Hoy me pasó otra vez: me senté a no hacer nada… y me sentí culpable.
Lo digo así, sin adorno, porque suena absurdo y a la vez es demasiado real. Me senté con una taza al lado, mirando cualquier cosa por la ventana, y a los dos minutos empezó el murmullo por dentro. No era una voz fuerte, era peor: una voz tranquila, convincente, como si me estuviera dando un consejo sensato. “¿Y entonces? ¿Vas a perder la tarde así?” “Podrías adelantar algo.” “Podrías aprovechar.” “Después te vas a arrepentir.”
A veces siento que no descanso: me tomo un descanso… pero lo hago con el cuerpo tenso. Como quien se esconde. Como quien está robando tiempo.
Y es raro, porque si un amigo me dijera “parce, estoy agotado”, yo le diría “descansa, obvio, no te mates”. Le hablaría con cariño. Le haría espacio. Pero conmigo es distinto. Conmigo aparece un juez. Un juez con agenda, con lista de pendientes, con esa costumbre de medir el valor por la productividad. Ese juez no entiende de cansancio, entiende de rendimiento. Y yo, sin querer, le creo.
Creo que la culpa por descansar es una enfermedad social, pero se mete en la vida privada como si fuera una ley natural. Nadie me la escribió en un papel, pero yo la siento en los hombros: si estás quieto, estás fallando. Si no estás mejorando, estás quedándote atrás. Si no estás “aprovechando”, estás desperdiciando.
Y yo no sé por qué mi cabeza hace eso, pero lo hace.
Me he descubierto descansando con trucos, como para engañarme: pongo un podcast “educativo” para que parezca aprendizaje. Ordeno algo mínimo para que parezca “productivo”. Respondo mensajes mientras supuestamente desconecto. Hago todo menos quedarme quieto de verdad. Porque quedarme quieto… me confronta.
Me confronta con una pregunta que no me gusta: ¿quién soy cuando no estoy haciendo?
En esos momentos, la mente se me va a lo peor. Me dice que soy flojo, que me estoy volviendo débil, que los demás sí pueden. Me hace compararme con gente que ni conozco. Me muestra la versión editada de otros: los que madrugan, los que entrenan, los que emprenden, los que “siempre están en modo”. Y yo, en mi sillita, con mi café enfriándose, siento que estoy perdiendo la carrera… sin que nadie haya dado el disparo de salida.
Lo más bravo es que esa culpa no solo daña el descanso. Daña el placer. Porque incluso cuando por fin me permito algo bonito —una siesta, una película, una música, un rato de silencio— aparece el pensamiento intruso: “esto te lo ganaste?” Como si la vida fuera una fábrica y el descanso fuera un premio para el que cumple. Como si mi cuerpo tuviera que justificarse.
Y hay algo profundamente triste en eso.
Hoy, en medio de ese murmullo, intenté hacer algo distinto. No pelearme con la culpa. Sentarme con ella como con una visita incómoda. Mirarla sin actuar. Como diciendo: “ya te vi”. Y entonces me di cuenta de que la culpa por descansar no es moral, es miedo. Miedo a quedarme sin control. Miedo a que si paro, todo se derrumbe. Miedo a descubrir que no puedo con todo. Miedo a sentir cosas que el movimiento tapa.
Porque a veces uno se mantiene ocupado para no escucharse.
Y yo me escuché, por fin, aunque fuera un poquito. Me escuché y noté algo simple: estoy cansado. No “cansado” como excusa, cansado como hecho. Mi cuerpo lo sabe. Mi atención lo sabe. Mi ánimo lo sabe. Es como si yo fuera un celular con la pantalla quebrada: sigue prendiendo, pero ya no funciona igual. Y si sigo exigiéndome como si nada, un día se apaga. Y ahí sí, ni trabajo ni ganas ni nada.
Entonces me dije una frase que me dio pena decirme, pero la dije: “parce, merecés descansar aunque no hayas terminado todo”. Y me dolió un poquito, porque una parte de mí todavía cree que no. Pero otra parte respiró. Como si alguien abriera una ventana.
Después hice algo casi ridículo: me di permiso por escrito, en mi cabeza, como si firmara un papel invisible. “Autorizado: descansar”. Y me quedé quieto cinco minutos. Sin hacer nada. Sin optimizar. Sin explicar. Solo respirando, mirando la luz moverse en la pared.
Y, por primera vez en mucho tiempo, el descanso no se sintió como pérdida. Se sintió como un regreso.
No sé si mañana volveré a sentir culpa. Probablemente sí, porque estas cosas no se van con un texto bonito. Pero hoy aprendí algo que me gustaría dejar flotando, por si alguien lo necesita: descansar no es rendirse. Descansar es mantenerse vivo.
Y, honestamente, yo quiero estar vivo. No solo funcionando.
Quiero volver a sentir que mi valor no depende de cuánto produzco, sino de que existo. De que respiro. De que soy humano. Y que incluso si el mundo corre, yo también puedo permitirme parar, aunque sea un ratito… sin tener que pedir perdón por ello.
