Cuando se va la luz, aparece mi jerarquía de lo importante

19 de enero de 2026

Un apagón revela la jerarquía de lo importante en la vida cotidiana. La energía no solo es un recurso, sino un reflejo de nuestras prioridades y dependencias. Este relato invita a reflexionar sobre cómo reaccionamos ante la falta de electricidad y lo que eso dice de nosotros.

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En mi casa, la energía no es un concepto: es un calendario emocional. No sé cómo explicarlo sin sonar dramático, pero es así. Hay días en que todo funciona y uno ni se acuerda de que la electricidad existe. Y hay días en que se va la luz y, de repente, la casa se vuelve un examen. Un examen de prioridades, de paciencia y de honestidad.

Acá en Guate, cuando se va la luz, no es solo “qué mala suerte”. Es una coreografía. Primero, el silencio raro: ese instante en que deja de zumbar la refri y te das cuenta de que vivías acompañado por un zumbido. Luego, el celular: lo levantás como si fuera un amuleto, a ver si todavía tenés señal. Después, la pregunta inevitable: “¿Cuánto va a tardar?”. Nadie sabe, pero todos preguntan. Y de ahí en adelante empieza mi parte menos bonita: la negociación conmigo mismo.

Porque yo tengo un discurso verde que me gusta. Que si apagar luces, que si consumir menos, que si el planeta, que si la conciencia. Me lo creo, ojo. Pero cuando se va la luz, mi discurso se enfrenta a mi instinto. Y mi instinto es: “salvá lo tuyo”.

Lo primero que pienso no es en el planeta: es en la refri. En que no se me arruine la comida. En el pollo que compré con pisto contado. En el queso. En el hielo. Después pienso en cargar el celular, porque “por cualquier cosa”. ¿Qué cosa? No sé. Pero el miedo es así: no necesita un argumento, solo una posibilidad. Luego pienso en el internet, aunque no haya. Porque una parte de mí cree que, si tengo Wi-Fi, tengo control. Como si el router fuera un respirador.

Y ahí es cuando me da risa amarga: en teoría, cuando se va la luz, debería consumirse menos energía. En la práctica, uno se vuelve desesperado por consumirla apenas regrese. La luz vuelve y yo enciendo todo como si estuviera recuperando algo que me robaron. Prendo focos que no necesito, pongo a cargar cosas que ya estaban cargadas, conecto la compu “por si acaso”. Es como si mi cuerpo cobrara intereses por las horas sin corriente.

Lo más fuerte es que el apagón te hace visible la jerarquía que escondés cuando todo está cómodo. Te deja ver qué considerás “vida” y qué considerás “lujo”. Y esa jerarquía no siempre me gusta.

Porque mirá: cuando se va la luz, yo digo que lo importante es la familia, la conversación, la calma. Y sí, a veces pasa. A veces nos sentamos afuera, cae el fresco, la calle se siente distinta y hasta se escucha a los vecinos. Hay un momento chilero, como de volver a un ritmo más humano. Pero no dura mucho, porque mi cabeza regresa a su lista: ¿y el refri? ¿y el trabajo? ¿y si me escriben? ¿y si mañana no tengo señal para…?

Mi mamá, en cambio, lo vive distinto. Ella hace algo que a mí me cuesta: se adapta sin drama. Saca velas, abre ventanas, dice “ni modo”. Y yo, que me creo moderno, me pongo más ansioso que ella. Eso me pica el orgullo. Porque me obliga a aceptar una idea incómoda: mi consumo energético no es solo necesidad; también es dependencia.

Un día, en uno de esos apagones, el vecino —don Chepe, el de la esquina— sacó una extensión larguísima desde su casa. Él tiene planta. Y empezó a ofrecer: “Si querés, conectá la refri un rato”. Varios vecinos fueron llegando con su cable, como si fuera una romería eléctrica. Yo también fui. Y mientras conectaba, sentí dos cosas al mismo tiempo: alivio y vergüenza.

