La primera pregunta que me hago
Siempre que pienso en la desigualdad en Cuba y la comparo con lo que se vive en Estados Unidos, me viene la misma duda a la cabeza: ¿qué pesa más en la vida de una persona, la igualdad de condiciones o la posibilidad de alcanzar más, aunque no todos lo logren? Esa pregunta me quema por dentro, sobre todo cuando escucho a familiares que se fueron, y noto que sus respuestas no son tan simples como parecen. Ellos no huyen de la pobreza extrema, porque aquí en Cuba nadie se muere de hambre en la calle, pero sí escapan de la falta de opciones. Y eso, al final, duele tanto como no tener comida en la mesa.
La igualdad puede sonar como un refugio seguro, como un colchón que nos protege de la caída. Pero también es una pared invisible que impide trepar más alto, aunque tengas la fuerza y la voluntad. En cambio, la desigualdad de Estados Unidos se siente como una selva: hay quien llega a lo más alto, y hay quien se queda atrapado abajo, mirando hacia arriba. La diferencia es que en esa selva, hasta el que no trepa demasiado suele tener un techo más firme y una nevera más llena que el cubano promedio.
Entonces me pregunto: ¿qué prefiero para mí, para mis hijos, para mi gente? ¿Un país donde todos tengamos casi lo mismo, aunque ese “mismo” sea limitado, o uno donde pueda quedarme atrás, pero aun así tener más que lo que tengo aquí? No hay una respuesta clara, pero la inquietud no me deja en paz. Es una espina que no se arranca con discursos.
El espejismo de la abundancia
Cuando camino por las calles de La Habana, noto que la desigualdad en Cuba no se ve tanto entre ricos y pobres, sino entre lo que soñamos y lo que alcanzamos. Aquí la abundancia es una palabra lejana, un rumor que llega desde Miami o Nueva York. Mis primos allá me mandan fotos de supermercados, de carros que cambian cada cinco años, de trabajos que, aunque no sean perfectos, les permiten ahorrar para vacaciones. A veces me parece un espejismo, algo que sólo existe en sus pantallas.
Pero sé que es real porque la vida cotidiana les pesa distinto. Ellos tienen deudas, sí, tienen que correr más rápido para no caerse del tren, pero al menos hay un tren que corre. Aquí, en cambio, la velocidad no cambia. Puedes pedalear fuerte, darlo todo, y al final sigues en el mismo sitio. Y eso es lo que desespera: la sensación de que el esfuerzo no se traduce en un salto visible, en una diferencia tangible en la vida.
Lo curioso es que allá, en medio de la desigualdad más brutal, la mayoría no se compara con los millonarios. Se comparan con sus vecinos, con sus colegas, con quienes comparten la misma esquina del barrio. Y esa comparación es menos cruel porque siempre encuentran una manera de subir un escalón más, aunque sea pequeño. Aquí en Cuba, hasta esa escalera está rota, y por mucho que quieras escalar, te das cuenta de que las tablas faltan.
Entonces me repito que la abundancia no es sólo tener, sino sentir que puedes conseguir más si lo intentas. Y quizás por eso la gente se va, no por hambre ni por odio, sino por el simple deseo de probarse en otro juego, aunque sea más rudo.
Igualdad como refugio o como cárcel
A veces me siento agradecido de la igualdad en Cuba, porque sé que si me enfermo no me van a dejar tirado. Nadie aquí se arruina por ir al hospital, nadie queda en la calle porque no puede pagar la renta. Esa base común es un alivio, un punto de tranquilidad. Pero al mismo tiempo, se convierte en una cárcel mental: si ya tengo lo necesario, ¿qué me impide soñar con lo que no tengo?
Mis amigos me dicen que la igualdad es un lujo que sólo se aprecia cuando se pierde. En Estados Unidos, dicen, los rezagados cargan con deudas que los persiguen como sombras, y el miedo a caer es tan fuerte que los mantiene trabajando sin descanso. Aquí, el miedo no viene de caer, sino de no poder subir nunca. Y esa diferencia cambia la manera en que uno vive los días.
