Yo esto casi nunca lo digo en voz alta, porque suena feo, suena ingrato, suena como si estuviera quejándome de gratis. Pero ya, lo suelto: hay temporadas en las que nada me emociona. Nada. No es que esté llorando todo el día, ni que viva en tragedia. Es peor, pana: es como estar “bien” por fuera y apagado por dentro.
La primera vez que lo noté pensé que era cansancio. “Estoy estresado, ya se me va a pasar.” Y claro, uno se toma un café, se da un baño, se pone una canción, y sigue. Pero los días pasan y la vaina sigue igual: la canción no me mueve, la serie me da lo mismo, la comida sabe a “ok”, el mensaje bonito se siente como un texto en una pantalla, no como algo que me llega al pecho. Y entonces me asusta, porque me pregunto: ¿en qué momento me volví así?
Lo chimbo es que por fuera yo parezco funcional. Yo respondo, trabajo, cumplo, digo “todo bien” con una sonrisa que ya me sale automática. Y la gente se queda tranquila. Pero yo me quedo como con una piedra pequeña en la boca del estómago. Porque no es tristeza clara. Es como una ausencia. Como si el mundo tuviera color pero yo lo viera con los lentes equivocados.
Y ahí entra la vergüenza, porque uno se compara. Ve a los demás celebrando cualquier cosita: un plan, una salida, un logro, hasta un helado. Y tú dices “qué fino”, pero te suena lejísimo, como si estuvieras viendo la alegría por una ventana cerrada. Y no quieres ser el aguafiestas. No quieres que te miren raro. Entonces te adaptas: aplaudes, reaccionas con emojis, dices “brutal” aunque por dentro estés en blanco.
A mí me pasa que mi mente intenta resolverlo con lógica: “necesitas motivación”, “necesitas metas”, “necesitas disciplina”. Y puede ser, sí. Pero también he entendido algo más básico: yo me fui poniendo una armadura para aguantar, y ahora la armadura no me deja sentir. Como que apagué ciertas cosas para no sufrir… y se me apagaron también las que daban gusto.
Lo llamo anhedonia cotidiana porque no es una palabra para impresionar a nadie; es la palabra que me permite nombrar el monstruo sin que me coma. Es ese “no sentir nada” que te hace dudar de ti. Que te hace pensar: “¿seré yo el problema?” Y ahí uno se vuelve más duro consigo mismo, y se cierra más, y la rueda sigue.
Hoy lo que estoy intentando —sin prometer milagros— es dejar de pelearme con ese vacío como si fuera una falla moral. No es pereza. No es falta de gratitud. Es una señal. A veces de agotamiento, a veces de sobrecarga, a veces de estar viviendo en automático demasiado tiempo.
Y entonces hago una cosa humilde, chamo: busco lo pequeño. No “la felicidad”, así en grande. Lo pequeño. Un rayo de sol en la pared. El olor a jabón limpio. Una caminata corta sin audífonos. Un mensaje honesto que no sea performance. Y si no siento nada… igual me quedo ahí un rato, como quien le hace guardia a una fogata que casi se apaga.
Porque capaz lo que necesito no es prenderme a la fuerza, sino darme chance de volver. Despacito. Sin vergüenza. Sin teatro. Solo volver a mí.
