Lo primero que se rompe no es la ley.
Se rompe algo más silencioso: la idea de que vale la pena comportarse bien aunque nadie esté mirando.
Yo no habría sabido decirlo así hace unos años. Solo sentía una incomodidad medio pegajosa cuando veía ciertas cosas repetirse demasiado. Gente colándose con total frescura. Personas tirando basura donde les da la gana. Alguien mintiendo por pura ventaja mínima. Otro cobrando de más “porque así es esto”. Y, más que el hecho en sí, me golpeaba la tranquilidad con que ocurría. Esa calma. Esa manera de hacer una chanchada pequeña sin el menor temblor moral.
Después entendí que no me inquietaba solo la mala educación ni la viveza. Me inquietaba algo más hondo: la sensación de que, para mucha gente, las reglas ya no sirven como pacto, sino apenas como obstáculo. Si se pueden esquivar, se esquivan. Si se pueden torcer, se tuercen. Y si no hay castigo, entonces casi pareciera que tampoco hay problema.
A esa vara, después supe, le llaman anomia.
No hablo solo de delitos
Cuando una persona escucha una palabra así, suena a sociólogo, a libro pesado, a diagnóstico de país quebrado. Pero yo la empecé a entender en escenas mucho más corrientes.
La entendí en el papá que le dice al hijo que no mienta, pero luego lo pone a decir por teléfono que “no está en la casa”.
La entendí en la oficina donde todos critican la corrupción grande, pero nadie devuelve un vuelto que recibió de más.
La entendí en mí, para ser honesto, cuando más de una vez sentí la tentación de justificar una pequeña trampa con la frase favorita de esta época: “si no lo hago yo, lo hace otro”.
Eso fue lo que más me incomodó: descubrir que la anomia no empieza arriba, en edificios inmensos, entre gente poderosa y escándalos televisados. Empieza también abajo, en gestos diminutos, en renuncias morales de bolsillo, en la costumbre de negociar la conciencia cada vez que algo nos estorba.
Y no, no lo digo desde la pureza. Lo digo porque me he sorprendido razonando así.
Lo que se pudre primero
Hay algo que me parece tristísimo en todo esto: uno se acostumbra.
Primero una trampa te indigna. Después te cansa. Después te hace gracia. Después la repites. Ese descenso es más común de lo que quisiéramos aceptar. No ocurre porque de pronto nos volvamos monstruos. Ocurre, muchas veces, porque dejar de creer en el sentido de las normas resulta más cómodo que sostener una decepción permanente.
Si uno siente que el que respeta siempre pierde, empieza a mirar la decencia como ingenuidad. Y ahí ya estamos mal.
Porque cuando una sociedad comienza a burlarse del que cumple, algo serio se dañó. El honesto pasa por tonto. El correcto pasa por lento. El que se niega a aprovecharse de una grieta parece casi un ingenuo ceremonial, una persona fuera de época. Y entonces la pregunta deja de ser “¿esto está bien?” para convertirse en “¿soy el único baboso que no lo hace?”.
Esa pregunta, para mí, es peligrosísima.
Mi miedo verdadero
Mi miedo no es vivir rodeado de delincuentes. Mi miedo verdadero es otro: vivir en un lugar donde la erosión moral se vuelva ambiente. Donde ya nadie espere coherencia. Donde hacer lo correcto dependa exclusivamente del riesgo de que te descubran. Donde la conciencia se vuelva un lujo torpe, una especie de adorno privado sin consecuencias públicas.
Porque, diay, una sociedad no se deshace solo por grandes traiciones. También se deshilacha por miles de microtraiciones consideradas normales.
Yo lo he sentido incluso en conversaciones casuales. Alguien cuenta una pequeña canallada como si fuera picardía admirable. Los demás se ríen. Nadie pregunta por el daño, por la deslealtad o por la mezquindad del gesto. Solo se evalúa si “le salió bien”. Y a mí, cada vez más, eso me deja un sabor feo. Como si la inteligencia se hubiera divorciado de la ética y ahora solo quedara la astucia, seca y orgullosa, caminando sola.
Lo que todavía me resisto a perder
Tal vez por eso me aferro tanto a ciertas personas.
La que devuelve algo que nadie le habría reclamado.
La que hace fila aunque nadie la vigile.
La que cumple una promesa chica.
La que no necesita un policía, una cámara o una amenaza para actuar con decencia.
Antes yo pensaba que eso era simplemente buena crianza. Ahora lo veo casi como una forma de resistencia.
Porque sostener un criterio propio en un ambiente donde todo invita a relativizarlo no es poca cosa. No tiene épica. No sale en noticias. No gana aplausos. Pero mantiene vivo algo fundamental: la idea de que el mundo no solo se organiza por miedo al castigo, sino también por respeto a ciertos límites aunque sean incómodos.
A mí me da miedo volverme cínico. De verdad me da miedo. Empezar a decir “así funciona todo” con esa tranquilidad gastada de quien ya se rindió. Tal vez por eso este tema me toca tanto. Porque siento que la anomia no es únicamente un problema social. Es también una derrota íntima. El momento en que uno deja de preguntarse qué clase de persona quiere ser y empieza a preguntarse únicamente qué le conviene.
Y yo, qué quiere que le diga, todavía no quiero vivir así.
