Ta, bo: yo crecí con la libreta. No la “libreta” de la escuela, sino la del almacén de la esquina. Esa donde quedaba anotado “pan, yerba, fideos” y al lado un garabato que, más que números, era una promesa. No era gratis: era confianza. Y la confianza tenía cara, tenía voz, tenía memoria. Si tu vieja estaba complicada, el almacenero lo sabía sin que se lo expliques. Y si vos te hacías el vivo, también.
Hoy entro a un súper o a un minimercado y todo es más prolijo: tarjeta, QR, “apoyá y listo”. Y ojo, es cómodo. Nadie discute el vuelto, nadie se queda contando monedas con vergüenza. Pero hay algo que no sé cómo decir sin que suene a nostalgia barata: la plata se volvió instantánea… y la paciencia se volvió carísima.
Porque el fiado era una especie de micro-sistema social. Te obligaba a estar en regla con tu palabra, sí, pero también te daba aire cuando la vida te apretaba. Era una red chiquita, imperfecta, a veces injusta (no todos fiaban a todos), pero red al fin. En cambio, el pago digital no te mira la cara: te aprueba o te rechaza. Y si te rechaza, no hay “dale, mañana me traés”. Hay un pitido, un “operación denegada” y una fila atrás.
Lo más loco es que, en teoría, digitalizar debería hacernos más “modernos”, más eficientes. Pero yo siento que también nos deja más solos. Antes tu deuda estaba escrita en una libreta; ahora tu deuda está repartida en apps, cuotas, microcargos, suscripciones que se te olvidan. La libreta, por lo menos, era clara y humana: te la mostraban, la mirabas, y te daba un poco de vergüenza sana. Las deudas de ahora son invisibles, y lo invisible se te mete por atrás.
No digo que tengamos que volver al fiado como religión. Sé que podía ser abuso, chismes, presión. Pero me pregunto si no estamos perdiendo una cosa valiosa: la posibilidad de que el intercambio tenga margen, de que la economía cotidiana incluya un poquito de compasión, aunque sea interesada.
Capaz me estoy poniendo sentimental. Capaz el barrio cambia y listo. Pero cada vez que pago con el celular y salgo sin hablar con nadie, me queda una duda tonta: ¿cuándo fue que la confianza dejó de ser parte de la moneda?
