Durante bastante tiempo yo confundí estar informado con estar despierto. Me parecía que leer más, mirar más, escuchar más y enterarme de todo lo que pasaba era una forma de vivir con responsabilidad, como si cerrar una pestaña o dejar una noticia sin abrir fuera una pequeña traición al mundo. Pero con los años empecé a notar que no siempre estaba entendiendo más por recibir más información. Muchas veces estaba apenas acumulando impacto, tragándome pedazos de realidad sin darles tiempo para asentarse. Un escándalo tapaba al otro, una tragedia empujaba a la siguiente, una opinión llegaba antes de que yo terminara de sentir la anterior, y al final del día no me quedaba claridad sino una fatiga rara, como si hubiera pasado horas alimentando la cabeza y, aun así, saliera de todo eso un poco más vacío.
Lo más desconcertante de la saturación informativa no es solo que haya demasiado contenido, sino que uno empieza a vivir con la sensación de que siempre le falta enterarse de algo decisivo. Ya no basta con saber; ahora también hay que reaccionar rápido, tener postura, compartirla y seguir adelante antes de que el tema envejezca. A mí eso me fue dejando una inquietud que al principio no sabía nombrar, porque por fuera parecía interés y por dentro era otra cosa: era ansiedad disfrazada de atención. Me di cuenta de que muchas veces no estaba leyendo para comprender, sino para no sentirme fuera, para no parecer lento, para no quedar como alguien desconectado de “lo que importa”. Pero el problema es que, cuando todo pretende importar al mismo tiempo, uno termina perdiendo la escala, y sin escala no hay pensamiento; solo hay sobresalto.
Por eso cada vez me convence menos esa idea de que más información siempre nos vuelve mejores ciudadanos o personas más conscientes. A veces ocurre lo contrario. A veces tanta entrada de datos nos vuelve más reactivos y menos profundos, más pendientes y menos presentes, más rápidos para indignarnos y más torpes para elaborar lo que nos pasa. Yo mismo he notado que, cuando paso demasiado tiempo expuesto a noticias, comentarios, análisis, videos, resúmenes y alertas, me cuesta hasta escuchar mi propio criterio. No porque me falte inteligencia, sino porque el ruido ajeno se me mete adentro y me deja sin espacio para pensar con calma. Y sin calma, por lo menos en mi caso, casi todo se vuelve prestado: la urgencia, la rabia, el miedo y hasta la compasión.
Tal vez la verdadera rebeldía ahora no sea consumir más información, sino aprender a dejar entrar menos para poder digerir mejor. No digo vivir ignorando el mundo ni hacerse el desentendido, porque eso también sería una comodidad tramposa. Lo que digo es que quizá entender algo exige renunciar a enterarse de todo. Exige escoger, pausar, volver, callarse un rato, admitir que no hace falta estar encima de cada oleada para seguir siendo una persona atenta. Yo antes veía eso como una pérdida, pero ahora lo empiezo a ver como una forma de cuidado. Hay momentos en que cerrar la puerta no es cobardía, sino higiene mental. Y en una época donde el mundo parece querer caber entero dentro del teléfono, proteger un poco el silencio ya no me parece un lujo, sino una necesidad bastante humilde y bastante seria.