He pensado mucho en si es preferible ser un rezagado en un país desigual o un igual en un país sin mucho que ofrecer. Y lo que me sale decir es que depende de lo que uno considere éxito. Si éxito es tener opciones, aunque cueste, quizás prefiero la desigualdad. Si éxito es dormir tranquilo sabiendo que nada me va a faltar, entonces me quedo aquí. Lo raro es que ninguna de las dos opciones me convence por completo.
Al final, la igualdad se parece a una manta corta: te cubre del frío, pero no siempre alcanza para abrigar todos los sueños. Y uno se queda con esa disyuntiva, entre agradecer lo que tiene o salir a buscar lo que falta.
Productividad frente a reparto
Una pregunta me martilla: ¿llega mejor la riqueza a la gente cuando un país se enfoca en producir más, o cuando reparte lo que ya tiene en nombre de la igualdad? La desigualdad en Cuba no es sólo de dinero, sino de posibilidades. Si el sistema no deja que produzcas más, aunque quieras, el reparto no alcanza para cambiar la vida de nadie.
He visto cómo mis familiares en Estados Unidos trabajan en oficios que aquí nadie miraría con respeto, y sin embargo logran construir una vida más cómoda. Allí, el sudor de cada día se convierte en algo palpable: una casa propia, un carro, un ahorro. Aquí, en cambio, el esfuerzo se diluye en un mar de limitaciones, como si trabajáramos para mantenernos a flote y nada más. Y esa sensación de improductividad mata más rápido que la desigualdad misma.
Entonces, me pregunto si lo que realmente necesitamos no es tanto igualdad, sino productividad. No quiero vivir en un país donde unos tengan demasiado y otros nada, pero tampoco quiero vivir en uno donde nadie pueda avanzar, aunque se esfuerce el doble. ¿De qué sirve repartir un pastel si el pastel nunca crece? Esa es la paradoja que me desvela, y que me hace pensar que quizás no hay respuestas fáciles, sólo caminos diferentes.
Algunas noches imagino cómo sería Cuba si pudiéramos producir más sin miedo, competir sin trabas, avanzar sin pedir permiso. Tal vez entonces no sentiríamos tanta necesidad de comparar ni de emigrar. Pero por ahora, la comparación nos sigue empujando hacia afuera.
La necesidad de compararse
Lo que más me intriga es por qué nos comparamos tanto. Si aquí en Cuba tengo lo básico: comida, salud, educación, un techo, ¿por qué me obsesiono con lo que tienen los demás? Tal vez porque la mente humana no se alimenta sólo de lo necesario, sino también de horizontes. Y cuando ves que tu horizonte no se mueve, empiezas a mirar hacia otros lados.
La desigualdad en Cuba parece invisible porque casi todos estamos en la misma situación. Pero en cuanto miramos afuera, a la familia en Miami, al amigo que logró un trabajo en Nueva Jersey, la comparación es inevitable. No importa que aquí tengamos igualdad, lo que duele es que esa igualdad no compite con el poder adquisitivo de allá. Y entonces el corazón se divide entre la tranquilidad del “no me falta nada” y la ansiedad del “quiero más”.
Yo no culpo a los que se van. Tampoco me convenzo del todo de quedarme. Vivo en ese limbo donde agradezco lo que tengo, pero no dejo de soñar con lo que podría ser. Quizás la verdadera libertad está en poder elegir entre quedarse o partir sin sentir culpa por ninguna de las dos decisiones.
Y mientras escribo esto, me doy cuenta de que más que elegir entre igualdad y desigualdad, lo que de verdad busco es sentido. Un lugar donde mi esfuerzo se vea, donde mi trabajo pese, donde no sienta que mi vida ya está escrita de antemano. Tal vez esa sea la mayor riqueza: no lo que tienes, sino lo que puedes llegar a tener si decides intentarlo.
