Asistí a una escena chiquita, de esas que no salen en noticias, pero te cambian el ánimo. Iba por la calle, aquí en La Paz, y vi a un señor mayor con bolsas tratando de cruzar. No se cayó ni nada: solo se quedó trabado en la mitad, mirando los autos, como calculando si le alcanzaba el valor. Había harta gente alrededor… y, aun así, por unos segundos, nadie se movió. Yo incluido. Me da vergüenza escribir eso, pero es la verdad.
Ahí me cayó la ficha: a veces no somos malos, somos espectadores.
La excusa que sale sola
Lo que me dolió no fue “la falta de bondad” (suena a sermón), sino la velocidad con la que mi cabeza fabricó excusas: “seguro alguien ya lo ayuda”, “capaz no quiere”, “si me meto me gritan”, “estoy apurado”. Excusas rápidas, limpitas, como para salir sin mancharme.
Y lo peor: en esos segundos, me sentí “normal”. Como si no intervenir fuera lo razonable. Esa normalidad me asustó más que la escena.
El efecto espectador, o cómo se evapora la responsabilidad
Después busqué el nombre y entendí que no era una rareza mía: se llama “efecto espectador”. Es esa cosa psicológica en la que, mientras más gente hay mirando, menos se siente cada uno responsable de hacer algo. La responsabilidad se “reparte” y, al repartirse, se hace humo.
Y no siempre es pura cobardía. A veces es confusión: mirás a los demás para entender si es emergencia… y como todos están quietos, vos también te quedás quieto. Es un semáforo invisible.
La cámara como coartada
Y aquí va lo que para mí es nuevo (y medio doloroso): hoy el efecto espectador tiene un primo moderno, el “modo grabación”. Pasa algo raro y aparecen celulares antes que manos. La cámara se vuelve coartada: “yo estuve ahí”, “yo registré”. Pero registrar no siempre es ayudar.
No digo que grabar sea siempre malo. A veces sirve para denunciar. Pero también puede ser una forma elegante de quedarse al margen. Y encima mete otro miedo: el miedo a quedar mal en video. Entonces, por no equivocarte, no hacés nada.
Mi tesis: nos entrenaron para mirar, no para hacernos cargo
Yo creo que esto encaja con cómo está armada la época: consumimos problemas en pantalla todo el día, y el cuerpo se acostumbra a mirar sin tocar. Te muestran tragedias, peleas, injusticias… y vos scrolleás. No porque no te importe, sino porque no podés intervenir. Esa impotencia repetida se vuelve costumbre.
Entonces, cuando algo pasa en la calle, el músculo que se activa es el mismo: mirar, evaluar, pasar de largo. Como si la compasión fuera un “me duele” que no se traduce en acto.
El gesto que rompe el hechizo
Lo único que me funcionó (y lo digo en serio) fue un truco simple: nombrar a alguien. Porque el efecto espectador se alimenta del “alguien” impersonal. Cuando todo es “alguien”, nadie es.
Ese día, al final, yo crucé y le dije al señor: “¿le acompaño, don?”. Y mientras lo hacía, miré a una señora y le dije: “¿me ayuda un ratito a parar a los autos?”. No fue heroico. Fue torpe. Pero en cuanto nombré a alguien, la escena cambió: ella se movió, otro se acercó… y el hechizo se rompió.
Me quedé con una frase: la ayuda no es valentía pura; a veces es coordinación.
Un pacto mínimo para no quedarnos mirando
Si te sirve, aquí va mi pacto personal, bien simple:
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Si veo algo raro, me acerco un paso. Un paso ya te saca del público.
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Si hay peligro, no me hago el valiente: busco apoyo y llamo a emergencias.
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Si hay más gente, no digo “alguien”: digo “usted”, “vos”, “señor”, “señora”. Pongo nombre a la responsabilidad.
Porque la gran mentira del espectador es creer que la vida se arregla sola si la mirás suficiente. Y no. La vida se arregla —un poquito— cuando alguien se atreve a dejar de mirar y empieza a hacerse cargo, aunque sea con manos temblorosas.
Eso quería dejar escrito, pues. Para acordarme yo mismo la próxima vez.
Y si te pica la conciencia, no te castigues: usala como brújula, nomás.
