabeza parece conformarse con la maqueta.
Me di cuenta de que hago eso seguido. Saco fotos para no mirar. Anoto ideas para no pensarlas. Mando un emoji para no decir lo que siento. Comparto una causa para no comprometerme demasiado con ella. Pongo una alarma de hábitos, una app me felicita, y yo medio que siento que ya avancé, aunque en el fondo no cambié casi nada. Es rarísimo. Como si hubiera armado un sistema elegante para rozar mi propia vida sin meterme del todo.
Lo curioso es que esto no siempre viene de la vagancia. A veces viene del cansancio. O del miedo. O de esa necesidad muy humana de no entregarse por completo a algo porque una sabe que, si se entrega, después no hay excusa. Si escucho de verdad a una persona, me afecta. Si leo de verdad un libro, algo me cambia. Si miro de verdad un atardecer, no lo puedo convertir enseguida en contenido. Y capaz ahí está el problema: vivir en serio tiene consecuencias.
Entonces hacemos otra cosa. Delegamos.
Le delegamos a la cámara el recuerdo. A la lista, el deseo. Al calendario, la intención. A la risa grabada, la reacción. A la nube, la memoria. Y después decimos que estamos saturados, cuando capaz lo que estamos es desplazados de nosotros mismos.
A mí esto me pega especialmente con las cosas lindas. Con lo feo una se protege, es comprensible. Pero con lo lindo también me pasa. Estoy tomando mate con alguien que quiero y, en vez de quedarme ahí, con esa conversación mínima, una parte mía ya está pensando si esto merece una foto, una nota mental, una frase para después. Como si mi experiencia necesitara un testigo externo para quedar validada. Y ta, ahí pierdo algo. No todo. Pero algo sí.
No creo que la solución sea volverme enemiga de la tecnología, ni tirar el celular al río, ni hacerme la profunda. Sería una pose más. Además, estas herramientas también me ayudan, me ordenan, me acercan a gente que quiero. El asunto, para mí, no es usarlas o no usarlas. El asunto es notar cuándo empiezan a reemplazarme.
Porque una cosa es que algo me facilite vivir. Otra muy distinta es que viva en mi lugar.
Y eso, sinceramente, me da un poco de vértigo. Pensar que puedo pasar años acumulando pruebas de una vida que nunca terminé de habitar. Carpeta tras carpeta. Favorito tras favorito. “Lo veo luego”, “lo leo mañana”, “un día de estos”. Todo impecablemente guardado. Todo prolijamente postergado.
A veces pienso que el gran lujo de esta época no es tener tiempo, ni plata, ni silencio. Es poder estar presente sin tercerizar la experiencia. Mirar sin registrar. Escuchar sin resumir. Reírse sin que una pista lo haga primero. Llorar sin convertir eso en discurso. Decir “esto me importa” y bancarse el peso de que importe de verdad.
No sé, capaz suena demasiado grande para algo tan cotidiano. Pero yo cada vez lo siento más así: una parte importante de la vida se juega en esas pequeñas renuncias invisibles. En decidir si voy a estar yo en mis cosas, o si voy a mandar un sustituto prolijo, eficiente y completamente inofensivo.
Desde que pensé en esto, me hago una pregunta simple, casi doméstica: ¿estoy viviendo esto o apenas lo estoy administrando?
No siempre me gusta la respuesta.
Pero por lo menos, ahora, trato de no dejar que la vida sienta por mí.
