Yo me lo he preguntado muchas veces, sobre todo en días en los que abro el celular y parece que la gente estuviera compitiendo por quién hiere más fuerte. Y no hablo solo de comentarios en redes. Hablo de miradas, de frases sueltas, de formas de tratar al otro como si fuera un estorbo. Entonces me queda dando vueltas la pregunta: ¿por qué hay tanto odio en algunas personas?
Lo primero que me toca aceptar es que el odio rara vez nace “de la nada”. A veces se ve como algo simple: alguien odia y ya. Pero cuando uno se sienta a mirar con calma, el odio suele ser un resumen. Un paquete armado con muchas cosas adentro: miedo, vergüenza, frustración, dolor, envidia, sensación de injusticia. Como si la persona no supiera nombrar lo que le pasa, y el odio fuera la palabra más fácil y más rápida.
Yo pienso que una de las fuentes más comunes es el miedo. Miedo a perder algo, a no valer, a quedarse atrás, a no encajar. El miedo tiene una cosa muy particular: te pone en modo defensa. Y cuando alguien vive mucho tiempo a la defensiva, todo lo interpreta como ataque. Ahí, cualquier diferencia se vuelve amenaza: el que piensa distinto, el que se viste distinto, el que ama distinto, el que tiene éxito, el que “parece” seguro. Entonces el odio funciona como una armadura: si ataco primero, no me hieren. Es triste, pero pasa.
Otra raíz es la impotencia. La vida puede sentirse injusta y, cuando uno no tiene herramientas para procesarlo, busca un culpable concreto. Porque es más soportable pensar “todo es culpa de esa persona o de ese grupo” que enfrentar algo más grande y difuso como “me duele mi propia vida” o “me siento atrapado”. El odio simplifica el mundo. Divide en buenos y malos. Da una falsa sensación de control.
También está el tema de la herida vieja. Hay gente que carga humillaciones, rechazo, maltrato, abandono. Y no siempre lo sabe; a veces lo tiene guardado como una piedra en el bolsillo. Con los años, esa piedra pesa y pesa… hasta que empieza a buscar dónde caer. ¿Y dónde cae? En el otro. En el que está cerca, en el que se ve vulnerable, en el que es diferente. Es como si el dolor pidiera salida y, como no encuentra un camino sano, se convierte en rabia.
Y ojo: no todo odio es igual. Hay personas que aprendieron el odio como si fuera idioma familiar. Crecieron en un ambiente donde burlarse era normal, donde insultar era “carácter”, donde la empatía se veía como debilidad. Si desde pequeño te enseñan que sentir es peligroso, que pedir ayuda es vergonzoso, te queda un repertorio emocional chiquito. Y con un repertorio chiquito, la vida se vuelve violenta: cualquier incomodidad se traduce en ataque.
A mí me parece que otra gasolina del odio es la comparación. Vivimos viendo vitrinas: cuerpos, viajes, logros, parejas, “vidas perfectas”. Y si por dentro uno se siente insuficiente, empieza a arder. Esa envidia no siempre se reconoce como envidia, porque admitirla da pena. Entonces se disfraza de desprecio: “igual eso es una bobada”, “seguro es puro show”, “se lo dieron fácil”. El odio, en ese caso, es una manera de rebajar al otro para no mirar mi propio dolor.
Y hay un factor más, que me inquieta: el odio también puede dar pertenencia. En algunos grupos, odiar juntos une. Es una forma rápida de sentir comunidad: “nosotros contra ellos”. Eso da identidad, da un lugar, da una explicación. Y cuando alguien está solo o perdido, esa pertenencia se siente como salvación… aunque sea una salvación oscura.
Ahora, razonarlo no significa justificarlo. Entender de dónde viene el odio no lo vuelve correcto. Pero sí sirve para algo: para no responder automáticamente con más odio. Porque ahí se vuelve cadena. Si yo me dejo arrastrar, termino alimentando lo mismo que critico.
A veces lo único que puedo hacer es poner límites claros: no permitir maltrato, no normalizarlo. Y, si tengo margen, recordar esto: detrás del odio suele haber una persona que no sabe qué hacer con lo que le duele. No siempre merece cercanía, pero sí merece que yo no me convierta en lo mismo.
Y cuando vuelvo a la pregunta, me queda esta respuesta sencilla: muchas personas odian porque no aprendieron a sostener su propio miedo, su propia tristeza o su propia frustración. El odio les parece una salida rápida. El problema es que esa salida no libera: encierra. Y el que vive encerrado… termina viendo enemigos por todas partes.