Alivio porque, obvio, me convenía. Vergüenza porque mi cabeza hizo un cálculo feo: “Qué bien que él tiene planta y yo no”. Como si fuera competencia. Ahí me cayó el veinte: la energía también organiza estatus, aunque nadie lo diga. Hay quienes pueden comprar continuidad (planta, baterías, paneles) y quienes no. Hay quienes pasan el apagón como anécdota y quienes lo pasan como amenaza.

Ese día, de regreso a mi casa, pensé algo que no se me había ocurrido: que el consumo energético también tiene una versión moral, pero no esa moral de “apaga la luz y salvá el mundo”. Una moral más cotidiana: ¿qué hacés cuando tu comodidad depende de un privilegio? ¿Compartís? ¿Te cerrás? ¿Te hacés el loco?

Yo no tengo una respuesta heroica. No voy a inventarme que me volví santo por un apagón. Pero sí me quedó una incomodidad útil: me di cuenta de que mi consumo no es solo “cuánto gasto”, sino “cómo reacciono cuando falta”. Si mi primera reacción es acaparar, quizá yo no soy tan consciente como digo. Si mi primera reacción es desesperarme, quizá yo confundí bienestar con control.

Desde entonces, cuando vuelve la luz, trato de hacer una cosa pequeña: no encender todo. Dejar que la casa vuelva a arrancar despacio, como uno cuando se despierta. Priorizar lo obvio (refri, una lámpara), y esperar un rato antes de prender el resto. A veces lo logro, a veces no. A veces me gana la ansiedad y termino cargando hasta el control de la tele, solo porque puedo.

Pero por lo menos ahora lo veo. Y ver algo ya cambia un poquito la relación. Me gusta pensar que la verdadera conciencia energética no se nota cuando todo está fácil, sino cuando algo falla. Ahí aparece tu forma real de estar en el mundo: si sos de los que se calma, de los que comparte, de los que aprende… o de los que prende todo con rabia, como si la oscuridad le hubiera hecho una ofensa personal.

Yo, por ahora, estoy en el medio. Un poquito de aprendizaje, un poquito de maña, un poquito de miedo. Y tal vez eso está bien: no como excusa, sino como punto de partida. Porque, cabal, cuando se va la luz, lo que se apaga no es solo la casa: también se apagan las excusas.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento íntimo · 24%
Texto íntimo y cotidiano que usa los apagones para revisar contradicciones personales, consumo, privilegio y responsabilidad.
  • Predomina la autoobservación vulnerable: el narrador expone contradicciones, orgullo herido, dependencia, miedo y reacciones poco idealizadas.
  • La reflexión nace de escenas domésticas reconocibles: la refri, el celular, el router, las velas, la casa, la calle y los vecinos durante un apagón.
  • Cuestiona el discurso verde propio, la dependencia energética, el consumo automático y la relación entre energía, comodidad y estatus.
  • Plantea explícitamente la dimensión moral de la comodidad, el privilegio, compartir, acaparar y la coherencia entre discurso y reacción.
  • Observa convivencia vecinal, diferencias de recursos, familia, comunidad y cómo una falla eléctrica revela desigualdades compartidas.
  • Aparecen ansiedad, alivio, vergüenza, miedo y risa amarga, aunque no son el único eje del texto.
  • Usa una voz narrativa cuidada, imágenes como el router-respirador, la romería eléctrica y el apagón como examen de prioridades.
  • Propone cambios pequeños en la conducta: no encender todo al volver la luz, priorizar y aprender a reaccionar de otra manera.
  • Hay una reflexión menor sobre prioridades, control y forma de estar en el mundo, pero no desarrolla una gran pregunta existencial sostenida.
  • Hay elaboración conceptual sobre consumo energético, privilegio y conciencia, aunque subordinada a la experiencia personal.
  • Incluye preguntas generales sobre bienestar, control y responsabilidad, pero de forma concreta y no como reflexión abstracta central.
  • No hay construcción de mundos alternativos ni especulación imaginativa; el texto se mantiene en una experiencia realista.

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