La caricatura que se me pega
No sé en qué momento se me armó esta idea tan poco elegante, pero la tengo pegada como sticker viejo: Cuba como el paraíso de la pausa, y Estados Unidos como el paraíso del empuje. Lo digo así, a quemarropa, y me escucho al tiro lo injusto que suena. Porque una cosa es tener una imagen mental y otra cosa es tratar a millones de personas como si fueran un personaje único.
Y aun así, la imagen vuelve. Vuelve cuando estoy cansado, cuando me da flojera escribir, cuando miro mi país y siento que estamos siempre discutiendo el mismo capítulo con distinto elenco. Vuelve cuando me topo con esa voz interior que aplaude al que “se la puede” y le pega el reto al que “no se mueve”. Cachai: es como si mi cabeza tuviera dos posters, dos lemas, dos supuestos para explicarse el mundo sin pensar mucho.
Cuba en mi cabeza: una hamaca con historia
En mi caricatura, Cuba es una hamaca colgada entre dos palmeras: no por turismo, sino por resignación convertida en estilo. Me imagino filas, papeleos, un ritmo donde el “después” manda. Y mi mente, que es bien mañosa, traduce eso como “aquí da lo mismo apurarse”. Ahí aparece la palabra fea: vagos. Como si la vida fuera una competencia universal y el que no corre estuviera faltando a un deber moral.
Pero la misma imagen, si la miro un poco más, se me rompe en matices. Porque también pienso en orgullo, en aguante, en gente que hace magia con casi nada, en cultura que se sostiene aunque falte de todo. Y pienso, aunque sea en lo básico, en que no se puede hablar de Cuba sin hablar de aislamiento, de política, de restricciones, de un tablero donde muchas jugadas vienen marcadas antes de empezar. Entonces mi hamaca ya no es hamaca: es un mecanismo de defensa. Un “no me ilusione tanto” para no sufrir.
Estados Unidos en mi cabeza: una cinta de correr con luces
Estados Unidos, en cambio, en mi poster mental es una cinta de correr con luces de neón. Todo el mundo corriendo, produciendo, inventando, vendiendo. La idea del emprendedor como héroe cotidiano: el que se cae y se levanta, el que pivotea, el que arma algo de la nada. Y lo admito: esa narrativa me seduce. Me gusta el valor que se le da a intentar, a fallar rápido, a no pedir permiso para probar.
Pero al lado del neón hay sombras. En mi misma imaginación aparecen la ansiedad, la deuda, la competencia que no descansa, el miedo a quedar fuera. El emprendimiento como religión y el descanso como pecado. Y ahí me acuerdo de Max Weber y eso de la “ética protestante” (esa forma de asociar virtud con trabajo constante). En mi cabeza, EE.UU. es eso llevado al extremo: una fábrica de energía humana, con gran recompensa para algunos y tremendo desgaste para otros.
Lo que mi comparación oculta de mí
Esto, en el fondo, no va de Cuba ni de Estados Unidos. Va de mí. De mi educación sentimental con el esfuerzo. De la frase chilena escondida detrás de todo: “hay que ganársela”. De la culpa que me da descansar, incluso cuando estoy reventado. De ese miedo a “quedarme” que se me instala en el cuerpo como si fuera un frío de mañana.
También va de un truco: cuando llamo “paraíso” a algo, en realidad estoy hablando de una fantasía de control. Cuba como fantasía de no tener que demostrar nada. EE.UU. como fantasía de demostrarlo todo y que el mundo te aplauda. Son dos extremos útiles para pelearme conmigo mismo: o me reto por flojo, o me castigo por ambicioso. Y mi cabeza, que se cree sabia, lo disfraza de análisis cultural.
La trampa moral de decir “vagos” y “emprendedores”
Hay una trampa ética en estas etiquetas, y la digo sin ponerme predicador: cuando digo “vagos”, me subo a un pedestal barato. Cuando digo “emprendedores”, convierto la vida en un concurso. Ambas cosas aplastan la realidad, y la realidad siempre se venga: vuelve en forma de personas concretas que no encajan. Gente trabajadora que vive en sistemas que no premian. Gente creativa que no quiere vivir en modo carrera. Gente que emprende por necesidad, no por épica. Gente que descansa porque está rota, no porque le dé lo mismo.
Y además, si soy honesto, mi mirada está cruzada por mi propio contexto chileno: un país donde el éxito se exhibe, donde el “aprovecha” está en el aire, y donde el fracaso se vive medio en silencio. Con ese filtro, cualquier país se vuelve espejo deformado. No es que yo vea a Cuba y a EE.UU.; yo me veo a mí mismo usando a Cuba y a EE.UU. como excusa.
Un experimento doméstico para bajar el volumen
Últimamente he probado algo simple: cuando me salga el juicio rápido, lo convierto en pregunta práctica. En vez de “Cuba es X”, me digo: “¿Dónde estoy buscando permiso para descansar?” En vez de “EE.UU. es Y”, me digo: “¿Dónde estoy buscando permiso para correr?” Es casi ridículo, pero funciona: me saca de la geopolítica imaginaria y me trae a la cocina, a mi propio día.
He notado que mi “Cuba” interna aparece cuando me siento sin energía o sin horizonte. Y mi “EE.UU.” interno aparece cuando quiero demostrar, ganar, apurar la vida para que no me alcance. Entonces el problema no es elegir entre hamaca o cinta de correr. El problema es no saber regular el ritmo, no saber parar sin culpa, no saber avanzar sin violencia.
Cierre: dos paraísos y un espejo
Si algo rescato de esta comparación incómoda es que me revela mis propios dioses: descanso y rendimiento. Dos altares. Dos formas de pedirle sentido al mundo. Cuba y Estados Unidos, en mi cabeza, son nombres para eso, no diagnósticos serios de países reales.
Y quizás ahí está lo más honesto que puedo escribir hoy: no quiero vivir en la caricatura. Quiero aprender a trabajar sin volverme máquina, y a descansar sin sentirme culpable. Si algún “paraíso” me interesa, no es el del vago ni el del emprendedor. Es el de la persona que encuentra un ritmo humano, y lo defiende, aunque nadie le ponga medalla.
